Cuba envejece: un problema que no puede esperar

Por Vladia Rubio

Eloísa Miravalles probablemente no sepa que este 1ro. de octubre el mundo celebrará un acontecimiento que le toca bien de cerca: el Día Internacional del Adulto Mayor.

Enfrascada en las cotidianas gestiones para el abastecimiento familiar, en el cuidado del nieto mientras la hija permanece en la empresa, y pasando trabajos mil con las piernas, que cada vez le duelen más, esta vecina de Marianao, recién estrenándose como jubilada, no tiene apenas oportunidad, y tampoco muchos deseos, para reparar en celebraciones.

Sería bien interesante indagar cuántos cubanos están en situación similar a la de Eloísa. Al menos, son cerca de dos millones los que, como ella, rebasan las seis décadas, y cuando se llegue el 2025, uno de cada cuatro pobladores tendrá más de 60 años. ¿De qué modo se ha preparado la sociedad para afrontar el acelerado envejeciendo de sus habitantes?

No se trata de algo que pueda vislumbrarse solo como perspectiva, es ya un hecho tangible, cuyos tintes serán aún más drásticos a medida que los almanaques avancen. Lo cual debe verse unido al también acentuado decrecimiento poblacional -sinónimo de menos nacimientos-, a la emigración, y, por tanto, de menos personas para cuidar a los ancianos.

Aun cuando entre las naciones del  llamado Tercer Mundo Cuba se ubica a la vanguardia en la atención a la tercera edad, sobre todo sustentada en el Programa Nacional de Atención al Adulto Mayor, la situación actual evidencia que resulta insuficiente lo conseguido. Sobre todo, se enmarca en un círculo rojo la manera en que se alista el país para afrontar su envejecimiento poblacional, que aun siendo alarmante no resulta inesperado.

Dentro de las fortalezas con que cuenta la Isla para la atención a la ancianidad, data de 1984 la inclusión de la especialidad de Gerontología y Geriatría dentro de la capacitación del personal de salud. Doce años más tarde, el renovado Programa de Atención al Adulto Mayor ocupa una de las cuatro prioridades dentro del Sistema Nacional de Salud. También significó un puntal para los cuidados al anciano la inauguración en 1992 del Centro Iberoamericano de la Tercera Edad, con el fin de emprender investigaciones sobre ese sector poblacional y formar gerontogeriatras, hoy centro de referencia nacional para la especialidad.
Esos fueron puntos de partida para el posterior despliegue de variadas estrategias encaminadas a beneficiar a ese grupo etáreo: Círculos de Abuelos, Casas del Abuelo, Hogares de ancianos, atención comunitaria a los ancianos que la requirieran en cuanto a alimentación y otras necesidades asistenciales, apertura de la Universidad del Adulto Mayor…

Innegablemente, muchos pasos se han dado, pero la realidad de este presente indica, por ejemplo, que es insuficiente la cantidad de geriatras, a la vez que resultan todavía deficitarios los conocimientos sobre gerontología del personal que labora en las áreas asistenciales.

Queda mucho por hacer. El propio Jefe del Grupo Nacional de Geriatría y Gerontología, profesor doctor Miguel Valdés Mier, subrayaba el pasado año la necesidad de preparar más recursos humanos considerando el envejecimiento acelerado de los cubanos y aun cuando la Isla posee en el tema del personal calificado uno de los mejores indicadores en América Latina.

El también Presidente de la Sociedad Cubana de Psiquiatría apuntaba que entre los retos del país para atender a sus abuelos figura el proveer a la sociedad de recursos no solo institucionales, sino de opciones o alternativas comunitarias que posibiliten al anciano una mejor utilización de su tiempo libre y capacidades potenciales. Valdés Mier insistió en la necesidad de preparar cuidadores en la comunidad, “porque no siempre es posible que los familiares puedan atender a sus ancianos.”

Canas atribuladas

La investigadora María Elena Benítez, del Centro de Estudios Demográficos (Cedem) de la Universidad de La Habana, y una de las estudiosas de este tema, asegura que “a escala social, se viene produciendo en el país una redefinición de la vejez en la conciencia de las personas. Ello no quiere decir que todo esté resuelto, sino que hay una mayor sensibilidad del problema y se trabaja para enfrentar una situación que el país ya tiene y se agudizará en los próximos años”.

A tal punto hay que continuar formando conciencia sobre esta realidad en la población toda y en su personal calificado, que apenas es posible profundizar en datos estadísticos sobre ese sector poblacional. Abundan indicadores asociados con la mortalidad materna e infantil  y sus causas, a los índices de bajo peso al nacer, los ingresos en hogares maternos…; pero no así los referidos a la tercera edad.

Las particulares angustias de Eloísa Miravalles hablan, en términos concretos, de cuánto queda por hacer. Le cuesta un mundo alzar el carrito de los mandados cada vez que cruza la calle, porque apenas existen rampas que se lo faciliten, y sí innumerables barreras arquitectónicas. Cuando se rompe el elevador en su edificio de microbrigada, entonces sí que las inflamadas venas de sus piernas de 67 años parecen a punto de reventar subiendo los siete pisos que la conducen a su apartamento.

Y si el asunto es de comprarse ropa alguna que otra vez, hay que ver a la señora contemplando con frustración las perchas de las tiendas donde casi ningún modelo ni talla se ajustan a sus necesidades y gustos. Tampoco la abuela Eloísa, si quisiera, cuenta con muchos lugares donde recrearse en su escaso tiempo libre. La gran mayoría de estas opciones son pensadas para una juventud que cada vez va siendo numéricamente menos.

