Mimí (Fragmentos del libro Cerca del Che)

Por José Antonio Fulgueiras

Lo primero que yo perdí en mi vida fue el nombre. Me inscribieron como Zobeida Rodríguez Ferreiro, y  por las perretas que di, en los primeros meses de nacida, me pusieron Mimí, en honor de una gatica que había en la casa y  maullaba pidiendo la leche igual que yo.

 

Vine al mundo como una desgraciada a pasar trabajo. En aquel entonces en el campo no había ni radio ni televisión, y la gente lo que hacía era tener hijos y más hijos. A los 11 años era criada en mi pueblo de Manacas. Limpiaba pisos y cocinaba para ayudar a mis padres, y fui creciendo hasta convertirme en una mujerona  —aun­que hay quien lo niegue-— que por donde pasaba, había que mirarme.

 

La tengo  frente a  mí, con su piel canela y sus ojos grandes y expresivos, los cuales cierra ahora, añorando el pudor de los años juveniles, acorralados dentro de una muchacha alta y delgada, trigueña y de un pelo largo y lacio, provocativo al aire pueblerino, y a los muchachones de entonces.

 

Fue ahí donde conocí a Chávez, o mejor, a Kid Relámpago, el mejor boxeador de la zona. 

A mí me gustaban las peleas y lo seguía adonde quiera que se presentara. Me pareció que lo inspiraba y empecé a enamorarme de él. No era tan agresivo en el amor como en el ring, por lo que tuve que esperar varios meses para hacernos novios. Me pidió a mis padres, y a los pocos días me llevó y me metió en un cuartico. Salí de Guatemala para entrar en «guatapeor».

En ese cuartucho parí dos hijos, una hembra y un varón, los cuales mantuve lavando para afuera como una condenada, pues Chávez trabajaba en una bodega con el padrastro y lo que le daba era una mierda que no alcanzaba ni para vestir a los muchachos.

La represalia se arreció y Chávez, que ya era del Movimiento 26 de Julio, cogió el monte y al poco tiempo también yo tuve que alzarme.

Mi arribo al lomerío no fue de color de rosa. Ni el propio Chávez me recibió con alegría. Tuve que explicarle detalladamente que no me había quedado otro remedio, para que entendiera. La tropa se reunió y se habló claro. Era la única mujer y la esposa de un combatiente en el grupo, y había que respetarme.

Nunca dormí al lado de Chávez para evitar cualquier tentación. Sin embargo, un día él fue designado para ir a atacar a un polvorín, y ante la inminente idea de que no nos volveríamos a ver, nos fuimos a despedir a un ranchito vara en tierra que estaba al fondo del campamento. Allí nos sentamos sobre una hamaca y en los besos de despedida empezamos a calentarnos e imagínate el final.

El problema fue que la hamaca se iba aflojando y chocaba con la tierra, y como yo estaba debajo me acabó con la rabadilla. Salí del rancho toda desplumada y media escora’, entonces Cente, que era un jodedor, al verme me dijo: «De tremendo combate vienes, ¿eh, guajira?»

 

Mimí intenta —y lo logra— que  me traslade con ella para el campamento de Cuevitas. Para eso tiene que rebajarse casi 80 libras de peso y 40 años de edad. La expresión en el rostro debe andar cerquita, como la manera única de sacarles sonrisas a las palabras. El cabello hay que estirarlo también más debajo de la cintura y después recogerlo en una auténtica cola de caballo. Ella quiere hacerme partícipe de la alegría que sintió por dentro al conocer la noticia de la llegada del Che al Escambray.

 

Desde que lo supe me dije: «Ahora sí esto se puso bueno.» Saqué esa conclusión porque si él venía en una invasión no podía venir desarmado. Nos ordenaron que fuéramos a su encuentro en un lugar conocido como Las Piñas. Partí muy contenta para allá. Yo era una  guinea caminando. Siempre iba delante de la tropa porque, como era la única mujer, si me daban deseos de orinar me daba tiempo antes de que llegaran los demás.

 

Al llegar allí sentí un dolor en mi alma cuando vi, en un secadero de café, a aquellos invasores todos ripiados, con sus partes afuera, destrozados. Entonces, observé  a Rogelio Acevedo, lampiño y con un pelo largo, y me dije: «Menos mal viene una mujer», pero qué va, era un macho remacho. Todo el mundo pensaba que yo era un hombre, pues era muy delgada y me recogía el pelo para atrás. Aquella noche me cortaron hasta la hamaca aquellos nuevos compañeros, quienes, a pesar de la larga travesía, no perdían los deseos de joder.

