Día de la Cultura Cubana: celebración y desafío

Por Pedro de la Hoz
En uno de los Congresos de la UNEAC de aquellos años tremendos, Fidel dijo una frase admonitoria: «La cultura es lo primero que hay que salvar». Al mirarnos hoy por dentro, nos asiste la certeza de que la cultura ha contribuido a ser lo que somos. En adelante también sabremos que sin la cultura no seremos lo que nos merecemos ser.

Teatro La Caridad, de Santa ClaraSe suele asociar la cultura a sus expresiones artísticas y literarias. Aunque nos hayan dicho una y mil veces que la cultura es mucho más que la literatura, las llamadas bellas artes y los museos, lo primero que pensamos al festejar el 20 de Octubre es en los versos, las canciones, las novelas, los cuadros, los monumentos, las representaciones escénicas y las películas que hablan de nuestra tierra y sus gentes.

Esto, desde luego, es un caudal importante y apreciable, diría incluso imprescindible para identificarnos y ser lo que somos. Pero también deberíamos pensar en las ideas y los valores que tales obras siembran, en el sentido de pertenencia de sus creadores, en el perfil de nuestras ciudades y campos, en las virtudes de la ciencia, en la atmósfera y el subsuelo, en las pulsaciones secretas, en los hilos visibles e invisibles que nos relacionan con otras tierras y otros seres humanos.

Y pensar, cómo no, en el símbolo entrañable de aquel punto de partida. Porque cuando los bayameses que escucharon el himno de Perucho Figueredo el 20 de octubre de 1868 celebraron el canto que desde entonces nos acompaña, lo hicieron conscientes de que libertad y justicia eran conceptos irreductibles e inseparables.

Este 20 de octubre, aun en un contexto diferente, sigue siendo igual. Libertad y justicia son, tienen que ser, valores irrenunciables, ajenos a la retórica conmemorativa. Más cuando nos hallamos abocados a un proceso de cambios en el orden estructural del cual depende la sobrevivencia, la continuidad y las nuevas etapas de desarrollo de nuestro proyecto de nación. Y ya se sabe cómo interactúan y repercuten las condiciones materiales en la vida espiritual de un conglomerado social.

De manera que la cultura no puede ser vista como algo accesorio o al margen de la impostergable actualización de nuestro modelo económico.

En medio de los avatares de los años 90 , le escuché a Armando Hart, en quien reconocemos a un pensador lúcido y radical, un razonamiento acerca de lo que nos podía pasar en caso de ignorar el factor cultural en el curso de las acciones para superar los efectos de la crisis: «Sería terrible —comentó— que un día despertáramos con los problemas resueltos para unos pocos y sin resolver para la mayoría, que el bienestar de unos hiciera olvidar las carencias de otros, que la abundancia y la prosperidad de unos cuantos fuera mera ilusión de otros muchos, y que se nos dijera que todo ello es inevitable. Cuba no sería Cuba, la historia no tendría sentido».

Uno de los modos de conjurar ese escenario, con el que sueñan y para el que trabajan fuerzas y agentes que no debemos ignorar, es precisamente tomar en cuenta el valor de la cultura. Dicho de otra manera, la subjetividad no puede ser un territorio silvestre, en el que dogmas, bandazos, aprensiones, inconsecuencias, abandonos, inercias y cantos de sirena prevalezcan.

En uno de los Congresos de la UNEAC de aquellos años tremendos, Fidel dijo una frase admonitoria: «La cultura es lo primero que hay que salvar». Al mirarnos hoy por dentro, nos asiste la certeza de que la cultura ha contribuido a ser lo que somos. En lo adelante también sabremos que sin la cultura no seremos lo que nos merecemos ser.

(Fuente: Granma)

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