La guagua vacilada en nuestro humor escrito

Por Jorge Tomás Teijeiro

Nuestro ómnibus, al que todos o casi todos llamamos “guagua”, ha sido tema muy socorrido en cuentos y artículos de nuestro humor literario. Quizás porque en este familiar medio de transporte pasamos gran parte de nuestra existencia.  Sobre todo los residentes en la capital solemos “coger guagua” para trasladarnos a medianas y largas distancias; y  allí, dentro de ese cajón rodante, suceden mil y un incidentes, la mayoría de ellos humorísticamente captables y publicables. Quiero hacerles llegar una muestra de escritos de tres de nuestros escritores costumbristas, así que, para pasar al próximo párrafo: “dale que ya montó”  y “pasito adelante, varón”.

La guagua cubana

En una de sus Estampas de la época, publicada en la revista Bohemia, Eladio Secades expone las vicisitudes que presupone el ser pasajero en uno de nuestros ómnibus  y arremete con fuerza vaciladora contra chofer y conductor -—nomio cuadrado perfecto de la época—, en un artículo titulado sencillamente “La guagua cubana”, del cual ofrecemos  a continuación algunos segmentos.

La guagua es una calamidad necesaria. Es el medio de transporte que más se ajusta al concepto criollo del progreso.

Montar en guagua es una escuela nacional de sobresaltos. No se sabe si viene. Si viene, no se sabe si para. Si para, no se sabe si cabe. Si cabe, uno no sabe si podrá llegar. Así hemos creado una generación de supervivientes. Acostumbrados lo mismo a jugarnos la vida que a quedarnos rabiando porque la guagua sigue de largo y nos deja con el brazo en alto.

Cuando salimos a la calle, ya sabemos que tendremos que movernos, no con la prisa que llevemos nosotros, sino con la prisa que tenga el guagüero.  Dictador de gorra que gana y pierde batallas en la esfera de un reloj y que en nombre del reloj tiene el mismo concepto indiferente del hueso que del guardafango del prójimo.

Pero cuando al guagüero le sobra tiempo, le sale toda la dulzura criolla. Antes se echa la gorra sobre la nuca, chupa y saborea un tabaco y obliga a pasear a los pasajeros que tengan prisa. Y el conductor se relame los labios y saca medio cuerpo por la puerta para decirle a una señora que pasa que está entera. Y que le dedique una sonrisita y que él es Yeyo en La Habana, Cuba.

Si no fuera por las mujeres, los guagüeros hubieran inventado el movimiento continuo.  A un hombre por viejo que sea le suponen habilidad para abandonar el vehículo andando. Si no la tiene, para eso están las Casas de Socorro.  Un timbrazo en la guagua quiere decir que va a apearse un hombre. Tres timbrazos que va a apearse una mujer. En esta época de gran confusión y de grandes libertades sociales, la definición del sexo constituye una difícil cuestión. A la que han renunciado los sabios. Y creen haber resuelto los guagüeros. En la guagua no viaja la gente que cabe, sino la que quiere meter el guagüero.

La guagua es la obsesión curiosa de un horario. Que nos ha hecho olvidar la admiración que en un tiempo despertaban los nueve puntos del tranvía eléctrico. Los nueve puntos eran la expresión máxima de la velocidad que podía lograrse en zonas urbanas. Y un motorista (el que lo conducía) era una figura de temeridad y de audacia, aquel español que no se atrevía a amar si no estaba al corriente en el recibo de la Quinta.

El Minoguagua

Quizás haya sido H. Zumbado quien más haya trajinado humorísticamente a nuestra entrañable guagua. Uno de sus artículos “clásicos” es aquel que se refiere a la definición del vocablo “guagua” que suscribe la Real Academia Española, trabajo zumbadiano que ha sido traído a la actualidad por el maestro don Carlos Ruiz de la Tejera, para que los señores académicos sepan que “guagua” no es un bichito, ni un niño de pecho, ni un indio de la cuenca del Caquetá, etc., etc., sino un vehículo rodante, despampanante y desconflautante.

