La poesía en mí

Por Emilio Ballagas

Con motivo de cumplirse cien años del nacimiento de Emilio Ballagas este 7 de noviembre, ofrecemos este trabajo suyo sobre lo que representó en su vida la poesía. Ballagas fue uno de los primeros poetas cubanos en contemplar la literatura afrocubana en sus obras. Murió en La Habana, el 11 de septiembre de 1954.

emilio ballagasYo no sé hasta qué punto tiene validez lo que el poeta pueda decir de su propio verso. El ojo como órgano en actividad, como ejercicio natural, se ignora a sí mismo. Vive solamente y es ojo en la medida que cumple su función de instrumento, su destino de darnos la visión de las cosas y así, se cumple en la aprehensión del paisaje, en la captación de la luz y en el contraste de esta con la sombra.

No en vano, en lenguaje castizo, mirar es “catar”, beber en luz el mundo circundante. Como poeta tengo el deber, y el destino de ignorarme. Soy un instrumento, soy caña hueca, que apenas dispone de unos cuantos agujeros para graduar el hálito universal. Dispongo de unos cuantos colores puros o soy un prisma que echa a volar en siete canciones las secretas aves de la luz perfecta. Mi condición de instrumento y mi destino de ignorarme no excluyen la posibilidad de que el espíritu que me rige ―para asumir una responsabilidad ante el Cosmos― procure afinar este instrumento hasta lograr darle las más variadas y ricas posibilidades de manifestar en sentido actual la eternidad de la poesía. Pero esto pertenece ya al orden de la intención. De facultad y de intención creo que está hecha la poesía.

La poesía en mí no es un oficio ni un beneficio. Es una disciplina humilde, un hecho humano al que no puedo negarme, porque me llama con la más tierna de las voces, con una inconfundible voz suplicante e imperativa a la vez. Como poeta no me siento en modo alguno un ser excepcional y privilegiado. No soy más que un notario de mis propias emociones, y en este sentido hay que redimir esa expresión peyorativa de “notario poeta”. Solo que el poeta que da fe fiel de las emociones de su “yo” es algo más que un notario, es una aguja magnética que se mueve a la menor alteración, que oscila delicadamente para marcar de la manera más precisa y ajustada los más finos y varios matices del sentimiento. Eso quiere decir que ser poeta es vivir en el mundo y en el universo, en el tiempo y en la eternidad, y así el poeta no se queda en esa cosa estrecha y enfática que ha dado hoy en llamarse “ser humano”, sino que es además de humano otras muchas cosas que andan por sobre lo humano. O que es humano por añadidura.

Más claro aún: el que es capaz de impresionarse ante la fina arquitectura de la rosa ha de serlo de sufrir con más intensidad que otro hombre alguno la injusticia humana o la barbarie de una guerra egoísta. Yo voy a lo mismo que proclaman los hombres del énfasis y de la prioridad política, pero por un camino diferente: el camino que me traza mi condición de hombre cristiano y poeta con ansia totalitaria. Creo en Dios como creo en la Poesía, y a los científicos y a los racionalistas les digo que creo en Dios como ellos pueden creer en aquellas cosas que se manifiestan por la prueba, es decir, porque he realizado en mí la experiencia de Dios. Si no viviese sinceramente la catolicidad, creería también en la divinidad de Cristo; porque sé que en cada hombre existe la posibilidad de lo divino.

En nada de lo que he dicho anteriormente existe disquisición ni fuga tangencial. Ser poeta comporta una actitud ante las cosas, una responsabilidad en todos los órdenes del vivir y del saber. Ser poeta es tomar antes de escribir una actitud vital. ¿Queréis ahora que precise más mi posición dentro de la poesía? Lo haré en unas pocas palabras: “No quiero verso que juegue, ni verso que suene; quiero verso sufrido en la propia carne, que ande con pies de corcho, sin excluir los pies de plomo; pero esto último se refiere a la gravidez, no a la resonancia”.

En poesía la fórmula ideal es el silencio de las raíces; la oscuridad ordenada, tan ordenada que se haga luz a la presencia del tacto y la inclinada gravidez del fruto maduro. La existencia de estos factores ha de ser primero, deliberada, y luego espontánea, natural.

Domesticar el vocablo hasta que diga aquello que la sensibilidad tiene en la punta de la lengua. Electricidad que ha de escaparse por las puntas, no tan rápidamente que no pueda aprovecharse en una chispa que sea además la estrella geométrica, un polígono regular trazado matemáticamente.

No fue siempre este mi sentido de la poesía, ni lo es como cosa definitiva. Existe una marcha que podríamos llamar dialéctica si el vocablo no fuese tan sospechoso de lugar común hegeliano. Es cierto que en mi primer libro Júbilo y fuga hice puros juegos, gráciles arabescos de esos que no tocan al corazón ni tocan de él (véase el “Poema de la ele”). Después de esta etapa de realización jubilosa y de gimnasia intelectual que yo llamaría “los misterios gozosos de mi verso”, ha venido una etapa de angustia en la que incluyo los poemas. “De otro modo” y “Elegía sin nombre”, etapa que yo conozco íntimamente por el nombre de “misterios dolorosos de mi poesía”. Entre una etapa y otra, posteriormente a Júbilo y fuga y antes de escribir versos de individual angustia humana, hay poemas varios que pueden asimilarse al modo de expresión de Júbilo y fuga; una estación negra de mi poesía, cuyas realizaciones mejores a mi autojuicio son “Elegía de María Belén Chacón” y “Paisaje”, incluidos en el Cuaderno de poesía negra. También he escrito poemas infantiles y poemas sociales de servicio. He dicho que el poeta se desconoce a sí mismo y es una aguja que registra y marca la gama de las emociones. De aquí esta variedad y esta aparente contradicción en lo que he producido hasta la fecha y he hablado del ejercicio humilde de la poesía. Esto quiere decir que en este rosario de mi labor no espero el advenimiento de los “misterios gloriosos”. Y basta por hoy, que ya he ofendido bastante al silencio.

