La soledad: ¿una mala consejera?

Por Lourdes Ordeñana del Río

FB-soledadCualquiera de nosotros ha pasado por la pérdida de un ser querido, ya sea, entre otras, el fallecimiento o la ruptura de una relación familiar, incluso de muchos años de formada. Lo cierto es que en esos momentos nos invade una inexplicable sensación de vacío, a la cual llamamos soledad.

No obstante, también se puede encontrar uno solo, incluso, compartiendo una relación de pareja, amistad, personas cercanas… ¡Y ese tipo de soledad resulta mucho más hiriente!

Bien lo dijo la destacada novelista española Carmen Martín Gaite: “La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente”.

Desde el punto de vista psicológico, se define como la ausencia, real o percibida, de relaciones sociales satisfactorias, que se presenta con síntomas de trastornos psicosomáticos y desadaptación, como ansiedad, depresión, insomnio, abuso de drogas y alcoholismo.

En algunos casos se reflejan en personas que no encuentran otras satisfacciones de la vida y, para ser felices, necesitan tener cerca siempre a alguien cariñoso que los atienda, o de la ausencia de un grupo de amigos del cual sentirse parte. Otros necesitan de amor, deseo físico, confianza, expresión de sentimientos íntimos y buenas relaciones laborales para sentirse vinculados a la sociedad.

CONCRETEMOS IDEAS

Existen dos tipos de soledad: la crónica, en aquellas personas que no han sido capaces de establecer relaciones satisfactorias por un período de varios años y por lo menos a través de dos etapas de su vida (podrían ser la adolescencia y la adultez joven, o la adultez joven y la edad madura); y la temporal, que incluye un estado de ánimo breve y ocasional (por ejemplo, después del trabajo o durante los fines de semana).

Una frase anónima detalla que “la soledad no es motivo de tristeza, es motivo de reflexión”; pero hay muchos que no piensan así. Ellos alegan que un ser humano debe tener “su espacio” para realizar algunos menesteres, pero siempre solo sí produce melancolía, nostalgia, y sobre todo, nos hace pensar en cosas que quisiéramos fueran de otra forma.

Alfredo Ruiz, destacado psicólogo y psicoterapeuta chileno, en su material denominado “La temible soledad”, plantea que solo en los últimos años, ese sentimiento ha sido considerado como un problema clínico que requiere de una terapia específica. (…) También resulta uno de los posibles factores que lo causan los desajustes y desórdenes, entre ellos la depresión y graves problemas médicos, como las enfermedades cardiovasculares”.

Ruiz expone además un tratamiento en el mismo contexto en que se analiza la depresión. El entrenamiento por lo general incluye cambios conductuales específicos en la forma de iniciar y profundizar las relaciones sociales del paciente, tanto en el momento actual como antes de que surgiera el problema.

¿EXPERIENCIA DESEADA O NO?

Existen diferentes teorías. Otros expertos definen la soledad sobre la base de tres características fundamentales: el resultado de relaciones sociales deficientes constituye una experiencia subjetiva, ya que uno puede estar solo sin sentirse así o sentirse de esa forma cuando se halla en grupo; y, por último, resulta desagradable y puede llegar a generar angustia.

La soledad, salvo excepciones, es una experiencia indeseada similar a la depresión y la ansiedad. Es distinta del aislamiento social, y refleja una percepción del individuo respecto a su red de relaciones sociales, bien porque esta red es escasa o porque su ambiente es insatisfactorio o demasiado superficial.

Conocemos dos tipos de soledad: la personal (ausencia de una relación íntima con alguien) y la social (carencia de amistades).

Si la habilidad para relacionarnos es deficiente, aumenta la probabilidad de que nos quedemos solos, ya que las relaciones que mantenemos son menos entusiastas.

Una separación de la pareja, el fallecimiento de un ser querido u otra causa, nos exigen sobrellevar la dolorosa percepción de orfandad, de ausencia de una persona insustituible.

Como seres sociales precisamos de los demás. Así cubrimos las necesidades de afecto y desarrollo personal, afianzamos y revalidamos la autoestima, y nos interrelacionamos aún más con quienes nos rodean.

Hay también otras soledades indeseadas, como esas a las que se ven abocadas personas mayores, amas de casa o quienes sufren ciertas enfermedades, incapacidades físicas o psicológicas o imperfecciones estéticas.

La interrelación entre humanos conforma la sociedad en que vivimos y nos desarrollamos.

¿Qué debemos hacer para evitar sentirnos solos?
– Conocernos bien.
– Tener alta la autoestima.
–  Saber qué tipo de soledad sufrimos.
– Despojarnos de la timidez.
– No tener miedo de interrelacionarnos.
– No sentirnos víctimas.
– No encerrarnos en nosotros mismos.
– Sociabilizar.
– Disfrutar de la vida.

(Fuente: CubAhora)

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