Aventuras con mi amigo Samuel

Por Enrique Román

Es el único surrealista orgánico, cabal, que he conocido.  Era 1980 y había ido a Cienfuegos para encabezar un pequeño grupo de jóvenes universitarios recién egresados y de veteranos periodistas, tipógrafos y operadores de máquinas de impresión, con quienes reiniciaríamos la antigua tradición periodística de la ciudad.  Fundábamos el diario 5 de septiembre.

Mi conocimiento de Cienfuegos era escaso.  Había visitado pocas veces la ciudad y no conocía el resto de la provincia.  Fui armado de mensajes y recomendaciones que me facilitaran entrar en contacto con amigos de mis amigos, para que me ayudaran en mi nuevo empeño.  Así, el inolvidable Agustín Pi me encargó que viera de su parte a su amigo Samuel Feijóo.

Por supuesto que tenía noticias de la obra investigadora, folklorista, poética y muy en especial, editorial, de Samuel.  Pero no tenía idea, ni por asomo,  de la fabulosa personalidad a la que me iba a enfrentar.

El encuentro se pactó por teléfono.  Me invitaba a cenar en su casa del Prado cienfueguero, en el segundo piso de un veterano edificio de puntal muy alto.  Allí comenzarían las sorpresas, y la amistad.

La mesa de la cena era una mesita de las que tienen todos los juegos de sala; el mantel, un periódico del día, la comida era enlatada y la única luz provenía de un bombillo conectado por una larga extensión a la cocina, en la profundidad de aquella casa.  “¡Los pajaritos, los pajaritos!  ¡Se han comido los cables de la luz, porque hacen nidos en los agujeros del estuco!”  Y me señalaba para el estuco ornamental que bordeaba el techo de la amplia sala.  “¡No podemos hacer nada!  ¡No podemos destruirle sus nidos!” En la semioscuridad se veían los despojos de un gorrión electrocutado.

No supo mal la comida, a la que Samuel hizo acompañar de sus anécdotas de caminante y de una botella de vino búlgaro, del que había miles de otras similares en todas las tiendas de la ciudad.  “¡Es vino de la Tracia!  ¡El vino que tomaba Homero!”.  Mentalmente, recordé la larga distancia que había entre la Tracia y Esmirna, la ciudad natal del bardo viejo y ciego, en una zona llena de viñedos más cercanos.  Pero pronto me percataría de que la capacidad de fabulación de Samuel era infinita, de que era inseparable de su personalidad, y de que las cosas como él las describía, aunque fueran increíbles e irrealizables, eran más entretenidas y muchas veces más hermosas, de lo que podían ser en la realidad.

Samuel se hizo visita constante del  periódico, pero por supuesto que sus entradas no podían ser iguales a las de cualquier ser mortal.  Aquel hombre menudo y vivaz, de camisa blanca por fuera del amplio pantalón, zapatos cómodos pero gastados por sus incalculables caminatas y tocado con un viejo sombrerito forrado en plástico ―los que en una época se vendían con las capas de agua―  entraba sin previo aviso en las reuniones de coordinación del diario y, o bien se ponía un pañuelo sobre la cara y decía que era el fantasma de algún cienfueguero legendario, o hacía fintas de boxeo y nos recordaba que había sido el entrenador de un mítico Kid Tunero. Luego, claro, venía el diálogo que revelaba su cultura.

Dije que su capacidad de fabulación era incalculable:  desde su encuentro con Albert Einstein en el malecón de La Habana, hasta su insistencia por convencernos de que el San Juan que se mencionaba en una conocida canción puertorriqueña, no era San Juan de Puerto Rico, sino su natal San Juan de los Yeras, en la actual provincia de Villa Clara.

Hizo ilustraciones para artículos de la sección cultural que a diario publicábamos, dirigida y en parte escrita por Pedro de la Hoz; nos entregaba poemas, algunos difícilmente publicables por su lenguaje irreverente, o sencillas y humildes colaboraciones, de las que recuerdo su entrevista a Teófilo Stevenson ―que no puedo garantizar que haya ocurrido en la realidad―, escrita en una letra grande y desparramada sobre un trozo de papel de periódico. Todos lo queríamos.

No por gusto admiraba a Stevenson.  Era un amante del deporte y no puedo olvidar, ni ninguno de los que con él participamos en un encuentro con los atletas provinciales, cuando desde el podio les recordó a los boxeadores  ―ante una presidencia horrorizada por las imprevisibles salidas de Feijóo―  que “un gorila puede dar mejores nockouts que ustedes”, y que por tanto debían cultivar tanto el músculo como el espíritu, e ilustró luego con imágenes irreproducibles aquí otros ejemplos de su afirmación.

