Gabo vive para contarlo

Por Carlos Paul

Con música de vallenato, atole, tamales y un par de pasteles, el escritor Gabriel García Márquez celebró en la intimidad de su casa su cumpleaños 85. Junto con su compañera de vida, Mercedes; su nieto Mateo, Bertha Chaneca Maldonado y algunos amigos cercanos, estuvo desde temprana hora muy contento escuchando vallenatos.

Este año García Márquez no rompió la tradición. La espera de la prensa fuera de su casa para que saliera a saludar resultó infructuosa. La sorpresa fue que Gabo y la familia abrieron sus puertas para permitir que fuera el fotógrafo de La Jornada el primero en pasar a tomar solo dos o tres imágenes. “No pueden hacerles preguntas”, recordó Genovevo, quien abrió la puerta y dio aviso de que este diario podía pasar a su casa, donde por doquier se apreciaban varios ramos de rosas amarillas.

Fue un breve momento en el que el escritor, vestido con su traje de lana a cuadros, corbata gris a rayas y sus lentes en el bolsillo de la solapa, tras colgar el teléfono de una llamada de felicitación, posó con su característica sonrisa, con sus familiares, amigos, empleadas y empleados de casa, quienes les brindaron un desayuno íntimo, una apacible celebración a ritmo de vallenato, que marcó las ocho décadas y un lustro de vida del más reconocido literato en lengua española.

Por la mañana, García Márquez recibió algunas docenas más de rosas amarillas, que se sumaron a las que había recibido días antes. Pasadas las 10 horas, su amiga Miriam Morales llegó con un ramo de rosas amarillas compradas en el mercado de Jamaica; “son las que a él le gustan; hubiéramos querido traerle 85 flores amarillas, pero ya se habían acabado”, comentó antes de entrar al hogar del escritor colombiano, ubicado en Jardines del Pedregal.

Más tarde Genovevo, asistente y chofer del escritor, llegó con un pastel, regalo de sus empleados de casa. Alrededor de las 10:35 horas el autor recibió vía mensajería una bolsa con seis ejemplares de su novela El coronel no tiene quien le escriba y, horas más tarde, un arreglo de gladiolas blancas, cuyo remitente no se pudo conocer, pues el nombre venía en un sobre cerrado.

Cerca de las 11:30 horas, mientras un par de fotógrafos de prensa aguardaban la entrada o salida de alguna personalidad, sucedió algo que puede aparecer como anecdótico, cotidiano, o mágico: fuera de la casa de García Márquez revoloteó, frente al portón, una solitaria mariposa amarilla, para luego tomar altura y distancia, como aquellas que perturbaban a Mauricio Babilonia.

Dentro de la casa, el escritor degustaba atoles y tamales, “un desayuno a la mexicana”, diría Genovevo.

La celebración en honor del escritor colombiano por sus lectores comenzó el pasado domingo 4 de marzo en estas páginas y se alargó los días lunes y martes. Lectores que en reconocimiento al talento e influencia que tuvo en sus vidas la obra de Gabriel García Márquez compartieron sus experiencias tras leer la célebre novela Cien años de soledad.

(Fuente: Diario La Jornada, de México)

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