 

El Che les habló a los combatientes y de ahí nos fuimos hacia Gavilanes. Estando allí es cuando él se entera de que en la tropa de Bordón había una mujer. Mandó buscar a Israel y le preguntó: «¿Esa compañera está con usted?» «¡Sí, es mi esposa!», le respondió. «Ella no puede estar en la tropa», le indicó. Luego reflexionó: «Bueno, mejor vamos a pasarla para la enfermería.»

Israel le contestó rápidamente: «¡Lo que usted diga, Comandante!»

 

Sí, porque nosotros siempre tuvimos la lucidez de que lo que él decía, eso era. Me mandó buscar y me comunicó: «Bueno, usted va a ser enfermera desde ahora.» Yo jamás había curado a ningún enfermo. Con el negrito Ramón aprendí a inyectar y por poco pierde las nalgas. Había muchos combatientes con paludismo y otras enfermedades. Oscar Fernández Mell y La O eran los  médicos. En los combates de Sopimpa y en otros, nos situábamos en lugares estratégicos y brindábamos todo tipo de auxilio.

 

Ella mira ahora para un cuadro que cuelga en el ala izquierda de la puerta principal, que da a la calle Goicuría, en un barrio de Ciudad de La Habana. Detrás del cristal un joven apuesto de barbas cerradas y sombrero alón con rostro de Cristo y sonrisa inigualable, le tiende el brazo por encima a una muchacha que lo mira entre la alegría y la sorpresa. Es una foto de los primeros días de enero de 1959, una instantánea encuadrada a la rebeldía victoriosa, a la diafanidad, al honor y a la gloria.

 

En la ofensiva de El Pedrero, Fernández Mell me indicó que, con dos arrieros y varios mulos, fuera a la bodega y trajera todas las provisiones, y por orden del Che, rompiera  las botellas de bebida. Mientras yo echaba en un saco todo el laterío, un rebelde, acompañado de dos más, se interesó por lo que yo hacía. Cuando le respondí, me dijo que necesitaba que lo llevara hasta donde estaba el argentino. Lo monté al anca de mi bestia, y cuando bajamos una barranca, la montura se fue casi hasta el pescuezo, y él se pegó a mí y le reclamé encabronada. «Oiga, compadre, échese para atrás, agárrese del rabo de la yegua, pero no se pegue más a mí.»

Cuando íbamos por la mitad del camino se apareció una avioneta, a la que nosotros le llamábamos la puta, y él le empezó a disparar. Entonces me dijo: «¿Tú tienes miedo?»

—Si tuviera miedo, no estuviera alzada.

—¿Alzada?

—Claro, compadre, usted no se ha dado cuenta de que yo soy una mujer.

Él se quedó sorprendido, pero más me quedé yo cuando, a unos pasos más, y ya entrando al campamento, me pidió: «Grita que Camilo viene herido.»

—¿Y usted es Camilo?

Me miró sonriente y con una cara de muchacho travieso me volvió a pedir: «Anda, grita que Camilo viene herido.»

Lo hacía para joder al Che, pero este no estaba en ese momento en el campamento y el que cogió tremendo berro fue Fernández Mell; mas Camilo le repuso: «Déjala tranquila que yo fui el que la mandó para asustar al argentino.»

Los ojos se le iluminan de gozo. Un recuerdo le llegó a la mente, y ella lo atrapa con una carcajada y un manotazo sobre sus propias piernas.

 

En Gavilanes, el Che se enteró de que yo tenía hilo y agujas y me mandó buscar para que yo le cosiera el pantalón.

—¡Quíteselo!, le pedí.

—Qué va, estamos en guerra y tienes que cosérmelo puesto.

Óigame, un pantalón rajado desde abajo hasta la portañuela y quería que se lo cosiera sin quitárselo. Traté de convencerlo, pero todos mis argumentos resultaron en balde. Entonces puse el hilo doble para que no se le fuera más, él se sentó frente a mí y comencé a coser.

Cuando iba acercándome a sus partes yo quería rematar, pero le tenía que dejar un pedazo roto. Me encontraba en un dilema muy grande, y él se dio cuenta y me dijo: «Tienes que seguir hasta arriba.» Y luego con la mayor naturalidad del mundo resolvió: «Espérate, que me voy a echar el ramajo para el otro lado para que puedas seguir adelante.»

Y me cuenta esto otro:

 

El Che siempre repetía que el fusil había que ganárselo. Y yo me preguntaba: «¿Y cómo me lo voy a ganar inyectando, curando heridos y bañando a veces a los enfermos?»

