¡Ay, las guaguas…!

Por Iván Morales Morales

La difícil situación que afronta el transporte provoca aglomeraciones y malos ratos.

La difícil situación que afronta el transporte provoca aglomeraciones y malos ratos.

Mucho se ha debatido en los distintos medios de prensa cubanos sobre la “sutileza” con que algunas instituciones estatales evaden su responsabilidad de brindarle respuestas y soluciones concretas a la ciudadanía. Ante los señalamientos, una parte significativa de las entidades hacen mutis. ¡Como si el silencio fuera una alternativa viable!

No son un secreto para nadie las carencias de piezas de repuesto que posibiliten el recambio del maltrecho parque automotor existente en Cuba. Tampoco lo son el mal estado de algunos ómnibus y las indisciplinas sociales que se suscitan a diario, y atentan contra la duración y el estado técnico de las guaguas.

Son de conocimiento general los problemas que afronta el transporte en el país. Sin embargo, una de las causas principales del deterioro paulatino de una parte considerable de los autobuses está dada por el maltrato de los propios pasajeros. Esos que dejan amorosas dedicatorias en las paredes y techos, destruyen las puertas o ensucian los pasillos.

¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

Un amplio número de hechos tienen lugar a diario en los tan necesitados vehículos ante la mirada cómplice de todos. Si a esa ya compleja receta le añadimos otro tipo de actos que vulneran los principios elementales de educación formal, entonces tendremos un ajiaco poco provechoso y que a diario tragamos quienes hacemos uso “obligado” de estos medios.

La música hiperdecibélica, los diálogos a viva voz, la sobrecarga de pasajeros, el humo de los cigarros y la “autorecaudación” de los importes —fenómeno que en los últimos tiempos ya no solo corresponde al chofer, sino a ciertos acompañantes de este que extienden la mano en franco tono amenazante— son apenas una muestra de las acciones que vuelven más complejo el trayecto.

Cuando se indaga sobre los posibles detonantes de estas indisciplinas sociales, la responsabilidad cae en terreno de nadie. Los pasajeros hablan de impasibilidad de muchos choferes ante los infractores del orden para “no buscarse problemas”. Y los conductores califican a los usuarios como determinantes en las deficiencias en la prestación del servicio. Al final, cada uno atribuye la exigencia al otro y, como expresa la popular banda Buena Fe en una de sus canciones, la culpa no la tiene nadie.

RESPONSABLE YO O CAUSANTE TÚ

Rafael es uno de los tantos usuarios en el país que depende del transporte público para llegar a su centro laboral. Lo hace bien temprano, refiere, para evitar las aglomeraciones y los malos ratos. No obstante, en ocasiones, su esfuerzo mañanero resulta en vano.

“Ya no existe el respeto de antaño por las personas mayores o las mujeres embarazadas. Y ni qué decir de los ‘muchachones’ con esos aparaticos nuevos o esas personas que molestan al resto con el humo de su cigarro”, explica. ¿Los choferes? Ellos ni se molestan en llamarles la atención. Total, son los primeros en incurrir en eso, añade.

Por su parte, Jorge —ingeniero informático y cliente asiduo de los ómnibus metropolitanos— hace hincapié en el tema de la limpieza. “Para serte sincero, donde único he visto una guagua reluciente fue en la película cubana Habanastation. Fuera de la ficción, no he tenido el gusto de montarme en alguna, y mira que las he buscado”, advierte entre risas.

Los conductores e inspectores consultados aducen falta de conciencia e irrespeto entre la población como detonantes esenciales de estos hechos. Roberto O’Farrill, uno de los choferes de la terminal de Alberro, al este de la capital, reconoce que el mal ejemplo parte muchas veces de ellos mismos.

“Como también se dan los casos de las malas contestas que recibimos de no pocos clientes cuando les llamamos la atención. Algunos de ellos se molestan y hasta nos agreden por hacer nuestro trabajo”, señala.

Para alcanzar resultados alentadores se requiere aunar esfuerzos, establecer alianzas. Los inspectores ubicados en las paradas más complejas deben desempeñar roles más activos.

Gloria es miembro del Grupo de Inspección Estatal de la Dirección Provincial de Transporte en La Habana. Ella se ha ganado el cariño de quienes aguardan el ómnibus en las tardes en el punto de salida de la línea P1 en Playa.

“No ha sido tarea fácil. Tratar con público requiere de mucha paciencia. Otro aspecto que incide son los propios choferes. A veces no tienen conciencia de su papel y nos culpan de los desórdenes en las colas. Creo que todos debemos ayudarnos. Al final, laboramos por un mismo fin”, afirma.

ÚLTIMA PERSONA

¿Cómo exigir que no fumen o molesten con la música a todo volumen —por solo mencionar dos de los casos más recurrentes— a los pasajeros en el “carro” cuando el responsable de mantener el orden es el principal infractor? El ejemplo debe comenzar por la casa. Por tanto, quien maneja la guagua está en la obligación de predicar con su quehacer para que los viajeros no se adjudiquen el derecho de irrespetar la propiedad ajena.

La ciudadanía igualmente tiene su papel en esta historia. Sobre todo en la necesidad de eliminar de una vez y por todas la inmovilidad que, como ciudadanos, nos ha caracterizado en los últimos años. Sí, esa actitud conformista ante lo mal hecho; la misma que nos mantiene impasibles cuando vemos alguna acción incorrecta y no tomamos partido en ella. La causante de la pérdida de nuestra capacidad de oposición o desacuerdo.

La difícil situación que afronta el transporte en Cuba ha encontrado paliativo en el esfuerzo de trabajadores y directivos, quienes han afrontado las carencias con innovadoras iniciativas. Una de ellas, no tan reciente ya, es el caso de los taxis ruteros que al “módico” precio de cinco pesos en moneda nacional acortan muchas distancias en la “comodidad” de esponjosos asientos y agradables temperaturas.

No obstante, los esfuerzos aún resultan insuficientes ante el gran flujo de personas que se trasladan de un lado a otro diariamente, y el constante deterioro del transporte y de calles plagadas de baches. Por ello se requiere un trabajo conjunto para erradicar de una vez y por todas la actitud conformista ante lo mal hecho.

(Fuente: CubAhora)

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Una respuesta a “¡Ay, las guaguas…!

  1. Hugo Hans Hoefken Pflucker

    Preciada María Elena:

    Leído el artículo de sus, parece que están hablando de buses limeños. Todo lo relatado ocurre en Lima potenciado, excepto que aquí no se fuma en el bus, pero si en los paraderos.

    Nadie cede asientes (excepto yo proximo a cumplir 66 inviernos. Todos hablan x telefono en alta voz, cierran ventanas, escriben en paredes (no en techos porque somos chatos), comen y echan cáscaras de fruta y papeles en el piso del bus.

    Recuerdo que en la Lima de mi niñez y juventud, en los buses solo se hacía tres cosas: 1) Conversar en voz baja, 2) leer y 3) orar con el rosario en mano.

    Hace pocos días periodistas de vecinos nuestros (Ecuador, Bolivia y Brasil) al ver el transporte de Lima, dijeron “creiamos que en nuestros países teniamos el peor transporte público, pero vaya que nos superan.

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