Diatriba contra las palabras rebuscadas

Por Alberto Salcedo Ramos

Dice Ernesto Sábato que el mundo andaba bien hasta que se creó la palabra «parámetro».

Borges propuso desterrar de la memoria universal al inventor de la palabra «conmilitón».

Una amiga mía, extremista como ella sola, dice que le aplicaría la pena capital a un profesor que tuvimos en la universidad, un tipo tan rebuscado que cuando le entregábamos nuestros ensayos no nos decía que los calificaría, como hacían los otros maestros, sino que los iba a «someter a un discernimiento». Me cuentan mis corresponsales que el profesor sigue pronunciando su afectada frase en el mismo tonito petulante de hace veinte años, como si estuviera diciendo: «mira de lo que soy capaz».

Todos tenemos una lista de palabras que nos chocan, que nos golpean en el hígado. Que nos hacen sentir, como a Sábato, que si las decimos el mundo se va a acabar. ¿Qué tal los vocablos «incomensurable», «inenarrable» y «magnanimidad»?

Durante mucho tiempo sentí que no me gustaría tener de cuñado a alguien que se exprese de esa forma. Pero ahora, cuando veo que un columnista de prensa escribe «el día retro próximo» en lugar de decir «ayer», no preparo la soga de la horca, sino que simplemente me río. Cuando escucho a cualquier orador latinoamericano diciendo que «la depuración de las costumbres políticas es un propósito nobilísimo e insoslayable», no me acuerdo de Cicerón, sino de Cantinflas. Por eso —insisto— sonrío, y hasta lo tomo como un guiño que el buen hombre me hace, para que no me aburra.

Lo mismo me pasa con esos comentaristas deportivos que analizan la «curva elíptica» de la defensa y la necesidad de «referenciar» al goleador contrario. Uno de ellos llegó al extremo de remplazar la palabra «lluvia» —bella y simple— por un esperpento memorable: «precipitación pluviométrica». Quizá un día de estos, cuando algún atacante desperdicie un gol fácil mandando el balón a veinte metros del arco, este señor nos diga que «la pelota se ha perdido en lontananza».

Es el mismo lenguaje simulador y presuntuoso que caracterizaba ese período histórico conocido en Colombia como Patria Boba: época de patillas engoladas, de retratos con aire independentista, de manos cursis posadas sobre el corazón. Las palabras, a tono con ese espíritu artificioso, eran alambicadas, fatuas, más propicias para la esfinge de mármol y el pergamino que para la conversación entre los hombres.

Para la muestra, varios botones: «bajaré tranquilo al sepulcro»; «otro día de gloria va a coronar nuestra admirable constancia»; «mi autoridad emana de vosotros». Nuestras repúblicas fueron grandilocuentes desde sus orígenes. Sus dirigentes, retóricos a ultranza, han estado siempre más dispuestos al discurso que a la acción. Para controlar la historia no han tenido que empuñar la espada de acero, sino la pluma de ganso.

Se trata de esa enfermedad bautizada por el periodista Alberto Aguirre con el nombre de «acromegalia del verbo», cuyos síntomas más evidentes son el rodeo inútil y la solemnidad. Aún hoy se siguen empleando impunemente antiguallas como «acuerdo sobre lo fundamental» y «venerable parlamentario». Quienes las usan acaso están más interesados en oírse a sí mismos que en ser oídos. Por eso, quizá, hemos producido más monólogos que diálogos.

¿Qué pretenden el escritor que cambia la palabra «verano» por «estío», el diplomático que le llama «disyuntiva difícil» al «enfrentamiento» con el país vecino, el poeta que no se baña en «el mar», sino en «el piélago» y el cronista que utiliza giros como «sosiego post-coital»? Todos ellos tienen en común la creencia de que la impostura hace milagros: suponen que para ser poéticos, basta un sinónimo; para solucionar los conflictos, un eufemismo, y para resultar exquisitos, una pirueta verbal.

Están también los que siempre plantean sus ideas de la manera más vaga o enredada que les es posible, porque estiman que mientras menos se les entienda lo que dicen, más interesantes parecerán ante sus interlocutores. No ven la claridad como un atributo necesario, sino como un problema de estilo, porque los pone al alcance del populacho.

Entonces, para conjurar semejante peligro, no usan «apuntes», sino «acotaciones», y nunca ponen su «firma», sino su «rúbrica». En vez de «preguntar», «interpelan», y si por casualidad tienen un perro en casa, se refieren a él con el apelativo de «gozque». Para ellos no existen los «discursos», sino las «alocuciones», ni los «desacuerdos», sino los «disensos».

Sé de personas que también en las palabras establecen jerarquías sociales. «Morirse», para ellos, es asunto de plebes: lo «de buen recibo» entre la gente de su alcurnia es «fallecer» o «expirar».  

(www.elmundo.com)

4 Respuestas a “Diatriba contra las palabras rebuscadas

  1. hola bueno me parecio totalmente interesante el escrito y el escritor.
    bueno nada mas que decirte
    felicitaciones !!!!

  2. Profesora de Castellano

    No quiero criticar y mucho menos creerme dueña de la razón… Indudablemente, la complejidad de las cosas no está en su sintaxis, si no en la capacidad humana de sentir y expresar, pero también me cuestiono, que si no usamos las palabras, el diccionario se vuelve sólo un cementerio de vocablos y generamos así escenarios concretos, simplistas… Enriquecer el vocabulario es una de las enormes cualidades que tiene la lectura; nutrir al joven con palabras nuevas es dotarlo de herramientas para expresarse y para entender lo que otros también expresan… Decir que la grandilocuencia es una molestia al auditor o al lector, es aseverar que es mejor no leer a Galeano, por ejemplo. Y eso no me parece.
    Sin afán de sonar petulante, creo que la retórica no puede volverse blanco de vuestra diatriba.

  3. Usted amable pedagoga, tiene toda la razón, cuando dice que quienes escriben, entre mas enredado lo hacen serìa mejor para ellos, discrepando de la lógica pedagógica cuya esencia es hacerse entender de la mejor forma posible, muchos educadores y politicos intelectuales resultan pesimos pedagogos porque nadie los entiende ya que entran a rebuscar palabras

  4. Interesante y divertidísimo artículo.
    Creo que conocer muchas palabras, en efecto, habla de lo mucho o poco que sabemos, pero es más importante aún saber cómo y dónde usar cada una de manera adecuada.

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