Hasta aquí el artículo de Ballagas. A continuación, una muestra de su obra poética.

Víspera

Estarme aquí quieto, germen

de la canción venidera

—íntegro, virgen, futuro.

Estarme dormido —íntimo—

en tierno latir ausente

de honda presencia secreta.

Y éxtasis —alimento—

de ignorante —ausente, puro—

non nato de claridades

con la palabra inicial

y el dulce mañana intacto.

Sentidos

Que me cierren los ojos con uvas.

(Diáfana, honda plenitud de curvas.)

Que me envuelva un incendio de manzanas.

Que me envuelvan —presagio de pulpa―

en ciruelas de tacto perfumado…

Inundadme

en pleamar de pétalos y trinos.

Que me ciñan —¡ceñidme― de eclípticas azules.

Canción sin tiempo

I

en la pureza de los círculos concéntricos

que crecen y se evaden

desde secretos puntos de armonía.

Tú, en el minuto que conmemora

la dulzura inefable del perfil

y la inocencia de las manos unidas

en un solo pulso,

en un salto a otro espacio, en una sangre única.

Cielo de aguas de olvido.

Frescor perezoso de palmeras inexistentes.

Fuente recién abierta. Aguasangre

que a través de las venas de la tierra

viene del seno de una campesina,

nace en el corazón de una madre

que canta una canción de cuna

y brota en ese punto donde se rompe

la vena más débil y amorosa de la tierra.

Tú, desde el cielo de la frente

hecha para el vuelo de los más puros pensamientos,

hasta el rastro de música apagada

que deja el pie desnudo

en la arena de una playa nocturna, aún

no descubierta.

Las palabras nos separan

y nos demoran el amanecer de los besos.

La madrugada de los ojos en los ojos.

Por eso el dedo índice sobre mis labios

te construye el silencio,

esa atmósfera donde alientas

y que te crea de nuevo,

deleitándose en cada forma

con la pasión de un escultor.

Por mi silencio existes.

No necesitas la realidad de la forma,

ni la piel, ni el relieve de las venas…

Ni el contorno del labio superior.

Prescindes ya del nombre.

Yo espero otro para nombrarte,

un nombre que convenga a tu ser nuevo.

El nombre que los ángeles pronuncian en voz baja

y aún no ha abierto su flor al borde de mi oído.

Nocturno

¿Cómo te llamas, noche de esta noche?

Dime tu nombre. Déjame

tu santo y seña

para que yo te reconozca

siempre

a través de otras noches diferentes.

Tú me ofreces su frente en medialuna

(medialuna de carne),

sus labios (pulpa en sombra)

y su perfil al tacto…

(Mañana mi derecha

jugará a dibujar su contorno en el aire.)

¿Cómo te llamas, noche de esta noche?

Dime tu nombre, déjame

tu santo y seña

para que yo te reconozca

siempre

a través de otras noches diferentes.

¡Y que pueda llamarte gozoso,

trémulo,

por tu nombre!

Cielo en rehenes

Te miro sin dejar de contemplarte

copo de sol, espuma conjurada

y abro mi corazón de parte a parte

para ofrecerte jubilosa entrada.

Comprendo que del caos fuera arrancada

la esbelta luz; ignoro por qué arte

puedo en un solo pétalo labrarte

con dedos leves el primor de un hada.

De nuevo el manantial de la belleza

echa a correr con sosegado porte

contando perla a perla su pureza.

Cielo en rehenes, majestad sin corte;

donde en alto fulgure tu cabeza

allí está el girasol, allí su norte.

Elegía de María Belén Chacón

María Belén, María Belén, María Belén.

María Belén Chacón, María Belén Chacón, María Belén Chacón,

con tus nalgas en vaivén,

de Camagüey a Santiago, de Santiago a Camagüey.

En el cielo de la rumba,

ya nunca habrá de alumbrar,

tu constelación de curvas.

¿Qué ladrido te mordió el vértice del pulmón?

María Belén Chacón, María Belén Chacón…

¿Qué ladrido te mordió el vértice del pulmón?

Ni fue ladrido ni uña,

ni fue uña ni fue daño.

¡La plancha, de madrugada, fue quien te quemó el pulmón!

María Belén Chacón, María Belén Chacón…

Y luego, por la mañana,

con la ropa, en la canasta, se llevaron tu sandunga,

tu sandunga y tu pulmón.

¡Que no baile nadie ahora!

¡Que no le arranque más pulgas el negro Andrés a su tres!

Y los chinos, que arman tánganas adentro de las maracas,

hagan un poco de paz.

Besar la cruz de las claves.

(¡Líbranos de todo mal, Virgen de la Caridá!)

Ya no veré mis instintos

en los espejos redondos y alegres de tus dos nalgas.

Tu constelación de curvas

ya no alumbrará jamás el cielo de la sandunga.

María Belén Chacón, María Belén Chacón.

María Belén, María Belén:

con tus nalgas en vaivén,

de Camagüey a Santiago…

De Santiago a Camagüey.


(Tomado de La Jiribilla, Revista de Cultura Cubana)

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