Juan Ramón Jiménez en La Habana de 1936

Por Juanita Conejero

La cultura cubana se honra al recordar a Juan Ramón Jiménez, ese maestro y poeta de fino lirismo, que nació en Palos de Moguer, en la provincia de Huelva, Andalucía, en 1881, hace 130 años.

Una vez, cuando era yo muy joven, tuve las primeras noticias de este importante escritor. Fue a través de su hermoso poema en prosa Platero y yo, con esas palabras iniciales que me sabía de memoria: “Platero es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”. Años después, ya en la Universidad, tuve noticias de que las ediciones de esta obra maestra sumaban en el mundo más de un millón de ejemplares.

Era este andaluz un hombre muy especial. Venía de un hogar acomodado. Estudios con jesuitas, intentos universitarios, idiomas y deseos por incursionar en el arte pictórico. Apasionadas lecturas  de Bécquer, Rosalía de Castro, Curros Enríquez, Víctor Hugo, Lamartine, Musset,  Heine, Goethe y Schiller,  por citar algunas, sedimentaron toda su estructura intelectual. Los clásicos españoles, San Juan de la Cruz, Santa Teresa y Fray Luis de León,  influyeron en los años iniciales de su creación literaria.

A finales de siglo, Madrid le abre las puertas. Rubén Darío quiso hablar con él. Juan Ramón tenía 18 años. Había descubierto el gran nicaragüense que en aquel joven poeta, delicado y nervioso, habitaba el germen de la renovación y de una libertad interior, tan coincidente con el Modernismo.
Animado por Villaespesa y muchos amigos, publica sus primeros poemas. Intensa vida literaria, locura y una vida bohemia que lo atrapaba. Escribe febrilmente. Frente a la algarabía literaria, se presentaba el cansancio y el aburrimiento, junto  al  egoísmo y la agresividad de algunos, que no querían reconocerle ni uno solo de sus méritos poéticos.

Vuelve a Moguer. Una etapa depresiva lo invade. Tristeza, soledad, angustia. Se arruina la familia y decae la vida económica de su pueblo.

En 1912, regresa  a Madrid, más recuperada su salud, y allí se encuentra, en la Residencia de Estudiantes creada por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, con Giner, su maestro de siempre. Convive también con Unamuno, Menéndez Pidal, Azorín, Eugenio d’Ors, y José Ortega y Gasset, entre otros. Permanece allí hasta 1916. Estas relaciones lo nutren y fortalecen.

Se embarca a los Estados Unidos y se casa con Zenobia Camprubí Aymar, de madre portorriqueña, su  amiga y compañera para toda la vida. De aquel acontecimiento trascendental  surge su Diario de un poeta recién casado, novedoso texto literario matizado de tierra, cielo y mar.

Observa tristemente los grupos minoritarios de la gran urbe, inmersos en la miseria colectiva y siente una especial sensibilidad  hacia el negro, como lo sintió también el gran García Lorca. A los pocos meses, vuelve a Madrid.

La etapa del 1916 a 1936 reúne veinte años de fecunda creatividad, consolidada por  abundantes textos poéticos, evocaciones, crítica, cuentos, caricaturas líricas, aforismos, traducciones. Una fuerza intelectual realmente impresionante.

Decide regresar a América, ya en un exilio voluntario. Había percibido el horror de la vida deshumanizada y desnaturalizada que le dejó el sabor amargo de la Primera Guerra Mundial, siente como suyos a los niños mutilados, y la muerte de amigos le produce profunda desolación.

Lo honraba un gran respeto por el pueblo español, pero la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil en su tierra le seguían abriendo heridas muy profundas. “¡Es tan grande la pena total del Mundo!”, exclamaba.

No era Juan Ramón Jiménez un político ni mucho menos, pero tenía conciencia de la época que le había tocado vivir. Soñaba con una España mejor, con un pueblo más feliz, sobre todo para las generaciones más jóvenes que siempre amó.

