El cuento: Una tienda distinta

Por Dora Alonso*

Cuento Una tienda distintaAl abandonar la Torre de los Sueños estaban tan admirados que no sabían hablar más que del guardián y de las maravillas vividas. Fue Azulosa quien recordó que debían visitar cierta tienda especial, y dijo el del sombrerón que enseguida los llevaría.

Echaron a andar por la enroscada calle de Pueblo Dormido. Saliendo de nuevo a la plaza del carrusel y tomando por la acera de la sombra, llegaron a una callejuela donde se detuvo el guía para señalar un local, y el gran letrero que decía:

La Tienda Distinta

Entraron en la tienda y de momento no vieron nada de particular. En los entrepaños no había más mercancía que unos sobrecitos sellados, pero, en tal cantidad, que cubrían mostradores, vidrieras y anaqueles.

—¿Quién atiende a los marchantes? —se preguntaron.

Uno-dos señalaba a una muchacha vestida con pantalones de mecánico y camisa marinera.

Tenía una frondosa cabellera suelta y prendida en ella, a manera de hebilla, una garra de águila.

—Buenos días, muchacha —ladró el cachorro, dispuesto a entablar amistad.

Pero la muchacha estaba dormida.

—¡No me gusta esto! —se lamentaba el perrito—. Aquí todo el mundo está tieso y me da miedo.

Al escucharse la palabra miedo, la muchacha pareció despertar, dio dos pasos y se durmió otra vez con los ojos abiertos.

—Habrá que esperar a que despierte, cuando llegue la hora —razonaba Martín.

Como era la una, decidieron esperar allí mismo y al dar las dos, todo pareció revivir; el pueblo tomó un aspecto normal con sus vecinos trabajando y cada persona continuó haciendo lo que dejó a medias el día anterior.

Ahora la empleada se dispuso a atenderlos.

Al preguntarle qué era lo que vendía, enseguida dio la información.

—En esta tienda solamente se vende miedo.

—¿Miedo? —casi no podían creerlo. Y ella explicaba en detalle.

—Como todos sabemos, muchos niños suelen tener miedo a distintas cosas. Por ejemplo: a la oscuridad, a los ruidos misteriosos, a los aullidos de los perros, al coco, al tun-tun, al roer de las ratas, al chirrido de los grillos…

—¿Y qué? —se entremetía el sato—, ¿y qué más?

—Pues, precisamente para esos niños, aquí hay un buen surtido de las cosas que ellos temen. En cada sobre hay un miedo bien clasificado, y al abrirlos y comprobar que no tienen nada dentro, los niños se vuelven valerosos.

No vuelven a asustarse ni a llorar en la oscuridad ni a temerles a esas tonterías, porque se convencen de que el miedo es nada.

Un poquito de nada, que, cuando se quiere ver o tocar, se desvanece.

Perroazul se puso a bailar en dos patas batiendo palmas y fue corriendo junto a la empleada:

—Muchachona, dame de todos los sobres, porque yo les tengo muchísimo miedo a muchísimas cosas.

—Será un paquete muy grande —le indicó la muchacha.

Pero el perrito no se arrepintió, sino que dijo:

—Por muy grande que sea, no importa: lo llevaré en el coche.

(Cuento incluido en El cochero azul. Instituto Cubano del Libro, Editorial Gente Nueva, La Habana, Octubre de 1975)

*Dora Alonso (Matanzas, 1910-La Habana, 2001). Su novela Tierra inerme recibe en 1961 el Premio internacional Casa de las Américas. En 1975 aparece El cochero azul, con una primera edición de 200 mil ejemplares. Con su novela El valle de la Pájara Pinta obtiene en 1980 el Premio Literario Casa de las Américas en la categoría de obras para niños y jóvenes. En 1988 se le confiere el Premio Nacional de Literatura de Cuba.

(Fuente:  http://www.lajiribilla.cu)

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