Otro muy relevante escrito de Zumbado se refería a un nuevo deporte, el “guaguabol”, que se juega entre un pelotón de aspirantes a pasajeros y un ómnibus que para aquí, cuando el pelotón está allá; que para allá,  cuando  el pelotón está acullá; y que para acullá, cuando el pelotón está aquí.  Y “a correr, liberales del Perico”.

A continuación les ofrezco un resumen de un tercer trabajo de Zumbado incluido en su libro Prosas en ajiaco titulado “El Minoguagua”, donde cuenta lo que sucedió cuando el Minotauro de Creta llegó a La Habana para disfrutar de nuestro vehículo de transporte colectivo.

Pero he aquí que poco antes de llegar a la ciudad escogida,  habíanse efectuado allí modificaciones en el sistema de transporte urbano.

El Minotauro preguntó sobre los cambios, y le explicaron, por ejemplo:

Que la vieja ruta 30 ya no iba por donde iba, sino más bien por donde no iba. Así que no confundirse.

Que la 68 era ahora expreso y, por lo tanto, no paraba allí donde era, pero ahora era.

Que la 98 había dejado de ser la 98, pero no del todo, porque ahora ella era otra y que la que era antes era ahora la 198. Fijarse en eso, por favor.

Que la 32 ya no recogía pasaje en esta esquina, solamente lo dejaba, que ahora lo recogía, pero no lo dejaba donde antes ni dejaba ni recogía.

Y así, con cuidado, le explicaron.  Y el Minotauro, que dominaba el griego a la perfección, lo entendió todo.

Traslado y vacilón

Dentro de aquellas pinceladas que escribiera Mongo P en la revista Bohemia, incluyó un artículo referido al tema de la guagua titulado “Traslado y vacilón”, del cual voy a transmitirles algunos fragmenticos:

Yo creo que una de las cosas más trajinables de la capital de esta ínsula alargada, que forma parte de nuestro archipiélago, es ese artefacto trasladante llamado guagua.

Los que como yo nos dedicamos a la incesante captación del vibrar cotidiano (para después garabatear estas vivencias), tenemos en ellas un manantial inextinguible, un venero inagotable de incidentes… Porque cada P es un hito renovante o un trampolín que nos impulsa a ese escenario rodante y multifacético. (¡Qué linda me salió esta incursión “vanguardista”!).

La guagua llena dos necesidades: el traslado y “la salsa”…  Todo nuestro gracejo, toda nuestra inventiva de frases agudas y certeras, tienen receptáculo idóneo en la guagua.

¿Dónde cabe mejor ese calificativo a la solicitud de un “favor libretero” que denominamos “pedir un filo”?

—Óyeme gallo… “dame un filo” en la esquina.  Está lloviendo.

¿Qué es “pedir y dar un filo”?  Reto a todos los “mechaos” en la fabla cervantina a que me ofrezcan una explicación cabal de tal pedimento. ¡Pero nosotros nos entendemos! aunque sepamos que “filo” es “la arista o borde agudo de un instrumento cortante” y que “dar filo” es “amolar, afilar”, ¿estamos?

Yo he oído (y ustedes también) frases con el sello indiscutible de una ocurrencia jocosa, sobre todo en las paradas:

—¿Quién es el último?
—Aquí no hay último, mi socio… ¡Esta parada es “al brío”!

¡Ya tú sabes! Ahí sí “la partieron”. Porque brío es sinónimo de espíritu, valor o resolución. Y en una parada intermedia en plétora de “marchantes” ¡hay que llenarse de bríos o quedas en la página dos! ¡Te la dejan “en la uña”, mi primo!

Reitero que la guagua es un torrente de ocurrencias de toda laya o cariz, constantes y asaz reiterados… A mí me sirve para el traslado a Bohemia y para poner el radar a dar vueltas en todas direcciones para la captación sempiterna de cosas que cientos y cientos de veces me han servido de base en estos “intentos de costumbrismo jocoso” que ustedes padecen de tiempo.

Por eso hablo del saldo “trajinable”, obviando “las cañonas”, los pisotones, carterazos o “jabazos”, y hasta los “cepillazos” que ha sufrido dentro de ellas mi enteca y añeja estructura física. ¡Vaya una cosa por otra!  ¿Verdad?

(Fuente: Cubaliteraria)

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