En 1936, habíamos salido los cubanos del doloroso machadato que había cobrado la vida de muchos jóvenes, especialmente estudiantes. El cierre de la Universidad, las batallas entre diferentes tendencias políticas, la clausura de publicaciones periódicas,  producían un peligroso desencanto en el ámbito cultural, solo salvado en parte  por las iniciativas creadoras de algunas personalidades que deseaban transformaciones  estéticas, sociales y políticas dentro de la sociedad cubana.

Entre esas personalidades estaba Fernando Ortiz, sabio y antropólogo; el letrado José María Chacón y Calvo, y la joven profesora Camila Henríquez Ureña, que aunque dominicana, se había enraizado en nuestro país. Importantes eventos culturales en el Lyceum, en el Conservatorio de Música y en el Instituto Hispanoamericano de Cultura  se hacían sentir.

Justamente en este marco histórico, el presidente de esta última institución, el gran  cubano Fernando Ortiz, invitó a Juan Ramón Jiménez a visitarnos, como lo había hecho en al año 30 con Federico García Lorca. El distinguido autor de Platero y yo pasó dos años junto a nosotros.

Aquí en  nuestro verde caimán se relaciona con la intelectualidad, específicamente con la intelectualidad habanera. Visitaba a Mariano Brull y se reunía con Emilio Ballagas, Ramón Guirao, Eugenio Florit, Lezama Lima, el padre Gaztelu, Dulce María Loynaz y  con Serafina Núñez, en quién provocó siempre Juan Ramón una intensa inspiración. Conoció  a Cintio y a Fina, a Eliseo  Diego,  a Gastón Baquero, a Nicolás Guillén y a otros que lo distinguieron de manera muy especial.

Para él, la poesía es la paz, y se inclinaba ante el ejemplo generoso de la muerte de Pablo de la Torriente Brau.

Así comenta Lezama Lima sobre  Juan Ramón: “En España apenas recibía, entre nosotros, conversaba un crepúsculo o caminaba una mañana subrayando el gris que acompaña a nuestro azul o nuestro verde. Le seducía nuestra retadora diversidad, una suma de lo discontinuo que logra una inesperada resultante tonal. Decía que no había podido escribir sobre Martí antes de su visita a Cuba, en aquellos días lo hizo con verdadero esplendor, sentía como nadie el delicado, Garcilaso, Sidney o Martí, muerto por la espada.”

Y así se expresaba el poeta andaluz: “Hasta Cuba, no me había dado cuenta exacta de José Martí y por esta Cuba verde,  azul y gris, de sol,  agua y ciclón, palmera en soledad  abierta o en apretado oasis, arena clara, pobres pinillos, llano, viento, manigua, valle, colina, brisa, bahía o monte, tan llenos todos del Martí sucesivo, he encontrado el Martí de los libros suyos,  y de los libros sobre él. Miguel de Unamuno y Rubén Darío, habían hecho mucho por Martí, porque España conociera mejor a Martí,  contrario a una mala España inconsciente, era el hermano de los españoles contrarios a esa España contraria a Martí”.

El pintor español Hipólito Hidalgo de Caviedes, por aquel tiempo en nuestra Isla, lo recordaba en el Hotel Vedado. “Allí lo vi, a veces trabajando en camisa, con las cuartillas extendidas sobre la cama, y respirando a pulmón lleno el aire teñido de azul que venía del mar”.

Hoy esta instalación orgullosa muestra una tarja que rememora la presencia del gran español y de su esposa en ese hermoso lugar. Hasta allí llegaban cubanos de otras provincias a saludar al ilustre matrimonio.

Se le ocurre a Juan Ramón un gran proyecto que Fernando Ortiz apoya incondicionalmente: organizar un festival de la poesía producida en Cuba en 1936. El 20 de enero de 1937  ya está lista la convocatoria  y lo que a  mí en particular siempre me ha parecido lo más hermoso  es que  en el evento  participarían no solo los artistas ya de nombradía bien ganada,  sino también los novicios y hasta los desconocidos. Vendría después  la publicación de los textos. Los poetas se lo merecían.

