Con el Che en la piel

El destacado caricaturista cubano Tomás Rodríguez Zayas (Tomy), asiduo colaborador de Cubaperiodistas, se halla enfrascado en “una de sus más importantes y queridas obras”: un mural alegórico al Comandante Ernesto Che Guevara. che en la piel

Esta vez no encuentro a Tomy entre pinceles y lienzos, sino de brocha gorda y descamisado. Hasta en su canosa coleta hay salpicaduras de distintos colores. Suda, pero sonríe. Se acomoda los espejuelos sobre la nariz aguileña y, desde la distancia, escruta cada detalle de la imagen que tiene delante cual si jalonara un terreno. Y no es para menos.

El destacado caricaturista holguinero Tomás Rodríguez Zayas se halla enfrascado de lleno en lo que considera “una de sus más importantes y queridas obras”: un mural de gran formato alegórico al Comandante Ernesto Che Guevara, posiblemente el de mayor dimensión que se le haya dedicado en nuestro país.

Fuimos a entrevistarle a uno de los talleres de horneado de la Fábrica de Cerámica Blanca José Luis Tassende, en las afueras de la ciudad. Al cabo de varios días de intenso trabajo, acaba de superar su primera y más importante fase creativa: la pintura y cocido de las más de 3 700 losas de cerámica que lo componen, para una superficie total de alrededor de 200 metros cuadrados.

Se trata de un esfuerzo físico incomparable con su habitual trabajo antes de “parir” una de esas agudas caricaturas que sintetizan las certezas de nuestro tiempo.

Inspirado también en uno de sus diseños más reproducidos, este majestuoso mural será instalado posteriormente por maestros albañiles en la culata de uno de los edificios más altos de la zona moderna de la ciudad de Holguín.

—¿Resulta esta tu primera experiencia en la cerámica?

—Sí, diría que es una de las primeras, pues este mismo año participé en un evento de este tipo, aquí mismo en Holguín. Y fue ahí precisamente donde me resurgió la idea de este proyecto, cuando me di cuenta al fin de que era algo completamente posible.

En eso no me faltó la inspiración de Julio Méndez Rivero, el director del proyecto cultural Plaza de la Marqueta.

¿Cuál es el concepto de la obra?

 —Hace unos años diseñé una portada para la revista El Caimán Barbudo cuyo tema estaba relacionado con la comercialización de la imagen del Che, la cual, en mi opinión, ha sido utilizada incluso para cosas que no tiene sentido realmente relacionarlas con una personalidad tan importante de nuestro tiempo.

La ilustración, que es la misma de este mural, consiste en una historieta a cuatro cuadros, donde aparece un joven con un pulóver sobre el cual lleva estampado el rostro del Che. Se lo va quitando en una especie de striptease, pero al terminar de hacerlo, esa misma estampa la lleva grabada en la piel de su pecho.

Este diseño tuvo un gran impacto y fue reproducido en distintos soportes, publicaciones, libros, revistas, en internet. Se realizó incluso una versión de formato menor en cerámica. Lo cierto es que, aunque siempre tuve la idea de retomar esta obra en mayores dimensiones, no había pensado siquiera en esa técnica, pues supondría algunos retos.

—¿En cuál sentido?

—Me propusieron instalar el mural en uno de los edificios de 18 plantas de la ciudad, por lo cual debía tener unas dimensiones proporcionales e hicimos los cálculos. Esta edificación se encuentra en un lugar ideal, pues es de mucha concurrencia y está muy cercana al estadio Calixto García y a la Plaza de la Revolución.

Mis preocupaciones no estaban precisamente en el esfuerzo físico al cual me sometería, sino en que la imagen en su conjunto pudiera divisarse con claridad a esa altura y, al mismo tiempo, no se alterase la fortaleza del mensaje.

En cuanto al proceso creativo, resulta imposible trabajarlo de una vez, sino por partes. Este proceso implica pintar sobre segmentos de unas cien losas de cerámica sin esmaltar, que luego se desmontan del panel y son llevadas al horno. Realizamos una numeración rigurosa de cada una de las piezas a fin de conocer su ubicación exacta durante el montaje final.