Sin duda, enfrentar el fenómeno demográfico que hoy vive Cuba es asunto complejo porque implica significativos aumentos de carga para la seguridad social, para el sistema de salud y para muchas otras entidades. Ello sin olvidar que los últimos años estuvieron signados por un crecimiento permanente en los gastos de educación, salud, cultura, deporte, ciencia y técnica, y la seguridad social.

Durante el pasado 2010, fue destinado un 11.6 por ciento del  presupuesto del estado a la seguridad social, y un 1,8 por ciento a la asistencia social, por solo mencionar dos rubros, que no los únicos, relacionados con la ancianidad. Por su parte, la ley de presupuesto para el actual año también dedica la mayor partida a los programas sociales como la educación, la salud pública y la seguridad social, entre otros.

Para entender tales esfuerzos, y los que se avecinan, hay además que contextualizarlos en la compleja situación económica que hoy vive el país, lacerado por la persistencia de la crisis financiera mundial, la escalada de los precios de los alimentos y los combustibles, y las restricciones a Cuba para nuevos financiamientos. Sin tampoco olvidar las complejidades derivadas del bloqueo económico, comercial y financiero que nos imponen los Estados Unidos.

A pesar de tamaños retos, el tema del envejecimiento poblacional no puede quedar para mañana. De ahí que junto a las alternativas institucionales, como apunta el doctor Mier y también la investigadora Benítez, se hace necesario apelar al potencial  comunitario, que, sin grandes inversiones, tiene la posibilidad de tributar de manera importante a la calidad de vida de los ancianos.

Aunque también es válido abogar por acciones multidisciplinarias, intersectoriales, por una coherencia en todo el actuar del país que tenga en cuenta para cada una de sus decisiones que esta es una población envejecida.

A tal punto ello es imprescindible, que fue necesario extender la edad de jubilación. De no haberse legislado así, para dentro de cuatro años ya habría más personas fuera de la vida laboral que las que se encuentran trabajando. No obstante,  para el 2035, cerca del 34 por ciento de los cubanos tendrá 60 años o más, y seremos el país más envejecido de Latinoamérica y el Caribe.

Puertas adentro

La familia cubana es una de las más afectadas por la situación demográfica y lo será aún más en lo venidero. Cada vez son más los padres y abuelos que requieren atenciones especiales en el hogar por ir perdiendo autovalidismo y por las lógicas afecciones degenerativas.

Tampoco la familia está preparada ni cuenta con los necesarios servicios o infraestructuras que le faciliten estas tareas. Lamentablemente, tales carencias en ocasiones se traducen en disfunciones familiares y hasta en maltratos y violencia doméstica, una de cuyas más tristes expresiones es el abandono, el ninguneo del anciano a quien se deja olvidado, como un mueble más de la sala.

Por desconocimiento, predominan prejuicios y enfoques negativos sobre la vejez, asumiéndola no como una etapa más de la vida, sino como el fin de la misma, sin considerar cuántas potencialidades encierra. No por gusto algunas culturas milenarias rinden veneración y hasta culto a sus ancianos.

Habría que entrenarse, puertas adentro del hogar, en una mejor convivencia intergeneracional, en aprender sobre las peculiaridades de la tercera edad y sus necesidades. A la vez, también urge fomentar la figura de los cuidadores a domicilio en provecho del rendimiento laboral y de la calidad de vida de los adultos de casa que  se mantienen trabajando.

En este sentido, valdría preguntarse cuál ha sido el destino de los más de 25 mil trabajadores sociales formados durante  el último decenio, y también llamar la atención sobre la modalidad de “Cuidador de enfermos, personas con discapacidad y ancianos”, comprendida entre las actividades autorizadas desde septiembre del pasado año para ejercer como trabajo por cuenta propia, y lo urgente de su capacitación y asesoramiento.

Y si estos cuidadores son necesarios para familias extendidas, qué decir de aquellos hogares en que vive un viejito solo, o una pareja de ellos. Porque también otro de los efectos del envejecimiento poblacional –además de aumentar las enfermedades degenerativas, crónicas, las hospitalizaciones por largos períodos y con costosos tratamientos- es el incremento de las tasas de viudez.

“Los retos de los años venideros conducen, inexorablemente, a un  cambio en las necesidades y las obligaciones de los miembros de la familia en cuanto a los cuidados de la tercera edad”, asegura Benítez. Eso presupone, añade la experta, cambios importantes en la dinámica familiar y  la aparición de nuevas demandas sociales, entre estas la necesidad de establecer roles nuevos y satisfactorios para las personas que envejecen dentro de los nuevos modelos de integración social.

El doctor Eugenio Selman, presidente de la Asociación Médica del Caribe (Ameca), del “Club de los 120 años” y también del Congreso sobre Longevidad Satisfactoria cuya novena edición tuviera lugar en La Habana en mayo pasado, declaró en ese contexto que hay seis aspectos fundamentales para avanzar en la “longevidad activa”: la motivación, una alimentación sana, la salud, la actividad física, la cultural y un entorno ambiental correcto. Y la aspiración es que, como media,  la expectativa de vida alcance los 80 años.

Eloísa Miravalles, la abuela tantas veces citada en estas líneas; a pesar de sus achaques y de la sobrecarga doméstica que lleva sobre los hombros, no se siente derrotada y muchísimo menos alentando en su noveno inning. No aspira a anotarse en el Club de los 120, pero por estos días se apresta a festejar un nuevo cumpleaños y espera celebrar muchos más, guiada por la alta esperanza de vida que distingue a esta población —78 años— y la ubica en el rango de naciones desarrolladas.

Eloisa no ha perdido la sonrisa,  confía en que a medida que el crecimiento de la expectativa de vida marche aparejada con un aumento en la calidad de la misma, sus años venideros podrán ser aún más plenos porque el asunto no es sumar años a la vida, sino vida a los años.

(Fuente: CubaSí)

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