Las diez mejores películas latinoamericanas

La mentalidad de reducir toda la complejidad de un fenómeno a una cifra ha logrado domar algo tan inmensurable e hirsuto como el arte…

Por Justo Planas Cabreja

La libertad, filme del director y guionista de cine argentino, Lisandro Alonso.

La libertad, filme del director y guionista de cine argentino, Lisandro Alonso.

Las listas de lo mejor de lo mejor es quizás una de las huellas más visibles que ha dejado el pensamiento positivista en el hombre de nuestros días. Esa mentalidad —que los norteamericanos han sabido acoger y difundir— de reducir toda la complejidad de un fenómeno a una cifra, incluso, ha logrado domar algo tan inmensurable e hirsuto como el arte.

Las artes que han acompañado al hombre casi desde su existencia han logrado todavía resistir el embate. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, hacer una lista donde la “Tocata y fuga” de Bach quedara tres escalones por debajo de “La mer” de Debussy; o el ballet “Giselle” se le fuera por encima a “La muerte del cisne”. A nadie se le ocurriría decir, con cuño de garantía y toda la oficialidad que implica, que Hamlet es mejor que La Ilíada. Rectifico, se ha hecho. La revista Times saca de vez en cuando una lista de ese tipo, que no pasa de despertar cierta extraña curiosidad.

De hecho, el Club del Libro de Noruega publicó en 2002 su inventario de los “Cien mejores libros de todos los tiempos”. Una centena de escritores de 54 países dieron su parecer. Y el resultado, incluso desde una perspectiva tolerante, no pudo ser más caótico. Basta con referir que “El patico feo” de Hans Christian Andersen probó ser mejor literatura que “El Infierno” de Dante o el “Quijote”, ocupando un honroso segundo lugar.

La crítica que uno puede hacerles a estas listas no está muy lejos de la que se le hace a la metodología positivista: una encuesta, un sí o no, un número de votos, jamás podrán expresar el pensamiento y la cultura humanos en sus variopintas formas. Sin embargo, estas relaciones de obras o autores continúan publicándose, porque para el hombre posmoderno tienen una indiscutible utilidad. Como ya no tenemos la pretensión renacentista de conocerlo todo sobre todos, necesitamos una guía que nos ahorre el tiempo de una extensa búsqueda.

Si la literatura o la música continúan refractarias a este tipo de mentalidad; el cine, hijo del siglo pasado como la mayoría de nosotros, la ha acogido perfectamente con todo lo de nocivo y saludable que tiene. Así, de vez en cuando, aparece una lista de las cien o de las diez (siempre números cerrados) mejores películas de terror, o de autor, o del África Subsahariana.

No es de extrañar, entonces, que el Festival Internacional de Cine de Valdivia, en Chile, haya convocado a una encuesta para celebrar su vigésimo aniversario. Los programadores de los principales festivales de cine de Latinoamérica —incluido el del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana— respondieron cada uno a la pregunta: ¿cuáles son las diez mejores películas de nuestra región estrenadas en los últimos 20 años? Y, a juzgar por el resultado, las respuestas fueron bastante similares. Uno puede identificar el consenso en este tipo de asuntos porque en el grupo de títulos no hay ninguno “colado”; por lo general cada uno oscila sobre la misma temática o sigue similar línea estética que los otros.

Las películas seleccionadas fueron:

1) Whisky, de Pablo Stoll & Juan Pablo Rebella
2) Luz silenciosa, de Carlos Reygadas
3) Santiago, de Joao Moreira Salles
4) La libertad, de Lisandro Alonso
5) La ciénaga, de Lucrecia Martel
6) Historias extraordinarias, de Mariano Llinás
7) Un tigre de papel, de Luis Ospina
8) Hamaca paraguaya, de Paz Encina
9) Silvia Prieto, de Martín Rejtman
10) Aquí se construye, de Ignacio Agüero

Esta lista es una declaración de fe en el camino que ha tomado cierto cine latinoamericano. Filmes como los de Carlos Reygadas y Lucrecia Martel apuestan por un tipo de narración donde la escena en sí resulta más importante que la concatenación de hechos, donde el diálogo ocupa un lugar secundario en función de otras forma de comunicar: los gestos, la fotografía, el sonido, especialmente la locación. En esa línea se sitúan filmes tal vez menos orgánicos como Hamaca paraguaya.

Se premia, con estas diez, aquellas obras que intentan hurgar en la vida de sujetos ordinarios y descubrirlos como un universo completamente oculto a la vista del paseante: Whisky y Santiago.

Hacen patente la profunda crisis de identidad que sufre el sujeto en un mundo donde todo se muestra estandarizado, donde desde el trabajo hasta el curso de la vida se presentan como monótonos y faltos de creatividad: Silvia Prieto, Whisky, Santiago, Un tigre de papel.

Podrían ofrecerse muchas sistematizaciones a raíz de estos filmes. Tienen mucho en común. Pero a la altura de nuestros tiempos, no es posible considerar que esta es la única forma de contar la historia del cine latinoamericano de las dos últimas décadas. Basta tomar como ejemplo el inventario de nominados al Oscar al mejor filme de habla no anglófona, que no será el ideal pero sí uno de los más atendidos, para darnos cuenta de que no existe correspondencia entre los filmes de Valdivia y los que aplaude Hollywood.

2012 No, Pablo Larraín
2010 Biutiful, Alejandro González Iñárritu
2009 La teta asustada, Claudia Llosa
2009 El secreto de sus ojos, Juan José Campanella (Gandora)
2006 El laberinto del fauno, Guillermo del Toro
2002 El crimen del padre Amparo, Carlos Carrera
2001 El hijo de la novia, Juan José Campanella
2000 Amores perros, Alejandro González Iñárritu
1998 Central du Brasil, Walter Salles

Estos últimos apoyan la forma de narrar norteamericana, que no está nada mal pero tampoco es la única. Muchos como El secreto de sus ojos o El laberinto de un fauno juegan con las fórmulas de un género y cuentan con el sobrado mérito de ir a bailar a casa del trompo y llevarse además una nominación.

Cada lista defiende una manera diferente de dirigir. Y resulta interesante porque nos permite conocer los gustos de quienes la votan. Tenemos que desconfiar como la Silvia Prieto de Martín Rejtman, huir de todos los intentos del mundo presente por enmarcarnos. Bajo todas estas puntas de iceberg se esconde el verdadero cine latinoamericano, donde los nuestros discuten y sueñan la vida que nos ha tocado en este pedazo de la Tierra. El criterio de “verdadero” quizás varíe según el espectador. Es siempre más vivificante permitirnos construir cada uno el sentido de nuestra propia historia.

(Fuente: CubAhora)

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