Porque Samuel no se proponía, como los decadentes poetas franceses del siglo XIX, épater la bourgeoisie, es decir, escandalizar a la burguesía, sino escandalizar a todas las clases sociales presentes en la ciudad, pero con otros fines: sacudir la modorra, el formalismo, la rutina y la banalidad de muchas de nuestras actividades y conductas cotidianas.

A mediados del año 1982 debí marchar a la República de Mozambique.  Organizamos una despedida en plena forma.  Con botellas de vino de la Tracia bajo el brazo ―las existencias en las tiendas cienfuegueras no habían disminuido―  nos fuimos al pequeño restaurante cercano al Castillo de Jagua.  Almorzamos opíparamente y, bajo los influjos de las vides tracianas, nos adentramos por un rústico camino entre la maleza de la costa del canal de entrada a la gran bahía de Jagua.  Samuel quería que escuchara los cantos de las musas que, según él, vivían bajo la entrada del mar y encantaban con su lírica aquellos parajes.

De repente el monte se abrió, y Samuel y yo nos encontramos en medio de un emplazamiento de cañones antiaéreos que protegían la bahía  y cuya dotación, por alguna razón oscura y que no nos preocupamos por averiguar, no estaba presente.  Nuestra compañía con cañones, proyectiles y sacos de arena no duró mucho. Con prisa homérica desandamos el camino de regreso al restaurante y al barco que nos cruzó la bahía, muertos de una risa que los acompañantes ocasionales en el lanchón no lograban entender. Ni les interesaba mucho. Para ellos éramos, simplemente, un viejo y un muchacho que debían haber hecho alguna trastada.

Fue la penúltima vez que nos encontramos. Antes de irme, supe que Samuel estaba en La Habana, en camino a algún país del entonces campo socialista. Lo fui a ver. La convivencia con el ambiente habanero lo transformaba en una persona seria y comedida.  Su camisa tradicional había sido sustituida por una elegante chaqueta. Y el sombrerito de capa de agua había dado paso a un sobrio sombrero  también de ala corta, de paño. Fue escueto en el diálogo. Nunca más nos vimos.

Y es que no se puede olvidar que Samuel tenía una personalidad compleja, inapresable en descripción alguna.  Su obra lo revela. Era el hombre que recorría a pie los muchos kilómetros que separan a Cienfuegos del pueblo de  Caonao, o que visitaba San Blas ―su “Pueblo Mocho”―, en la entrada al Escambray por Cumanayagua, y que era saludado en su camino por todos sus pobladores.  Era el etnólogo sin título y por vocación que recuperaba, sin mucho método, una miríada de información y datos sobre las costumbres y la poesía espontánea del campesinado del centro de la isla; fue quien fundó una verdadera escuela de arte plástica basada en la producción natural y genuina no solo de su singular espíritu, sino de decenas de gente del pueblo a quienes enseñó algunas reglas básicas del dibujo, pero sobre todo la necesidad de atender más que a la técnica, a su autenticidad.

Fue también un hombre de densa cultura y de exquisita sensibilidad.

Es por ello que hoy, entre los muchos libros que me obsequió ―de su producción editorial en la Universidad Central de Las Villas, donde fundó revistas señeras como Islas y Signos―  releo   uno, Ser fiel, que, según dice reveladoramente:  “(…) recorre la brecha abierta, como la obra madura de un hombre en su corta vida mortal.  La fidelidad a la poesía propia, al acontecer, llamear o ensombrecer de ella en un hombre, en este caso el poeta, es ya decisiva e intocable.”

Es una colección de varios libros de poesía que, todos juntos, definen al inolvidable Samuel:  desde los que se mueven en el mundo rural, pobre y desamparado, pero de mágica vegetación que conoció en la Cuba prerrevolucionaria, hasta el que dedica “A Cintio y Fina, en la amistad que vela la belleza”, de versos finos y sutiles, en los que adelanta su despedida:  “Volveré / al yerto errar como una oscura seda  / de las estrellas, a la rosaleda / pisada, blanca, al soplo que se fue / ardiente, en la caricia”.

No creo que haya sido por gusto que me regalara estos libros. Quería que conociera el otro costado, tan auténtico como el descrito, de mi amigo Samuel. Y así supe siempre, que además de aquel  que derrochaba imaginación y originalidad, para esparcimiento de los jóvenes que lo disfrutábamos en el periódico, o junto con el infatigable caminante que indagaba en los ensueños y fantasías más íntimas del pueblo sencillo y rural,  había este otro Feijóo, culto, sensible, delicado y, en el fondo, aquejado por una oculta soledad.

(Fuente: Cubarte)

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