Juan Marinello: patriotismo y literatura

Por Luis Pavón

En Juan Marinello se cumpliría cabalmente lo que había caracterizado a Heredia y tenido en José Martí ejemplo mayor: los hombres de prominencia de nuestra literatura fueron también patriotas revolucionarios fundamentales. Además, otra condición casi axiomática: los marxistas cubanos son martianos. Los casos de Mella y Fidel son ejemplos tutelares.

Juan nació el 2 de noviembre de 1898, en el pequeño pueblo villareño de Jicotea. En plena juventud ya compartía la amistad de Rubén Martínez Villena, con quien en la década del veinte del pasado siglo participó en el grupo fundador que conocemos como “La Protesta de los Trece”, una de las primeras manifestaciones de la juventud cubana contra las corrupciones de la seudorrepública, luego en el Grupo Minorista, también creado por Rubén.

Marinello publicó, en 1927, junto con intelectuales de su época, la Revista de Avance, fundamental en el vanguardismo cubano. Dio a conocer en esos años su libro de poemas Liberación, de carácter puramente lírico. En 1930, ya profesor universitario, guardó prisión por su participación en la manifestación estudiantil del 30 de septiembre, donde fue herido Pablo de la Torrente Brau y muerto Rafael Trejo. Dio fin a la revista y creó tribunas de directo combate político. Las persecuciones y la prisión se reiterarían en su vida combatiente.

Sería en todo momento una figura destacada de la lucha antimachadista.

Ya en 1933 trajo a Cuba las cenizas de Julio Antonio Mella. Las condiciones de la época harían que las guardara y con él estuvieron hasta que la Revolución Socialista les dio sepultura en el monumento de la Universidad.

Fue director del periódico La Palabra, que lo llevaría a prisión nuevamente, y tuvo distintas tareas. Desde 1939, presidente del primer partido marxista leninista de Cuba, junto a Blas Roca como secretario general, hasta que este, en 1961, acordó la disolución para facilitar la integración de las organizaciones revolucionarias bajo la dirección de Fidel Castro. Ya en esta, fue, entre otros cargos, rector de la Universidad de La Habana y representante de Cuba en la UNESCO, miembro del Comité Central.
Nos legó una importante obra literaria, consistente fundamentalmente en sus ensayos. Martí fue objeto esencial de sus estudios y a él le dedicó páginas antológicas. Su vida fue lección de hombre dedicado a su deber.

En 1927 se casó con Josefa Vidaurreta, Pepilla. Eran primos. Se conocían desde niños. Pepilla fue su compañera y el amor de su vida. Solo se separaban cuando los imperativos de la lucha política lo exigía, como cuando él estaba preso o debió cumplir misiones como la de asistir a España durante la Guerra Civil y otras de diverso cariz. Cuando él estuvo preso, ella lo visitaba en la prisión, además de luchar por su libertad. No tuvieron hijos. La pareja se estrechó el uno con el otro.

En diciembre de 1976, Pepilla falleció. Fue un golpe terrible para Juan, ya de 78 años y enfermo. En aquel día se inauguraba la Asamblea Nacional. A Juan, por razones de edad, le correspondía presidirla. Así lo hizo. Dejó esta última vez a la compañera por cumplir con su deber.

Cuando lo vimos aparecer en el teatro Carlos Marx, no pudimos evitar la lógica emoción. Todos sabíamos cuánto le costaba a Juan estar allí. Pero él hacía lo que hizo siempre: cumplir con su deber. Fallecería meses después, en marzo del 77. Dejó, además de una significativa obra literaria y una gestión pública esmerada, un ejemplo sin olvido.

(Fuente: CubAhora)

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