La honradez en los demás

Por Yoerky Sánchez Cuéllar

Cierto día, mientras la reunión ordinaria de la Juventud tomaba elevados grados de temperatura, en una pequeña hoja, arrancada de su cuaderno de estudiante, un compañero de grupo me escribió: «Para qué seguir este debate, si sabemos que en Cuba todo el mundo roba.»

 

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Precisamente, analizábamos el tema de la corrupción y las ilegalidades, y las formas más adecuadas para enfrentar esos males que carcomen las entrañas mismas de la Revolución. Le respondí con un pensamiento del Apóstol, que llevo siempre conmigo: solo dejan de entender la honradez en los demás, los que han dejado de ser honrados. Y a continuación refuté su planteamiento: ¡aquí no todo el mundo roba!, escribí al dorso de la misma hoja.

 

Conocemos la existencia de pequeños seres que viven del afán de lucro y a costa del sudor del prójimo. Pero constan más los ejemplos de personas que asumen la vida bajo el fundamento martiano de «ser bueno». En uno de sus Versos sencillos, Martí expresó: No me pongan en lo oscuro/ a morir como un traidor:/ yo soy bueno, y como bueno/ ¡moriré de cara al Sol! Convencido de que la noción del bien flota sobre todo, dejó claro que «los buenos son los que ganan a la larga».

 

Acudir al Apóstol, en instantes difíciles como estos, mientras Cuba se sacude el golpe feroz de la naturaleza, resulta un acto de suprema responsabilidad. Aún más, cuando su discípulo mayor, Fidel Castro, convoca a combatir cualquier blandenguería o postura oportunista, causada por los instintos que todo hombre lleva dentro. Esas actitudes, contrarias a la esencia humana, pueden buscar lugar para posarse después de la tragedia, pero encuentran su barrera más firme en la ética y la moral del pueblo.

En 1993, ante las infelices esperanzas del enemigo, que esperaba el fin de nuestra historia, Cintio Vitier redactó un memorable artículo: «Martí, en la hora actual de Cuba». En aquel texto proclamó:

 

«La Revolución, por muy masiva que sea, tiene que ver en cada joven desmoralizado, escéptico político, marginal o antisocial, un innegable y doloroso fracaso. La Revolución no se puede resignar a este tipo de fracaso, por relativo que sea. La Revolución no puede conformarse con decir que los que se lanzan al mar en embarcaciones frágiles y arriesgan la vida de sus niños y ancianos: son delincuentes, son irresponsables, son antisociales. En todo caso son nuestros delincuentes, nuestros irresponsables, nuestros antisociales. La Revolución también se hizo y se hace para ellos, no puede admitir que sigan siendo subproductos suyos. Hagamos nuestro máximo esfuerzo porque la palabra de Martí llegue a ellos con algo más que pueriles juegos de manos en la televisión».

 

Cintio, entonces, se preguntaba: «¿No es Martí suficiente vacuna contra esos venenos ambientales? ¿No es Martí capaz de hacer de cada cubano, por humilde e iletrado que sea, un patriota? ¿No es capaz de inspirarle resguardo ético, amor profundo a su país, resistencia frente a la adversidad, limpieza de vida?»

 

Pienso que hoy contamos con medios más eficaces y una población con la cultura suficiente para hacer de cada cubano un verdadero martiano, un hombre pleno por sus valores y su sentido del deber. Los incorregiblemente reaccionarios siempre serán sietemesinos, y nunca oirán el llamado de la justicia y la solidaridad. Pero si formamos una conciencia colectiva, muchas personas podrán salvarse de caer en el abismo de la descortesía y el interés individual.    

El «aquí todo el mundo roba» es una frase que le conviene al   ladrón incorregible. En su pensamiento ronda la idea de que si hago creer que el mal está generalizado, nadie notará que yo soy el responsable. Frío, ingrato y calculador, envilece su alma con bienes materiales y se siente superior a los demás. Mentiroso por excelencia, pronto inventará un motivo para que los demás sospechen del que no cometió la fechoría.

 

Lamentablemente, después de los azotes de «Gustav» y «Ike», comprobamos la existencia de individuos de mala fe que alteraban  precios, especulaban con los productos y asistían al mercado a despojar de su salario al trabajador humilde y abnegado, quien tal vez con el techo de su casa en el piso continuaba aportando al bien común. ¿Dónde quedan los valores que caracterizan a un patriota martiano, como la solidaridad, la amistad, la honradez y el desprendimiento?

 

Duros han sido los años transcurridos, luego de que la Unión Soviética cambiara de casaca y aceptara el modo de vida capitalista. El hecho de que Cuba sobreviviera ante la aguda crisis se debe a que, a diferencia de la URSS, acudió a su historia para encontrar en ella las explicaciones necesarias a los problemas acumulados. Y el pensamiento de Martí constituyó una fuente espiritual, necesaria en momentos de incertidumbres y agonías.

 

Ahora nos toca trasladar las enseñanzas del Maestro y actuar en consecuencia. Debemos educarnos todos en la cultura de servir y ayudar a los más necesitados, conscientes de lo que él nos señaló: «La única gloria verdadera de hombre —si un poco de fama fuera cosa alguna en la composición de obra tan vasta como el mundo—estaría en la suma de servicios que hubiese, por sobre su propia persona, prestado a los demás.»  

(Tomado del periódico Vanguardia) 

Una respuesta a “La honradez en los demás

  1. Hola amiga. Supongo que lo de “se cree el ladrón que todos son de su condición” es universal, igual que el refrán “la ocasión hace al ladrón”…
    La tentación puede ser grande, y una justificación que acalla las conciencias es el socorrido..”como lo hace todo el mundo”..
    Pero si a una sociedad no se la educa en unos valores como la justicia, la honradez, la verdad…el problema no es tanto el robo, sino el riesgo de descomposición que se corre.
    Muy interesante post. Felcidades y hasta pronto. Un saludo desde el otro lado del charco.

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