¿Cómo te llamas?

En Cuba, los ciclos vivenciales han marcado, en buena medida, los nombres de sus habitantes. De los hermosos Teresa y Rolando, hemos transitado por una gama de patronímicos que definen límites históricos y sociales…

Por Lídice Valenzuela García

thumbnail-84a832ff913c5f32561bd8f8313e4e12ca989fcbNadie duda de la importancia del nombre de las niñas y los niños. Es su sello de identidad cultural y personal. Si las personas pasan de los 60 años en la actualidad, el peligro de los enredos jurídicos es casi inexistente. Pero si se trata de alguien nacido en los últimos 45 años, cualquier problema puede presentarse, entre ellos, saber cómo se escriben correctamente.

En Cuba, antes de 1959, la mayoría de las madres y padres inscribían a su descendencia con los nombres que aparecían en el Santoral al dorso de los baratos almanaques vendidos por tales años. Así era común llamarse Elena, Clara, Isidro, Francisco. Todos nombres de santos, y “te tocó el que te tocó”, a veces extendido con el patronímico paterno o materna: María Clara, Rosa Elena, Juan Francisco y Pedro Isidro.

Otros preferían continuar la tradición familiar de llamar al hijo o la hija igual que el abuelo y el padre, o el abuelo y la madre. Hay familias que tienen tres o cuatro Luis (bisabuelo, abuelo, padre e hijo), o Ángela, uno de los más gustados en aquella tradición.

Tras el triunfo revolucionario nacieron miles de Fidel, Camilo, Raúl, Alejandro, Ernesto, Vilma, Mariela, Déborah, Celia, Haydée, Melba. Todos héroes y heroínas de la lucha por la independencia definitiva de Cuba. También muchas Tania o Tamara, en honor de Tamara Bunke, la joven alemana caída en la guerrilla del Che Guevara en Bolivia con el seudónimo de Tania.

En esos años, algunos padres revolucionarios llamaron a sus hijos Aurika (como la lavadora rusa), Inra (Instituto Nacional de Reforma Agraria).

Con las estrechas relaciones que estableció el Gobierno Revolucionario con la desaparecida Unión Soviética, miles de técnicos y especialistas del lejano país viajaron a Cuba a brindar su colaboración en el desarrollo nacional, y a su vez miles de jóvenes fueron a aprender el ruso y a realizar allá sus carreras universitarias. Con ello, importaron sus nombres.

Aparecieron entonces en el panorama los Vladimir, Aliosha, Alexis, Valodia, Yuri, Serguei y Dimitri, y también las Liudmila, Tatiana, Olga, Larisa, Irina, Ekaterina, Natalia, Marina y Svetlana, entre otros. También nombres extranjeros de personalidades revolucionarias, como Ho, por el líder histórico Ho Chi Minh; Turcios (por Luis Turcios Lima), Troi (por el héroe vietnamita), Indira, por la primera ministra india Indira Ghandi.

Después sobrevino una etapa en la que estrellas del cine o personalidades importantes también ocuparon espacio en las inscripciones de nacimiento.

Así, las Jacqueline –por la Kennedy- , Greis (por Grace Kelly), Isidora (Duncan), Alicia (Alonso), Giselle, por el nombre del ballet que la inmortalizó; Alain (Delon), Charles (el príncipe británico) y Elizabeth (Taylor),también se diseminaron por el territorio, pero en menor cuantía.

Pero el verdadero “despelote” con los nombres propios ocurrió en las dos últimas décadas, cuando se implantó una moda que, por suerte, tiende a desaparecer: los asexuados. Sirven igual para designar niñas que niños.

Así encontramos a los Yordanis, Yoandris, Yuleiski, Yaniel, Jairo, Duneisqui, Geysel, Yubielkis y Yamisel, Widayesi, Yampier (Jean Pierre, del francés) Maybi (maybe, quizá en inglés), Olnavy (Old Navy, en inglés). Incluso, hay una anécdota de una mujer que nombró a su hijo Usnavy, pues esa es la identificación de los aviones estadounidenses que llegan a la ilegal base de Guantánamo, donde ella reside.

Y también los que unieron sus nombres, los viraron al revés, y aparecieron entidades tan sugestivas como Airam (María), Gelaan (Angela), Yoytu (no tenían un adecuado y el bebé fue llamado como resultado del amor de sus padres). Bellísimos identificativos como Eneyda devinieron un raro Adyene, Manuel se convirtió en Leunam, Adia por Aida; y Otrebla, nada más y menos que el hermoso Alberto.

También está de moda ahora llamar a las niñas Vida o Luna —en homenaje al satélite natural de la tierra—, o Bonita, porque la chiquilla lo era cuando nació.

Con todas estas excentricidades —que no ingenio popular— para nombrar a bebitos y bebitas, la alegría se me presentó en una nena de unos ocho meses, nieta de una amiga.

Con timidez le pregunté, por lo que podría avecinarse.” ¿Y cómo se llama la niña?.

“Elena, pero le decimos Elenita, porque todavía es muy pequeña”. Maravilla: Elena, Elenita.

Tremendo alivio. La niña tiene género definido, un nombre precioso, responde rápidamente cuando se le llama —imagínese que su bebé se llame Yasunaris—, aunque comprendo que procede de una familia tradicional y los jóvenes padres no se dejan llevar por los inventos de la época.

(Fuente: CubAhora)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s