¿Quién fue el Caruso cubano?

Por Lino Betancourt Molina

No cantaba en la Scala de Milán ni en el Metropolitan Opera House, era sencillamente un mulato que había sido boxeador, pelotero, ferroviario y chofer de alquiler. Luego entonces, ¿por qué ese apelativo de Caruso?

Se trata del cantante Abelardo Barroso, ya casi totalmente olvidado por la actual generación de cubanos, que al no escucharlo en la radio ni leer sobre su vida, no saben de quién se trata. Barroso fue un famoso cantante de voz prima, o sea, principal, en los célebres septetos Habanero, Nacional, Agabama, Boloña y otros, pero eso fue en la Época de Oro del son cubano, en la década de los años veinte. Durante su reinado como figura principal de esas agrupaciones soneras comenzó a ser llamado por sus admiradores el Caruso cubano.

Barroso había nacido en La Habana el 21 de septiembre de 1905. En su juventud practicó el boxeo, jugaba béisbol, trabajaba temporalmente como ferroviario, y en fin, era lo que se llama un buscavida. Se le podía ver frecuentemente en las peñas de trovadores uniendo su voz a la de cualquier cantante que deseara acompañarle entonando una canción.

Durante las temporadas de pelota era visita obligada al Estadio Latinoamericano, ya que el béisbol era su pasatiempo preferido.
Barroso me contó que su inicio como cantante profesional se debió a que siendo chofer de alquiler, los integrantes del Septeto Habanero lo contrataban siempre para que los trasladara a la playa de Marianao, lugar donde los cabarets y cafés de esa zona ofrecían espectáculos en los que el son era la música que se escuchaba. Una noche, mientras manejaba su automóvil, comenzó a cantar uno de los sones de moda. Lo hizo tan bien que le dijeron: “Tú no debes seguir siendo chofer de alquiler, tú debes cantar con nosotros”. Aquella misma noche quedó contratado. La transacción se realizó dentro del mismo automóvil.

Pocos días después, el 17 de junio de 1925, Abelardo Barroso ya estaba formalmente contratado en el Septeto Habanero, el conjunto musical más afamado de la época. En esos años era punto de reunión de los habaneros que gustaban del son el Café El Veterano, que estaba en la calle Zanja esquina Lealtad.

Un buen día, el “Caruso mulato” se subió a una mesa y comenzó a cantar. El público presente y los transeúntes se fueron aglomerando. A partir de aquella ocurrencia, Barroso alcanzó fama como cantante popular, aunque todavía no había grabado ningún disco. Ese día casualmente se encontraba allí el trovador Manuel Corona, que lo abrazó y felicitó por su magnífica interpretación de Longina.

Un año después, en 1926, en la calle Belascoaín entre San Miguel y Neptuno, en un establecimiento dedicado a la venta de discos llamado La Casa de la Música, se reunían los amantes del son a escuchar las últimas grabaciones del Septeto Habanero. Uno de esos días llegó un disco donde se destacaba la voz de Barroso en el bolero de Eusebio Delfín titulado Aquella boca:

Que dulce fue el beso
con que nuestra boca
encendió de amor
una boca en flor.

Acertó llegar en ese momento Abelardo Barroso, y cuando el público lo reconoció, casi lo cargan en hombros para felicarlo. Ese bolero marcó su consagración definitiva.

Pero poco tiempo después, Barroso abandonó el Septeto Habanero e ingresó en El Boloña. Encontrándose en ese conjunto recibe una oferta más ventajosa del Septeto Nacional que dirigía Ignacio Piñeiro para grabar con la casa discográfica Víctor en los Estados Unidos.

En tres ocasiones fue el Caruso cubano a grabar a Norteamérica. Ya había ido antes con el Septeto Boloña y otras dos con el Nacional. De esa época son los sones Aurora en Pekín, Quiéreme, camagüeyanaPonlo en bahía, marinero y varios más.

En 1929 visitó a España. Asisitió a la feria Exposición de Sevilla con el Septeto Nacional. Durante su regreso en barco perdió la vida el afamado cantante Cheo Jiménez, víctima de una pulmonía, que acabó con su vida en pocas horas. Su cadáver fue arrojado al mar al no existir en el buque un sistema de refrigeración.

En España Barroso cautivó al público interpretando los sones de Piñeiro Suavecito, Esas no son cubanas, La cachimba de San Juan y varios más.

Cuando regresó de España se enteró de que su padre había muerto. Lo embargó una gran tristeza y se consolaba contándole anécdotas de su papá a su gran amigo Bienvenido Julián Gutiérrez. Este inspirado compositor le dedicó un fabuloso son titulado El huerfanito, que en la voz de Barroso alcanzó tremenda popularidad. Es ese que comienza con esta estrofa:

Yo no tengo ni padre ni madre
que sufra mis penas
huérfano soy.

Las ventas de ese disco alcanzaron en Cuba y el extranjero cifras récords. Todavía en algunas emisoras, en programas de los llamados Música de ayer, se puede escuchar esta pieza.

En la década de los años cincuenta Barroso resurge con la Orquesta Sensación y populariza La milonga en cha cha cha. En aquellos años sus compañeros de la orquesta le llamaban cariñosamente El Viejito Caruso, patronímico que más que a su edad aludía a sus largos años de vida artística.

Pero comenzó a padecer de una repentina dolencia en la garganta. Le costaba trabajo hablar y mucho menos podía cantar. Estaba herido de muerte y falleció el 27 de septiembre de 1972.

En la funeraria de Calzada y K lo vimos por última vez, vestido lujosamente con su traje de sacerdote Abakuá. Allí estábamos sus amigos como póstumo homenaje al Caruso cubano, verdadero señor del son y de la trova.

(Fuente: http://www.cubarte.cult.cu)

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