Justicia pisoteada

Cuando pensamos en el caso de los Cinco, generalmente lo vemos como un caso aislado y no como parte de una larga historia en la cual resulta habitual la manipulación de jueces, abogados y testigos, en consonancia con los intereses del gobierno de Estados Unidos…

Por María Luisa García Moreno

El juicio que más se asocia con el proceso de los Cinco es el del architerrorista Posada Carriles, inocente a los ojos de la misma “justicia” que condena a nuestros héroes.

Pero si se estudia la historia legal norteamericana, salen a la luz muchos procesos controvertidos y manipulados por diferentes intereses políticos.

En este sentido, resulta muy común como causa el racismo. De modo que otro caso de estos tiempos es el de Mumia Abu-Jamal, periodista y escritor afronorteamericano, que se encuentra prisionero desde el 9 de diciembre de 1981, cuando lo balearon, golpearon, detuvieron e inculparon del asesinato del policía Daniel Faulkner en Filadelfia, para luego condenarlo a muerte en un juicio racista e injusto. Mumia lleva casi treinta años en el pabellón de la muerte y no es el único negro encarcelado por el delito de ser negro.

Sonadísimo fue en la década del cincuenta del pasado siglo el caso montado contra los esposos Rosenberg, acusados sin pruebas de vender a la antigua Unión Soviética el secreto de la bomba atómica. En medio de calumnias, y a pesar de la valerosa defensa de su abogado, Julius y Ethel fueron condenados a morir en la silla eléctrica, hecho que se consumó el 19 de junio de 1953, en medio de fuertes protestas en todo el mundo. Ese incidente fue parte de un período de la historia norteamericana, cuando para frenar el movimiento progresista se inició una “cacería de brujas” que incluía represión y cárcel para líderes obreros, intelectuales y científicos, acusados de militar o simpatizar con el partido comunista.

Si buscamos, hallaremos muchos otros procesos legales plagados de mentiras y arbitrariedades; pero lo más curioso es que desde el primer juicio de la historia de Estados Unidos como nación, la justicia en ese país ha sido pisoteada. He aquí los hechos:

Corría el año 1864 y la Guerra Civil o de Secesión llegaba a su fin: se habían enfrentado el modo de producción esclavista y la economía agrícola prevalecientes en los estados del sur (los Confederados) contra el pujante capitalismo de los estados del norte (la Unión). La inevitable derrota del sur era cuestión de tiempo y se respiraba un clima de gran agitación política.

En noviembre de 1864, Lincoln fue reelegido triunfalmente presidente de Estados Unidos y estableció una “política de reconstrucción”, con la que pretendía readmitir en la Unión, sin represalias, a los estados secesionistas; tal pretensión provocó airadas críticas de los conservadores.

El 3 abril se produjo la caída de Richmond —capital confederada— y en cuanto el general Robert E. Lee se rindió el 9 de abril, Lincoln anunció su apoyo al derecho limitado de sufragio para la población negra: ello precipitó las acciones de los conjurados, quienes no admitían ni siquiera ese “derecho limitado”: para ellos los negros no podían tener derechos.

ASESINATO Y CONSPIRACIÓN

El 14 de abril, John Wilkes Booth, durante una representación en el teatro Ford, disparó contra Abraham Lincoln, quien se encontraba observando la función en el palco presidencial y murió al siguiente día a consecuencia de esa herida.

En poco tiempo fueron asesinados o apresados los conjurados —con excepción de uno de ellos, John Surrat— y sometidos a consejo de guerra con un tribunal militar integrado por generales y manipulado por el propio ministro de la Guerra. También fue procesada la madre de John y dueña de la pensión donde se hospedaban o eran visita frecuente los conjurados: Mary Surrat. ¿Sus delitos? Ser católica sureña, tener trato con sus huéspedes y ser madre de uno de los implicados.

Su abogado, Frederick A. Aiken —tuvo que enfrentar no solo un proceso arbitrario, con testigos comprados y jueces vengativos, sino la evidente manipulación de la opinión pública y el rechazo de sus conciudadanos— llevó a cabo una valiente defensa, pese a la cual Mary Surrat, al igual que los demás procesados, fue declarada culpable de conspiración y condenada a muerte. Cinco de los nueve miembros de la Comisión Militar recomendaron al presidente Andrew Johnson (1808-1875) reducir el castigo de la encartada —a causa de su sexo y edad— a cadena perpetua; pero el mandatario se negó. Surratt fue ahorcada el 7 de julio 1865, junto con tres otros conjurados y se convirtió en la primera mujer ejecutada en Estados Unidos.

Sin embargo, la verdadera conspiración fue la organizada por el gobierno para vengar la muerte de Lincoln y avivar el odio contra los sureños.

Dos años más tarde, concluida la guerra, en el juicio civil contra John Surratt, John Lloyd, uno de los testigos de cargo, confesó que el consumo de alcohol había afectado hacía tiempo su memoria y que no sabía si la señora Surratt le había dado o no instrucciones. Más tarde afirmó que había sido torturado para que testificara contra Mary Surratt. En este juicio se utilizaron las mismas pruebas que en el consejo de guerra; sin embargo, John Surratt, quien sí había participado en la conspiración, no pudo ser condenado y quedó en libertad.

Lo cierto es que la justicia norteamericana, una y otra vez, ha sido manipulada y pisoteada por intereses políticos. Y ese fenómeno se repite hoy en el caso de nuestros Cinco Héroes, inmolados como víctimas propiciatorias en medio de la feroz campaña contra Cuba.

(Fuente: Cubaperiodistas.cu)

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