Pero, al mismo tiempo, no cuentas con el espacio suficiente para apreciar el mural en toda su amplitud, por lo que resulta una labor casi a ciegas. No obstante, creo que avanzamos a un ritmo acelerado.

Para la pintura se emplean pigmentos metálicos que tienen la característica, al principio, de aparentar ser muy opacos, pero luego de que se cuecen se tornan muy intensos.

El apoyo de la fábrica ha sido excelente. Nos han brindado todas las condiciones necesarias. La labor de mi ayudante Luis Zamora Ferrer, un joven pero experimentado obrero de la empresa, ha sido decisiva.

—¿Conociste al Che?

—Tuve la suerte de ver al Che una sola vez. En el año 1961, durante la Campaña Nacional de Alfabetización. Yo tenía doce años de edad y participé en aquel grandioso desfile en la Plaza de la Revolución.

Lo vi desde cierta distancia, pero durante toda mi vida he sentido una gran admiración por él y he tratado de seguir su ejemplo, sobre todo por ese estoicismo, esa capacidad que tenía para trabajar incansablemente y dedicarse a tareas disímiles.

El Che constituye un paradigma hasta para los artistas. Tenemos mucho en común, pues para que una obra llegue a materializarse, debemos derrochar antes muchas horas de trabajo, de esfuerzo físico, pero también de creatividad.

—¿Dónde alfabetizaste?

—En un lugar de la provincia de Holguín. En Juliana 1, Guaro, en el municipio de Mayarí. Me correspondió una familia campesina que me acogió como a un hijo. Hace poco pregunté por el padre y me dijeron que aún vive. Tiene ya 104 años de edad y se llama Felipe Osorio Tamayo.  

Enseñé a leer y a escribir, además de a su esposa y sus cuatro hijos varones, a algunos muchachos de mi misma edad. Esa ha sido una de las experiencias más gratas de mi vida y me marcó para siempre.

—¿Cómo esperas que sea recibida esta obra?

—Esa es una de las preocupaciones perennes de los artistas, y creo que raras veces se llega a estar conforme con el resultado, pues una obra de arte siempre es perfectible, y uno quiere hacerlo lo mejor posible.

En este caso, tratándose de una realización de tal magnitud, a lo que temo es a que el resultado final no se corresponda con el ideal que llevo en la mente. Aún no puedo saber cómo va a funcionar el mensaje a esa altura, en esa perspectiva, pero a la larga, son riesgos que hay que correr. Lo otro es que la cerámica tiene la característica de que después de colocada se convierte en algo casi eterno.

En cuanto a la fase de montaje es algo que no me corresponderá a mí, sino a los maestros que se designen en el territorio. Por razones poderosas de trabajo, podría no estar aquí para esa fecha. Así que tal vez la veré en su espacio definitivo. Seré también uno de sus espectadores.

Algunos ya me preguntan si será el más grande del país. Por lo menos sé que es el mayor mural de su tipo que se haya concebido en la provincia de Holguín. En la fachada del hotel Habana Libre, en la capital, existe uno realizado por Amelia Peláez de dimensiones muy grandes.

Pero sinceramente no es eso lo que me preocupa, sino la aceptación final de la obra, y sobre todo, que siga siendo una mejor suerte llevar al Che en nuestra piel que en un pulóver.

—¿Y cómo ves a Holguín?

—Si hay una cosa que uno no se da cuenta es de que los hijos crecen, que el tiempo pasa y aunque no estoy todos los días en la ciudad, vengo a menudo a visitar a mi familia en Marcané y Barajagua.

Lo que está sucediendo particularmente en la ciudad de Holguín es algo impresionante, es un cambio constante, tanto en el aspecto cultural como en su imagen constructiva, en los viales, las señalizaciones, la ambientación de sus instalaciones, los servicios gastronómicos. Holguín posee murales fantásticos.

Por eso estuve muy dispuesto a la hora de dedicarle este esfuerzo, como un aporte más a que sea una ciudad cada vez más bonita, pues es algo contagioso. 

 (Fuente: www.ahora.cu)  

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