El vendedor de pellizcos

Por Marcelo Pogolotti*

Todo se reducía a unas cuantas formas elementales: un cajón grande con dos hileras de sillas y una caja oblonga bastante más pequeña. Dos aberturas rectangulares daban acceso; y otra cuadrada, no conseguía hacer entrar un solo soplo de aire. Una bombilla incandescente suspendida del techo al extremo de un alambre aumentaba la temperatura sofocante, pues todos saben el calor que recoge una casa de madera. Él se había portado como un verdadero mambí, otros dirían como un romano. Se dejó introducir en la caja sin resistencia. A otro hubieran tenido que meterlo a la fuerza. Toda la noche se mantuvo inmóvil, sereno, con una dignidad extraordinaria. Su rostro imperturbable no mostró trazas de emoción. Tal parecía que hubiese recibido la educación más esmerada, tan impecable fue su compostura. Comprendía sin duda la importancia del lugar que ocupaba y la solemnidad de la ocasión.

Por primera vez la viuda del sereno del patio de la estación pudo aquilatar en toda su extensión la nobleza innata de su marido. Los amigos habían sido unánimes en decir que era un valiente. Pero hacía un calor deprimente y fue preciso que salieran al portal. El piso de mosaico estaba limpio como un plato, y la viuda en su modorra oía el sonido higiénico de los pasos. Todo se reduce a muy poca cosa, pensaba. Desde fuera llegaba a sus oídos el murmullo borroso de las conversaciones de los amigos que pasaban como un velo sobre el rostro pergaminoso de su marido, tan digno, tan compuesto en la estrechez de su caja, tan consciente de su posición, tan por encima de la incompetencia de los que le rodeaban.

Por fin calló el fragor de las trompetas tontas, y ella pudo entrar en sus funciones de viuda de un sereno de los ferrocarriles, con irrisoria pensión de veterano y minúscula casita en barrio aledaño a La Habana. Había vivido. Sentada en el portal recordaba a su marido muertecito y extendido muy conforme en su caja. Ella estaba igual que las aceras, resquebrajada, desnivelada y pisoteada.

La noche vino y envolvió su soledad con seres burlones y lugares inhóspitos.

Un muchacho salió del cercano laberinto en medio de un caramillo de cajones hechos de pedazos de cajones, yaguas, tablas hojas de lata, piedras y trozos de mampostería, que reventaban de gente. Emergió con desenvoltura, sin cuidarse de los racimos humanos que atestaban las chozas y de los chiquillos que hormigueaban en torno suyo. No reparaba en menudencias. Un hombre de negocios no puede parar en mientes. Además, la situación la pintaban calva y no le gustaba tropezar con policías. Se sentía en forma y le daba el corazón que iba a tener una buena cosecha.

Entró en la barra como perro por su casa. Encaramados en altísimos escabeles junto al mostrador, varios hombres discutían de pelota. Se acercó a uno de ellos y le tiró familiarmente la manga, presentándole acto seguido su brazo desnudo. El individuo se volvió irritado.

—¡No fastidies más! —rugió, propinándole un puntapié en el trasero que le envió volando al otro extremo del establecimiento.

El muchacho, que parecía de goma, se incorporó sin chistar. Había venido a caer junto a la mesa de un parroquiano, al que asimismo ofreció impertérrito su brazo desnudo. El parroquiano que, por lo visto le conocía, le imprimió un incisivo pellizco, poniéndole luego una moneda en la mano. Contento, el chiquillo abandonó la casa.

Corrió calle abajo hasta llegar a Carlos III. Sabía que por allí estaba un café elegante donde iban hasta americanos, pero era necesario acechar el buen momento y deslizarse sin que nadie le viera. Tuvo la suerte de no encontrar ningún policía y de un brinco se puso en medio de americanos ebrios.

—iPellizcos, uán cen! —empezó a pregonar—. Mira —agregaba explicativamente, pellizcándose a sí mismo.

—¡Oh! —exclamó uno, apretando entre sus dedos un jirón de las endurecidas carnes del niño.

—¡Yes! —repuso este, y remangándose el pantalón señaló el muslo, diciendo: Tu cens.

—Oh, ¡good! —manifestó con deleite una turista viciosa, sirviéndose un jugoso pellizco.        

El muchacho pasó alegremente de mano en mano, entre un creciente alboroto.

—¡Twenty cen! —anunció al cabo, radiante de júbilo.

En esto, un dependiente le despachó un puntapié que le colocó en la salida del bar.

La viuda estaba a punto de acostarse. Sentada al borde de la cama, se arreglaba el pelo. Poco a poco sin ruido, empezó a abrirse la puerta. Al principio pensó que era el viento, pero en el umbral apareció en reducidas proporciones la semblanza de su marido. Era algo así como un enano, su marido joven, empequeñecido. Su primer impulso fue gritar, pero el extraordinario parecido la contuvo. Se fijó en la cara. iIgualita a la de Leónidas! A medidas que el enano, o lo que fuera, avanzaba hacia ella, se le helaba la sangre. Cuando se percató de que no se trataba sino de un chiquillo, le plantó una bofetada.

—¡Esto le cuesta cinco quilos! —declaró sin inmutarse la criatura.

Estupefacta, la viuda clavó en él su mirada en la que se mezclaban la sorpresa, el dolor, la turbación y el asombro. No acertaba a establecer si lo que tenía ante ella era un niño con cara de hombre o un hombre con dimensiones de niño, a pesar de que en lo hondo de su mente ya se había hecho cargo de que en realidad no era sino un pillo atrevido. Pero esos ojos que le miraban con un descaro insolente eran los de Leónidas, lo mismo que el corte de la boca, la forma del rostro, la corcova de la nariz y la frente abombada en la parte superior. De súbito, alargó los brazos y le atrajo hacia sí. El muchacho no ofreció resistencia. Los ojos de la viuda se inundaron de lágrimas en tanto que apretaba contra su corazón el inerte bulto de goma. Soltóle al cabo de un rato, tomó la cartera que estaba en una mesa cerca de la cama y extrajo un billete.

—¡Toma, pobrecito! Y vuelve por aquí cuando quieras…


* Marcelo Pogolotti: Narrador, periodista y artista de la plástica cubano. Nació en La Habana el 12 de julio de 1902 y falleció el 25 de agosto de 1988 en esta ciudad.

Tomado del libro Cuentos cubanos del siglo XX. Antología. Biblioteca básica de literatura cubana. Editorial Arte y Literatura. La Habana, 1975. pp.185-189.

 


 

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