Villaclareños en la gesta

abelCuando el joven encrucijadense Abel Santamaría Cuadrado recibe la misión de ocupar el hospital civil Saturnino Lora, en Santiago de Cuba, como parte de las acciones del 26 de julio de 1953, le plantea a Fidel:

«Yo no voy al Hospital. Que para allá vayan las mujeres y el médico. Yo tengo que pelear si hay pelea; que otros pasen los discos y repartan las proclamas.»

 

«Tú tienes que ir al Hospital Civil, Abel, porque yo soy el jefe, y debo estar al frente de los hombres. Tú eres el segundo, yo posiblemente no voy a regresar con vida», le responde el líder de la Revolución.  

El diálogo entre los dos muestra la disposición de ambos para afrontar los mayores peligros, sin asomo de temor alguno y con una fidelidad infinita a la causa de su pueblo. También expresa el sentimiento más claro y honrado de la amistad que existía entre ellos.

 

«No vamos a hacer como hizo Martí, ir tú al lugar más peligroso e inmolarte cuando más falta haces a todos», responde tempestuoso Abel.

Fidel coloca sus manos sobre los hombros del más querido, intrépido y generoso de sus combatientes, y de manera contundente le señala:

«Yo voy al cuartel y tú vas al hospital, porque tú eres el alma de este movimiento, y si yo muero, tú me remplazarás.»

Abel cumple la orden de su jefe, pero durante el asalto a la segunda fortaleza militar de la Isla, falla el factor sorpresa, lo que impide el éxito de la acción. Varios jóvenes mueren en el mismo ataque; otros, más tarde, son vilmente torturados y asesinados.

Entre estos últimos se encuentra Abel, a quien los cobardes le arrancan los ojos para que delate a sus compañeros. Pero chocan  con la inmensidad de su figura, a la que no pueden quitarle la dignidad y la nobleza. De esa manera convierte en profecía las palabras que pronunció a sus compañeros de armas, el día anterior al glorioso acto rebelde, en la Granjita Siboney:

«Es necesario que todos vayamos a la acción con fe en el triunfo. Si el destino nos es adverso, estamos obligados a ser valientes en la derrota, porque lo que pase allí en el Moncada se sabrá algún día, la historia lo registrará y nuestra disposición de morir por la patria será imitada por todos los jóvenes de Cuba. Nuestro ejemplo merece sacrificio y mitiga el dolor que podemos causarles a nuestros padres y demás seres queridos. ¡Morir por la patria es vivir!»  

Su hermana Haydeé, que junto a Melba Hernández representa lo más valioso de la mujer cubana en este hecho, sufre en carne propia tan lamentable pérdida para la familia y para la Revolución. Cuando intentan obtener de ella algún dato relevante, reprende a los verdugos con estas palabras: «Si a mi hermano le sacaron los ojos y él no dijo nada, mucho menos diré yo.»

Haydeé recibe otro golpe demoledor: la pérdida de su novio Boris Luis Santa Coloma, y a pesar del inmenso dolor continúa en la batalla. Después del juicio a los moncadistas cumple un papel muy valioso en la difusión de «La Historia me absolverá», alegato de defensa de Fidel. 

Su participación en los sucesos del 26 de Julio demuestra la firmeza de las mujeres ante las injusticias y llena de más gloria a la familia Santamaría Cuadrado, cuya formación revolucionaria germinó en las tierras vilaclareñas de Encrucijada. 

Participar en la Historia  
 

Natural de la finca Angelita, perteneciente al actual municipio de Quemado de Güines, Elpidio Sosa (Sosita) rápidamente siente inclinación por las ideas revolucionarias. Sus lecturas acerca de la situación de los trabajadores, la discriminación social y racial, dejan en él profundos sentimientos de patriotismo y rebeldía. Sus estudios en la ciudad de Sagua la Grande le forjan el carácter y motivan, con mayor fuerza, sus ansias de libertad.

Establecido en La Habana hacia 1950, enseguida establece contacto con miembros de la Juventud Ortodoxa, entre los que se encuentran Fidel, Abel, Calixto García, Jesús Montané y otros jóvenes que luego integrarían la Generación del Centenario. Con ellos discute, aprende, realiza prácticas de tiro y toma plena conciencia del momento que vive la patria.

Según relata un estudio de la Sección de Investigaciones Históricas del Comité Provincial del Partido, «la confianza que Fidel y los demás dirigentes del Movimiento tenían en Elpidio Sosa se evidencia en el hecho de que él es uno de los escasos compañeros que conocerá el verdadero objetivo de la acción. Por tal motivo, el 14 de julio marchó, junto con Abel Santamaría y Ernesto Tizol, hacia Santiago de Cuba, con el fin de alquilar la finca Siboney, muy próxima a esa ciudad, y donde bajo la cobertura de una granja de pollos se establecerá el cuartel general de los combatientes del 26 de Julio en la capital oriental».

Debido al carácter secreto de la acción, Elpidio manifiesta a sus familiares que marchará hacia Pinar del Río con la finalidad de pasar unos días en una finca dedicada al cultivo del arroz.

