Nuestro “Descubridor” entre faldas

Por Argelio Santiesteban

Cristóbal Colón, explorador intrépido que no parpadeaba ante el peligro.

Cristóbal Colón, explorador intrépido que no parpadeaba ante el peligro.

A mí no me lo crean. Sí, porque, figúrense, en mi barriada la comidilla de las comadres susurra que anoche, en la alta madrugada, con agravantes de nocturnidad y escalamiento, un caballero ingresó en la morada de Chichita, para permanecer hasta clarear el día… y hoy circulan un centenar de versiones en cuanto al hecho. Entonces, ¿qué esperar de lo sucedido hace más de medio milenio?

Hechas estas prevenciones, adelante con los tambores.

Sobre Christophoro Colombus, o Christopher Colombus o Cristóbal Colón —que de todas esas maneras se le nombra—, nuestro mal llamado “descubridor”, descansa la fama de marino habilísimo, explorador intrépido que no parpadeaba ante el peligro, hombre perseverante hasta la obstinación.

No obstante, existe un pliegue en aquella vida que a menudo no advierten quienes se empeñan en escudriñarla: su especialísima relación con las damas.

Pero adentrémonos en los hechos. En 1476 viaja hacia Europa Septentrional una flota genovesa cargada de mercaderías. Frente al portugués cabo de San Vicente entablan combate, para ellos desastroso, con corsarios franceses.

Forma parte de la expedición genovesa un marino veintenario, nacido frente a la costa ligur y ya con experiencia en viajes por el Mediterráneo, hasta cerca del litoral turco.

Tras el desastre, el joven Cristóbal nadará seis millas aferrado a un madero, hasta la rocosa costa sureña de Portugal.

Instalado en Lisboa, es un perfecto desconocido, más pobre que las ratas y viviendo en la semiclandestinidad, según algunos por un pasado piratesco, en opinión de otros, por su condición de judío. Lo alivia recibir empleo de coterráneos, los acaudalados comerciantes de la Génova que, como anotó Quevedo, son los dueños del oro europeo.

Un buen día, mientras asiste a misa, la mirada de aquel don nadie se cruza con la de cierta muchacha y se produce inmediatamente el milagro que —por fortuna— todos conocemos.

La joven —Filipa Perestrelo Moniz— era nada menos que la hija del gobernador de Porto Santo y miembro de una de las más encumbradas familias aristocráticas de Portugal. Para que se casaran fue necesario que el enlace tuviese el visto bueno del rey, Alfonso V.

Filipa le dio un hijo —Diego— e introdujo a Cristóbal en los círculos de la corte, donde sin éxito él expondría su proyecto.

Ya han transcurrido algunos años y ahora estamos en la Córdoba de 1487. Cristóbal —ya viudo— anda tras la itinerante corte de los Reyes Católicos, luchando por la concreción de su sueño. Allí conoce a una joven que ha sido descrita como una hermosa hembra de rompe y rasga, que hasta sabe leer y escribir, y responde por el nombre de Beatriz Enríquez de Arana. Es hija de una familia de labriegos judíos conversos, de moderados recursos.

Secuela: pronto nace Hernando Colón.

Ella terminaría a cargo, no solo del pequeño, sino también del primogénito huérfano. Cristóbal nunca accedió a casarse. Su hijo Hernando jamás la mencionaría, pues el vástago era un asco moral, solo ocupado en lamerle las botas a Carlos I. Y Beatriz moriría en la miseria, quince años después que Cristóbal, sin reclamar ni un maravedí.

Demos ahora otro salto en el tiempo. Canarias, año 1492. Cristóbal, ya Almirante de la mar océana, hace escala en las Islas Afortunadas y allí conoce a otra Beatriz, apellidada Bobadilla y gobernadora de la Gomera.

Era la susodicha un ser singularísimo. A su hermosura unía un carácter despiadado, no en vano la apodaban La Dama Sangrienta. O sea, algo así como un antecedente renacentista de Doña Bárbara. O de Margaret Thatcher.

Cargaba la Bobadilla con otro sobrenombre: La Cazadora. Y no solo por el hecho de que su padre hubiese sido el encargado de proveer la mesa de los monarcas con manjares cinegéticos, sino también debido a su inclinación por atrapar presas masculinas de la especie humana. El rey Fernando fue presencia frecuente en su lecho. Y Cristóbal engrosó la nómina de sus compañías nocturnas. (La marinería a veces no se explicaba sus reiteradas escalas en Canarias).

Este gacetillero, con malas artes de mago mediocre, ha dejado para último el truco más atractivo de este anecdotario: hay justificadas sospechas de que Cristóbal anduvo en amoríos con la mismísima reina Isabel, desde su estancia en Barcelona, al regreso del primer viaje.

En el archivo de Simancas, Valladolid, se conserva una carta del marino dirigida a la monarca en la cual, a pesar del lenguaje velado que lo peligroso de la situación exigía, Cristóbal le dice, entre otras ternezas: “Las llaves de mi voluntad yo se las di en Barcelona” o “Yo soy de continuo pensando en su descanso”.

Estelle Irizarry ha escrito un libro defendiendo la teoría de la relación adúltera, obra donde plantea que actuó como encubridora Juana de la Torre, ama de llaves de Isabel. (Dígase que la autora está incluida en el claustro de la Universidad de Georgetown, es miembro de número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y correspondiente de la Real Academia Española, y recibió del Ministerio de Educación de España la Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio).

¿Fue Cristóbal un Don Juan de Mañara, un Casanova, un erotómano, un lady`s man?

Quién sabe. Pero, ciertamente, uno sospecha que nadie lo amó como la humilde y guapa Beatriz, la cordobesa que nada le pidió.

(Fuente: CubAhora)

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Una respuesta a “Nuestro “Descubridor” entre faldas

  1. ¿Por qué el apellido Colombus se castellanizó como Colón?

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