Cuba empieza a tocar lo universal y  así pensaba don Juan Ramón con su personal ortografía: “La Habana está en mi imajinación y mis anhelos andaluces, desde niño. Mucha Habana había en Moguer, en Huelva, en Cádiz, en Sevilla. ¡Cuántas veces, en todas mis vidas, con motivos gratos o lamentables, pacíficos o absurdos, he pensado profundamente en La Habana, en Cuba! La extensa realidad ha superado el total de mis sueños y mis pensamientos”.

El festival fue un éxito. El teatro Campoamor se llenó de voces poéticas que hacían vibrar sus sueños. La antología fue una realidad. La poesía cubana del 1936, prologada por Juan Ramón, fue compilada y editada con la colaboración de Camila Henríquez Ureña.

Es una etapa en que el gran poeta de Moguer se siente, por sobre todas las cosas, un  animador de la cultura. Dicta conferencias, lee sus versos, entrega  a todos su amplio saber. Con firme convicción mantiene vivo el idealismo magnánimo de la ardiente misión pedagógica de su maestro Francisco Giner y su obra literaria personal no crece en estos momentos con la misma celeridad que presentaba en los años anteriores a su exilio.

Desde  la península  le llegan dolorosas noticias. La Guerra seguía destrozando a España. Morían sus mejores hijos. García Lorca había sido asesinado; Antonio Machado, al que llamaba Juan Ramón, “nuestro mejor poeta”, había muerto “llenándonos a todos con su caída de sombra”, exclamaba.

En  1943,  le escribe  a Enrique Díez Canedo: “Desde estas Américas empecé a verme, y a ver lo demás y a los demás, en los días de España; desde fuera y lejos, en el mismo tiempo y en el mismo espacio. Se produjo en mí un cambio profundo, algo parecido al que tuve cuando vine en 1916.”

Más que demócrata, él siente que quiere ser hermano del pueblo, en  lo que llama “un esperanzado estado de tránsito” y quiere  ayudar a integrar una sociedad mejor. Para el gran autor de Platero y yo, lo peor en la vida es la injusticia y la miseria. Desprecia la populachería, el odio y el crimen.

Rememoraba cuando en su primera visita  a Nueva York  había declarado su simpatía al Gobierno de la República. Después en Puerto Rico volvió a reiterarlo y así lo mantuvo en sus largos años de vida en América.

En Cuba nos dejó bien claras sus palabras:

Hay que escribir cubanos, el cantar o el romancero de José Martí, héroe más que ninguno de la vida y de la muerte, ya que defendía esquisitamente con su vida superior de poeta que se inmolaba, su tierra, su mujer y su pueblo. La bala que lo mató era para él, quién lo duda, y por eso. Venía,  como todas las balas injustas, de muchas partes feas y de muchos siglos bajos, y poco español y poco cubano, no tuvieron en ella, aún sin quererlo, un átomo inconsciente de plomo. Yo, por fortuna mía, no siento que estuviera nunca en mí ese átomo que, no correspondiéndome, entró en él. Sentí siempre por él, y por lo que él sentía lo que se siente en la luz, bajo el árbol, junto al agua y con la flor, considerados, comprendidos.

En 1950, muere Zenobia en Puerto Rico. Duro golpe. Se acentúa en él una honda nostalgia por España y Andalucía. En la hermana Isla recibió la noticia del  otorgamiento del Premio Nobel de Literatura. Murió en 1958. En la Universidad de Río Piedras se conservan las cartas y recuerdos que legó el matrimonio a esa institución.

Murió Juan Ramón como su Platero, en su prado de rosas eternas, ante los lirios amarillos por donde revolaba una mariposa de tres colores y sembrado en la memoria de la cultura de la Isla mayor de la Antillas, que jamás podría olvidarlo.

De Fina García Marruz son estos versos, de un poema, que la eximia poetisa le dedicó al andaluz universal: … / amor, ¡oh, nubes! / las maderas clavaban / ¡Oh, dueño, oh, mago, cómo todo era tuyo! / Nada/ te enseñaría la muerte / del misterio del alba/.

 Nota: Se respetó en las citas de Juan Ramón Jiménez su ortografía.

(Fuente: http://www.cubarte.cult.cu)

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