La leyenda del delfín

Desde la más remota antigüedad el hombre destacó la inteligencia del delfín como una virtud única en todo el reino animal. Su grácil figura aparece en pinturas mediterráneas del año 1500 a.C., y en el siglo primero de nuestra Era el filósofo griego Plutarco escribió: “Los caballos y los perros que hemos domesticado se han vuelto nuestros familiares sólo porque los alimentamos. El delfín es el único animal cuya amistad es desinteresada: él simplemente quiere ayudar al hombre”.

delfines

Semejante afirmación, basada en cientos de relatos de náufragos empujados hacia las costas por cetáceos amigables, no podía menos que reforzar un mito muy en boga por aquellos días: los delfines serían seres humanos que adoptaron la forma de peces.

Eso explicaba por qué el delfín se batía a duelo con los tiburones para proteger a un nadador, o por qué ayudaba a los navegantes perdidos a encontrar el rumbo: supuestamente su solidaridad hacia el hombre le era dictada por su propia naturaleza humana.

Plinio El Viejo registró cómo los pescadores de Narbona, actual Provenza francesa, capturaban atunes de la variedad mujol con la ayuda de los delfines. El sistema consistía en que avistado un banco de peces, los pescadores golpeaban el agua con palos y, avisados así, los delfines empujaban a los mujoles hacia las redes, comiéndose solo algunos. Se dice que actualmente los campesinos de Mauritania, en la costa atlántica al norte de África, siguen pescando mujoles de igual manera.

Es esta insólita relación simbiótica la que elevó a este mamífero a la quizá exagerada categoría de nuestro par en los mares.

Sus orígenes remotos en la tierra

Para empezar, se trata de un mamífero, tiene sangre caliente y pulmones, y su cerebro es tan grande como el nuestro.

Los estudios dicen que en su origen el delfín fue un mamífero terrestre que abandonó este medio hace unos 55 millones de años, cuando desapareció el peligro de los grandes reptiles carnívoros de mar.

Puede entonces decirse que efectivamente los misticetos (ballenas) y odontocetos (delfines) trotaron alguna vez por las llanuras patagónicas y asiáticas, y si bien su adaptación acuática sigue siendo un misterio, no lo es en cambio su diversidad de tamaños y funciones.

La ballena nada lentamente para filtrar el plancton y es gigante porque la gravedad, neutralizada por el impulso hidrostático, no limita su masa. En cambio, si el delfín no fuera pequeño (1,60 metros, en promedio) la resistencia del agua le impediría nadar a 50 kilómetros por hora para perseguir y alcanzar su alimento, que en general son peces chicos. El agua, 800 veces más densa que el aire, forzó al delfín a volverse una especie de torpedo viviente.

La transformación anatómica del delfín de animal terrestre a anfibio, primero, y a acuático después, fue tan completa que hoy, sacado de su definitivo hábitat, su caja torácica no resiste el peso de su cuerpo y la piel se le quema rápidamente bajo el sol.

Su fisiología

Fisiológicamente, el delfín no tiene rival. Con una epidermis elástica y una dermis musculosa y flexible como ninguna, la piel del delfín tiene una estructura comparable a la de un colchón de agua: se hunde y eleva en función de las presiones percibidas por sus papilas cutáneas, y se adapta al flujo de agua que envuelve su cuerpo, el cual al deformarse disminuye la turbulencia.

Está también su imbatible aptitud para el buceo: ni siquiera equipado con escafandras y tubos de oxígeno puede el hombre descender tan hondo como los delfines. Para emular con ellos deberíamos modificar nuestro sistema cardiorrespiratorio como lo hicieron ellos, aunque sus pulmones y su corazón no sean más grandes que los nuestros.

El delfín aumentó su caudal sanguíneo (un 15 por ciento del volumen corporal contra un 7 por ciento en el hombre) y su concentración de hemoglobina, y así puede fijar un máximo de oxígeno antes de sumergirse.

Además, sus increíbles venas y arterias de geometría variable, logran algo impensable para un cuerpo humano: cortan la irrigación de los intestinos, el estómago, los riñones y los músculos, que deben quedar con su asignada reserva, privilegiando la oxigenación del cerebro y del corazón.

Para soportar la presión del agua, los pulmones del delfín tienen unos anillos de cartílago que impiden que se aplasten.

La descompresión obliga a los humanos que bucean a ascender a la superficie por etapas, para dar tiempo al nitrógeno de la sangre a desparramarse por los tejidos y con ello evitar la temible embolia. Pero este delicado proceso tiene al delfín sin cuidado: sube como un misil y no le ocurre nada, y este es otro gran misterio para la ciencia.

Un enigma más es la infalible capacidad que tiene el delfín para detectar presas lejanas, gracias a su vista y olfato desarrollados. La respuesta a esto se encuentra en su equipo natural de sonar; una sofisticada red de bolsitas situadas bajo su orificio respiratorio, que generan ondas de 100 a 200 hertz, luego concentradas en un solo haz por una masa gaseosa ubicada bajo la cabeza, el cual finalmente es empleado para barrer un área u otra, según la orientación dada por el usuario. El eco (las ondas que chocan y vuelven) es recogido por la mandíbula inferior y transmitido al oído interno y al cerebro, donde es analizado. El real funcionamiento de este mecanismo, tampoco ha sido esclarecido totalmente.

Otros detalles

El delfín, amistoso de por sí, llega a caer en una entrañable inocencia, que le cuesta la muerte por millares a manos de falsos barcos atuneros.

En libertad el delfín llega a vivir hasta 40 años, pero fuera de su hábitat natural su período se reduce a sólo cinco; y lo que es más, se calcula que de cada cien delfines capturados, sólo 15 sobreviven a los dos primeros años de cautiverio.

Otras virtudes a destacar en este cetáceo son su sentido solidario, su lenguaje inteligente, su alta sensualidad y la conciencia de su propia mortalidad.

 

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