Al comenzar la ofensiva me dejaron a mí en Piedra Gorda, con seis hombres, cuidando unas mochilas y otras provisiones. Pasaban las horas y les propuse a los muchachos irnos para Fomento a ganarnos los fusiles, y todos me siguieron.

A los  tres días tomamos el cuartel, y mientras los guardias se rendían, yo cogí un Garand y me lo puse al lado. El Che venía revisando todo el armamento, pero no se había fijado en mí todavía. Tan pronto me vio exclamó:

—Vos, qué haces aquí.

—¡Usted dijo que había que ganarse el fusil, vine a ganármelo, y aquí lo tengo.

—¿Y los hombres que estaban con usted?

—Bueno, si no los han matado, también están ganándose un fusil por ahí.

—Sabes que eso es un libretazo y una gran indisciplina suya.

Yo empecé a llorar por el bochorno que sentí cuando me dijo aquello. Las lágrimas me caían en los pies como chorros de agua.

Él me cogió por el rabo de mula y me calmó: «Levantá la cabeza, media naranja, que ese fusil es tuyo, pues te lo ganaste.»

Entonces le pregunto las veces en que estuvo coqueteando con la muerte, los momentos en que sintió miedo, los atardeceres en los que imaginó no volver a ver la luz del sol.

 

En Mordazo, si no es por un horno de carbón me matan. Yo estaba en esos momentos de ayudante de la ametralladora 30 que tenía mi esposo. El convoy venía desde occidente y nosotros estábamos atrincherados, detrás de una mata de cedro. Yo decía muchas malas palabras en los combates. Les gritaba hijos de puta y otras palabrotas, y al escuchar la voz fina ellos contestaban: «¡Ah!, pero si la tropa tiene pajaritos también.» Ese día por donde salió mi voz lanzaron un bazucazo que dio en la tierra del horno y me dejó aturdida. Mis compañeros me sacaron para un naranjal y volví en mí. Enseguida retorné a mi puesto y seguí combatiendo.

En Manacas también me la vi fea. Fue contra el mismo convoy que, pese a nuestra resistencia a lo largo de la Carretera Central, continuaba avanzando. Era tanto el volumen de fuego que retrocedimos hasta una alcantarilla. Estando allí, Israel se percató de que en el otro punto habíamos dejado las cajas de balas. No lo pensé e hice así y por el lado de una trinchera, debajo de la balacera, y con los B-26 por encima salpicándome y salpicándome,  cogí las cajas de balas y regresé. Dicen que me salvé en tablitas.

No es por alarde, pero nunca sentí miedo. Siempre pensé: «El día que me apendeje, me voy pa’l carajo.» Y con esa máxima peleé en Guayos, Placetas, Santo Domingo, Mordazo, Manacas y en el Puente Río Sagua-Carretera Central.

 

En la alborada de enero de 1959 partió con su columna hacia La Habana y se instaló en La Cabaña. De esos días gloriosos e iniciales de la Revolución también tiene otra anécdota con el Che.

 

El seis de enero preguntó por mí y le dijeron: «Está hinchada de tanto llorar.» Y enseguida ordenó que me presentara. «¿Qué te pasa?» «Nada, es que tengo la cara inflamada del catarro que tengo», le respondí.

«Franquéese conmigo», me ripostó. «El problema es que yo quería ir a Manacas a ver a mis niños y llevarles un regalito por el Día de los Reyes Magos, pero no tengo dinero ni en qué ir.»

«Te voy a mandar allá, pero no llores más». Y me dio 250 pesos. Óigame, para que el Che le diera a alguien 250 pesos se tenía que acabar el mundo. Enseguida me aclaró: «Usted compre los juguetes y no acepte ningún regalo de los dueños de la tienda. Además, compre para sus hijos y para los demás niños pobres del barrio también.» Y así lo hice, y mientras les entregaba los camioncitos y pistolas a los niños, y muñecas y otras chucherías a las niñas, les decía con los ojos aguados: «Miren, ahí les manda el Che.»

Me pareció redundante y manido preguntarle qué representó aquel hombre para ella. Sin embargo, creo que me lo respondió con este pequeño pasaje.

 

Un mediodía en el aeropuerto, mis hijos vieron al Che en una avioneta y corrieron hacia él. Estaba aprendiendo a pilotear y me invitó a dar un vuelo. Le dije que sí, sin meditarlo, me monté con mis dos hijos y despegamos.

Sabía que era un inexperto, pero era tanta la seguridad en él, que sentía que volaba con el mejor piloto del mundo.

(Tomado del periódico Vanguardia)

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