No hay sábado sin sol, ¿ni semana sin reunión?

Por María Elena Álvarez (Servicio Especial de la AIN)

Caricatura de Chispa

Si cada minuto de nuestra vida pasado en alguna reunión contara como un metro cúbico de hormigón y asfalto, hace rato tendríamos una autopista con destino, qué digo a la Luna o a Venus, al mismísimo Plutón.

Y no hablo de citas de dos, de encuentros con amigos, la cena familiar o esas charlas nocturnas entre vecinos ansiosos de algún soplo de aire fresco en el verano. ¿Quién lo discute? Los humanos, y especialmente los cubanos, estamos hechos para vivir en sociedad.

Hablo de esos encuentros formales y periódicos, con orden del día, acta y pase de lista, a los cuales asistimos, bien porque nos toca o nos llevan: para muchos, el ir al trabajo de mamá o papá, cuando niños, a cualquier reunión ha quedado anotado en el registro de salidas y paseos.

Tanto se ha dicho y escrito en todos los tonos —desde la crítica serena o la sutil ironía, hasta la burla implacable o la más feroz diatriba— acerca de las reuniones o, más bien, del exceso de ellas, que volver al tema es como llover sobre mojado.

No obstante, llamados a cambiar cuanto ha de ser transformado, urge saldar viejas deudas y ponernos definitivamente al día en varias asignaturas pendientes que, como el reunionismo y otros “ismos”, a diferencia de las artes, nada tienen de vanguardia.

Del tal engendro valdría decir, ante todo, que nuevo no es, ni hijo nuestro ni somos los únicos en padecer eso que algunos llaman en el mundo “síndrome de reunionitis” y que, si no lo es ya, va camino de convertirse en pandemia. Eso sí, se nos ha ido la mano.

Lástima, porque las reuniones deben ser, y de hecho muchas veces resultan, eficaz recurso de interacción, comunicación y coordinación, pero de tanto abusar hemos terminado atrapados en el círculo vicioso. Contra toda lógica, mientras más reuniones, más hacen falta. Terrible adicción de la cual renegamos, mas no logramos librarnos.

Si solo fuera eso, quizá hasta por decreto podrían limitarse número y frecuencia y ¡zas!, problema resuelto. Por desgracia, el reunionismo es mucho más, y para despejar esta ecuación no alcanza con la simple operación de sustracción o resta.

¡Se me va la vida en reuniones! Cualquiera puede suscribir como propia esa expresión, mezcla de rabia, frustración e impotencia, que apunta con dedo acusatorio no solo a cuántas hemos de asistir, sino a cuánto duran.

“No me esperes”, “Voy a llegar tarde”, “Dejemos el cine para mañana”, “Ve preparando la comida”. Estas y otras frases tienen como inevitable coletilla “que tengo reunión”. Podemos saber cuándo empieza (bueno, si a quien cita, al invitado o al compañero quórum, no le da por llegar tarde), pero a qué hora termina, eso ni Dios lo conoce, está fuera de todo cálculo.

La agenda repleta es mala señal, pero igual, la discusión del único punto puede consumir largas horas. También depende del humor, inspiración y tiempo de que disponen quienes dirigen la reunión, y de las solicitudes de palabra para exponer o defender un criterio, endulzar los oídos del jefe o hablar y hablar sin decir nada, por el mero placer de escucharse. En fin.

No nos cansamos de exhortar al uso racional de los recursos y derrochamos probablemente el más escaso: el tiempo de las personas: de vida y de trabajo, pues sabido es que en no pocos centros las reuniones acontecen en horario laboral, con la consiguiente interrupción y en perjuicio de la jornada que, y eso tampoco nos cansamos de repetirlo cual eslogan, es “sagrada”.

Disciplina, productividad, eficiencia, organización: de todo eso suele hablarse en las reuniones, para contribuir a ello son convocadas. Sin embargo, contra todo eso arremete cada ejercicio que separa al trabajador de su puesto y entorpece la propia dinámica de su labor.

Las alternativas para evitar ese “ruido” en el sistema han sido como “salir de Guatemala y entrar en Guatepeor”. A una reunión, al amanecer, muchos acuden medio dormidos o para seguir durmiendo, y con eso de que el transporte está cada día peor, “llueven” las ausencias y llegadas tarde.

Si la cita es al final del día, verás a todos con los ojos clavados en la puerta y casi en la misma posición del corredor que aguarda el disparo en la línea de arrancada.  Mejor ni hablar de los sábados y domingos.

Antes, durante o después de la jornada de trabajo, e igual si tarda horas o es más breve que un mitin relámpago, existe rechazo, silencioso o explícito, pero en cualquier caso evidente.

Ha echado raíces en la gente la idea de que las reuniones son, salvo excepciones, trámite burocrático, absurdo y engorroso, fastidio y pérdida de tiempo.

Lo peor es que no les falta alguna razón. Tan solo admitirlo puede ya darnos gran ventaja en esta pelea cubana contra este demonio, al cual podemos “cortarle el agua y la luz” disminuyendo la cantidad y duración, pero al que no derrotaremos si no lo convertimos en batalla.

Guerra a muerte, además, contra el formalismo, la improvisación, la rutina, la falta de sistematicidad y de exigencia, el inmovilismo, la mentira, la superficialidad, la adulación, la cobardía, los malos métodos.

También a la incapacidad de escuchar a los demás y aprender de los errores, la simulación, el compadreo, el abuso de poder y otras, las cuales hacen parte también de nuestras reuniones, en ocasiones desde su concepción, y acaban convirtiéndose en lo contrario.

¿Para qué reunirnos sin nada nuevo ni de interés se debe tratar? ¿Solo para no alterar el ritual? ¿Acaso para que el jefe, al que casi nunca vemos porque está siempre reunido, pueda sentir y mostrar que nos dirige? ¿Y cuál sentido tiene convocarnos para pedirnos opinión de algo ya “cocinado” y hace rato decidido?

¿Hasta cuándo seguiremos clonando y reciclando reuniones, hablando sobre similares temas, desgastándonos en bizantinas discusiones sin sacar nada en claro, o tomando acuerdos que luego nadie recuerda cumplir ni exigir y verificar que se cumplan? ¿Y por qué esperar el proceso orgánico de un Congreso para analizar problemas cuya solución depende, no de otros, sino del propio colectivo? ¿De qué estuvieron hablando esos trabajadores durante cinco años, mes tras mes, en sus asambleas?

Ni el mejor de los debates puede resolver, como por arte de magia, todos los problemas, pero sí posibilita allanar el camino.

La mala reunión, sin embargo, puede ser como bomba de tiempo y fomentar, no el entendimiento, la unidad, el entusiasmo y la iniciativa, sino la discordia, la suspicacia, la apatía, los chismes, el resentimiento, la confusión y el desaliento.

Apostemos por las buenas y, también, por las imprescindibles de verdad y que no malgastan ni un minuto.

Pero, sobre todo, trabajemos más y mejor, entre muchas otras cosas, porque así tendremos que reunirnos menos.

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