Los extravagantes nombres de los cubanos: «Me llamo Olnavy»

En el año 1982, mi tesis para graduarme en la Universidad Central de Las Villas (Santa Clara, Cuba) abordó precisamente el comportamiento de los nombres propios de persona en los últimos cinco años anteriores a la fecha. Este artículo que reproduzco de Fundéu evidencia que la situación se ha mantenido sin cambios sustanciales desde entonces.

Odlanier, Aledmys, Usnavi, Olnavi, Disami son algunos de los extravagantes nombres de pila surgidos en las últimas décadas en Cuba, donde la prensa y los especialistas llaman a estudiar ese fenómeno social y aplicar normativas jurídicas más claras al respecto.

Inventar nombres propios en la Isla es una práctica común que persigue la originalidad para llamarse de una manera «única e irrepetible», aunque muchas veces el vocablo que surge es «impronunciable» y difícil de entender, según alerta hoy un artículo del periódico oficial Juventud Rebelde.

Las tendencias para escoger un nombre propio en Cuba incluyen la adaptación de palabras de otros idiomas, la formación de híbridos con los nombres de los padres, la inversión de palabras o puras extravagancias que no tienen explicación.

Como resultado de las mezclas, hay nombres como Robelkis (Roberto y Belkis), Migdisray (Migdalia y Raymundo), Geyne (Gerónimo y Nelly), Yaneymi (Yanet y Mijail) o Mayren (Mayra y René).

La recurrente opción de invertir las palabras ha creado otros como Ailed a partir de Delia; Adianez por Zenaida, y hasta Orazal por Lázaro.

Entre los casos más particulares, están las adaptaciones criollas de términos extranjeros, muchos de ellos del inglés: Leydi por lady, Maivi por maybe, Olnavy por Old Navy, Usnavi por U.S. Navy y Danyer por danger.

«Existió un momento en el que no se podían poner nombres de procedencia extranjera tal cual; esa decisión del ámbito jurídico trascendió al lingüístico», explicó a Juventud Rebelde la investigadora Aurora Camacho.

Camacho, miembro del Instituto Cubano de Literatura y Lingüística, indica que en la Isla se mantienen vigentes nombres de arraigo cultural y más sencillos como María o Pedro, aunque «ciertamente con menos frecuencia».

Señala asimismo que «se ha olvidado» la antigua costumbre de consultar el santoral y de asignar varios nombres, ya que de hecho las leyes del país no permiten que una persona tenga más de dos.

Para la especialista, muchos de los nombres inventados suponen «desafíos, un problema y una provocación para todos los lingüistas».

Según apunta, el marco jurídico cubano es ambiguo y no ayuda, porque la Ley del Registro del Estado Civil establece de manera general la libertad de las personas para escoger nombres en correspondencia con las tradiciones y el desarrollo educacional y cultural.

Su opinión es que, por ejemplo, se debería potenciar el papel de los registradores civiles en los hospitales, porque ellos podrían ser «guías y orientadores» ante este fenómeno.

En Cuba también hay una tradición de herencia de nombres de otras culturas, como la rusa (Yuri, Boris, Tatiana, Yordanka, Katia), y de usar topónimos hasta cierto punto exóticos para el Caribe como Yasnaya, Hanoi o Yakarta.

A la hora de jugar con las palabras, existen casos que combinan pronombres personales como yo, tú y él para formar Yotuel. Asimismo se ha visto la unión del término sí o de su pronunciación en varios idiomas: Dayesí y Widayesí.

Los inventos de nombres con la letra Y han sido una constante durante varias generaciones y ya son tradición en el país: Yanisey, Yumilsis, Yumara, Yosbel, Yadel, Yulieski, Yovel, Yolaide, Yamisel, Yirmara, Yoelkis, Yuset, Yohendry, Yoanni, Yander, Yunier.

Camacho advierte sobre los problemas sociales e individuales que pueden conllevar algunas de estas variantes, pues de inicio muchas no revelan algo tan fundamental como el género de la persona.

Su opinión es que la ambigüedad «perjudica la proyección de la personalidad y contribuye al daño moral en un individuo frecuentemente instado a explicar su nombre y ofrecer toda una disertación de cómo se escribe, de dónde lo sacaron y quién lo inventó».

Además, destaca «la representatividad y singularidad que debe aportar el nombre propio» y su «trascendencia cultural e identitaria».

«Un estudio multidisciplinario del fenómeno se impone», advierte Camacho, tras señalar que actualmente se trata de «terreno virgen» que merece «un estudio más detallado que enmarque el fenómeno por etapas históricas».

(Fuente: Fundéu)

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