 

Solo uno de sus hermanos conoce la verdad, cuando Sosita le dice: «Voy a la muerte; tengo la seguridad de que voy a morir, pero la causa que defendemos no admite demoras. Estoy enfermo de asco desde que se encaramó en el poder el tirano. No puedo ni quiero hablar de eso; lo que hay que hacer, se hará. Y quizás no podré verlo, pero surgirá una Cuba nueva, limpia y diferente.»

Con solo 24 años, Elpidio Sosa cae combatiendo en los muros del Moncada, por los ideales que tanto defendió durante toda su vida. Cuentan que siempre le gustaba decir: «Yo soy un hombre que quiere luchar; yo quiero participar en la Historia». Y sin duda, lo logró. 

Fidel, igual a Martí  
 

Antes de partir a Oriente para formar parte del importante acontecimiento que estremeció al país, Osvaldo Socarrás Martínez visita a sus familiares en Santa Clara. Saluda a su hermana Felicia, se despide de su madre Antonia y le comenta a su padre José: «Viejo, yo conocí a Fidel, y es igualito a Martí.»

Osvaldo ve en el joven abogado la esperanza de Cuba frente a la pobreza que impera por todas partes. Incluso, llega a decir en una ocasión que mientras las cosas estuvieran así no se casaba, porque «para pasar hambre con uno que la sintiera bastaba».

El 14 de octubre de 1952, el periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular (PSP), publica una entrevista con Osvaldo, en la que deja claros cuáles son los problemas que incitan a los cubanos a enfrentar la tiranía de Batista:

«Ahora gano menos que antes del 10 de marzo y paso más hambre. Vivo peor. Este gobierno no ha cumplido nada de lo que prometió al pueblo.

«¿Dónde están las fuentes de trabajo que iban a crear? ¿Donde está el bienestar que dijeron tendría el pueblo?

«Mentira, los pobres como yo ahora tenemos más hambre y más miseria que antes del Golpe. Yo me levanto a las seis de la mañana y mi jornada de trabajo no termina hasta tarde en la noche. En mi oficio de parqueador no hay límite para la labor. La cuestión es trabajar para comer y costear el alojamiento.

«Ahora no solo hay menos trabajo, sino que hoy se gana menos. Mi situación es peor que antes y… ¡qué duro es pasar hambre! Aquí donde me ve, solo tengo treinta y tres años, y parece que tengo veinte más, ¿no? Le diré lo que pasa: en el régimen actual se pasa mucha más hambre y muchos trabajos, y estas dos cosas envejecen más que los años.»

Sin duda, estas causas radicalizan el pensamiento de Osvaldo Socarrás y lo llevan a la lucha con un gran entusiasmo que impresiona a todos en la Granjita Siboney, como bien lo narra Melba Hernández.

Según una entrevista al supervisor militar de la Prisión Provincial de Puerto Boniato, Socarrás fue herido en combate frente al Moncada y asesinado después, como muchos de sus compañeros. 

En el altar de los héroes  

En el altar que recuerda a los héroes villaclareños caídos en el cuartel de Santiago o en el Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, hay que poner con letras de honor los nombres de Pablo Agüero Guedes y Roberto Mederos Rodríguez.

El primero, nacido en Caibarién, comprende desde muy temprano la necesidad de barrer los males de la seudorrepública y simpatiza con las ideas más progresistas de la época, representadas por Eduardo Chibás.

Poco después del golpe del 10 de marzo comienza a conspirar en La Habana, en una de las células secretas del Movimiento liderado por Fidel. Por ello resulta escogido para el ataque al fuerte bayamés, segundo objetivo a asaltar en el Oriente cubano. Después de una lucha desigual, los combatientes se dispersan por varios sitios. Pablo se interna con un reducido grupo en uno de los arrozales cercanos; pero, mientras acampa en un bohío de la finca Ceja de Limones, los sicarios de la dictadura lo capturan y asesinan, sin poder ofrecer resistencia.  

A Roberto Mederos también la vida se le escapa muy temprano. De su tierra natal, Sagua la Grande, parte a la capital del país con sus padres en la década del 30. Allí participa en actividades de repulsa al golpe de Estado y en el Desfile de las Antorchas que conmemoró el centenario de Martí.

También forma parte de la enorme manifestación en que se convierte el sepelio de Rubén Batista.

El 24 de julio de 1953, a las 11:00 de la noche, sale de su casa con el pretexto de ir a Varadero junto con unos amigos. Dos días después escribe una página imborrable en la Historia de Cuba, al quedar para siempre en el alma de la patria.

Estos jóvenes, que lo dieron todo por una isla libre de cadenas, hoy se sentirían orgullosos de su provincia, vencedora de dificultades y obstáculos. Por ello, frente a los recuerdos de los mártires, un pionero villaclareño escribió en el libro de visitas del asaltado cuartel, hace ya algunos años: En los muros del Moncada / a los héroes les diremos / que jamás traicionaremos / tanta sangre derramada.        

 Fuentes consultadas

Colectivo de autores: «Combatientes villaclareños caídos: asaltantes del Moncada y Bayazo». Sección de Investigaciones  Históricas. Comité Provincial del Partido. Villa Clara.

Rojas, Marta: «El asalto al Moncada». En: Bohemia, enero de 1959.      

García, Pedro Antonio: «Abel era la vida». En: Bohemia, 20 de julio 2007. 

(Por Yoerky Sánchez Cuellar. Tomado de Vanguardia)   

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