El Bobo que no era bobo

boboEs el Bobo, del pintor y caricaturista Eduardo Abela, uno de los personajes de mayor popularidad y significación de la prensa cubana en la República neocolonial (1902-1958) y quien mejor puede describir cómo se manifestó el discurso de protesta desde los medios impresos durante el gobierno del general Gerardo Machado (1925-1933).

El Bobo, que no tenía nada de bobo, se hacía —como señalara Adelaida de Juan—, pues con llaneza comunicaba lo que el vivo y el listo callaban, se estableció como la imagen definitiva de una época, la cual se enriqueció «por una serie de atributos creados por el artista a partir de diversas tradiciones nacionales», y logró «interpretar la angustia de un pueblo y abrirle sitio a la esperanza».

Nacido en La Semana, en 1926, un año después de iniciado el gobierno de Machado, transitó por varias etapas. Una primera, en la que sin caer en la grosería, llevó la picaresca a la prensa gráfica; otra, en la que las alusiones maliciosas coexistieron con la preocupación política y social, y una tercera, a partir del 30 de septiembre de 1930, en la que contó de los avances y retrocesos en la lucha contra Machado.

Fue en sus inicios el rey de las insinuaciones sexuales: aparecía con frecuencia acompañado de la fruta bomba o papaya aludiendo metafóricamente al pubis femenino, y hasta de vez en cuando salía «rascabucheando» a alguna señora que subía las escaleras.

Pero a partir de 1929, con el segundo mandato de Machado y el empeoramiento de la situación económica, el Bobo, en correspondencia con los tiempos, pasó a ser un agente combativo que fue subiendo de tono crítico en la medida en que se recrudecía la oposición al tirano.

Ante la aplicación de la censura desde finales de 1930, también tuvo que valerse de nuevos símbolos para encubrir su ataque a la conducta del sistema político. La bufanda era la clave del acentuado control de los contenidos de los medios impresos, llamaba apapipios a los delatores, utilizaba la vela y la bandera para indicar la lucha revolucionaria, y las bolas para llamar la atención a las versiones engañosas lanzadas por las autoridades.

El pueblo, vivaracho por naturaleza, rápidamente comprendió los mensajes del Bobo, que gracias a la creatividad de Abela pudo sortear casi siempre con éxito la censura machadista.

Cuando la censura previa militar, entre el 16 de febrero y el primero de marzo de 1933, suspendió por quince días la salida del Bobo en el Diario de la Marina, este reapareció con la boca cerrada y la elocuencia puesta en el silencio; era un dolido con una banderita cubana en la mano y un ramo de flores con el que rendirá homenaje al futuro, lo que no es ninguna tontería.

Para anunciar la caída de Machado, se puso a vender maletas en un quiosco durante los primeros días de agosto de 1933. En ese mismo mes, alertó también que el país con Carlos Manuel de Céspedes, hijo, poco había cambiado y la Revolución había perdido «la dirección», según sus propias palabras.

El Bobo se mantuvo en la lucha hasta que desapareció en 1934. Su figura deambuló en sus ocho años de existencia por las páginas de las publicaciones periódicas La Semana, Diario de la Marina, Información y El País.

La familiaridad de este personaje con el pueblo queda en la memoria de la historia de la República neocolonial, junto a Liborio, de Ricardo de la Torriente, y a El Loquito, de René de la Nuez. El Bobo en realidad nunca murió: siempre se ha mantenido vivo en el humorismo cubano.

(Por: Edel Lima Sarmiento. Fuente: Tribuna de La Habana)

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