Locura de amor

Renée Méndez-Capote, a lo largo de varias décadas de ejercicio intelectual, entregó a las letras de la Isla una profunda obra literaria

Por Fernando Rodríguez Sosa

RenéeInjusto y lamentable resulta que los lectores de hoy solo conozcan a Renée Méndez-Capote a través de las páginas de Memorias de una cubanita que nació con el siglo, ese delicioso y esclarecedor testimonio de toda una época, vista a través de su pícara, escrutadora y amena mirada.

Se desconoce, así, la restante producción literaria —tanto para adultos como para niños y jóvenes— que, a lo largo de varias décadas de ejercicio intelectual, entregó a las letras de la Isla esta escritora, en palabras de Miguel Barnet, una virtuosa exponente de lo cubano.

Una muestra del legado de Renée Méndez-Capote aparece ahora en Locura de amor (Editorial Gente Nueva, colección Homenaje, 264 pp) que, con selección, introducción y edición de Esteban Llorach Ramos, cumple el noble empeño de recorrer el fecundo y fértil universo creado por la autora.

Fragmentos de 15 libros, publicados originalmente entre los años 1963 y 1984, son recopilados en este volumen, para ofrecer un panorama no solo de esos temas recurrentes en la narrativa de la creadora, sino también para develar la fresca, limpia y diáfana prosa que caracteriza su escritura.

Los textos antologados en Locura de amor, como es fácil advertir al concluir una rápida lectura, se mueven alrededor de dos ejes temáticos. El primero: esos hechos y protagonistas de la historia de la nación cubana; y el segundo: las tradiciones y leyendas que, de generación en generación, se conservan en la Isla.

Relatos heroicos, Dos niños en la Cuba colonial, Episodios de la Epopeya y 4 conspiraciones son algunos de esos libros, dirigidos al público infantil y juvenil que, desde un amplio y sólido conocimiento de las fuentes documentales, recrean pasajes de la aguerrida historia de la patria en su lucha por la independencia contra el yugo colonial español.

Esas anécdotas, esos recuerdos, esas remembranzas que recuperan el pasado, mediante un cuestionador y desprejuiciado acercamiento, se encontrarán en obras como Por el ojo de la cerradura, Amables figuras del pasado, Costumbres de antaño y El remolino y otros relatos.

De Memorias de una cubanita que nació con el siglo, indudablemente el libro de Renée Méndez-Capote más trascendente, tanto en el contexto de su bibliografía como en el catálogo editorial cubano, se reproducen tres capítulos. En el séptimo, puede leerse esta evocadora estampa del río Almendares:

«Las márgenes del río Almendares estaban sembradas de malezas y uvas caletas. Arriba, hacia la loma, existían enormes furnias profundas y en la parte baja, esparcidas por la ribera, había casas de pescadores, de tabla y zinc.

«Dos o tres pequeños astilleros, como puestos de zapatero remendón, se dedicaban a reparar y calafatear botes y pequeñas embarcaciones. Todavía el yate de placer no había entrado en el panorama cubano.

(…)

«Yo no recuerdo más puente sobre el Almendares que uno muy viejo, de tablas, que se abría para dejar pasar alguna goleta, un poco más grande, que venía al río a ponerse en dique seco para que la pintaran o la repararan. Pero esto no sucedía a menudo y era una casualidad feliz ver levantar el puente.

«Nosotros conocíamos pilluelos de la Boca, muchachitos que vivían en las orillas del río, que nos surtían de pomos llenos de pulgas, de renacuajos y gusarapos, de cocuyos y algunas veces hasta de mariposas.

«Hacíamos trabajosas excursiones al Almendares con el pretexto de encargar aquella mercancía absurda, porque el río nos fascinaba, y cuando conseguíamos meternos en un bote y subir contra la suave corriente hasta donde el curso de agua era navegable, quedábamos convencidos de haber realizado una hazaña».

Seis acercamientos críticos a la obra de Renée Méndez-Capote sirven para cerrar Locura de amor. Son artículos —firmados por Ivet González, Mercedes Santos Moray, Niurka Alfonso Baños, María Margarita León Ortiz, Enrique Pérez Díaz y el propio Llorach Ramos— que, desde renovadores enfoques, valoran la huella de la narradora en la literatura insular del siglo XX.

«La hija y nieta de mambises —asegura Enrique Pérez Díaz en uno de esos textos— nunca se cansaba de escribir y la historia, que bordaba con primorosa lucidez de recuerdos, era su mejor fuente de inspiración, pero la historia humana y sentida, los días vividos por ella y que sus memorias tamizaban de emoción y candor…».

A Renée Méndez-Capote (La Habana, 1901-1989) se le debe recordar, también, por sus numerosos textos publicados en revistas y periódicos, por sus desvelos a favor de la cultura en diversos organismos e instituciones, por su labor como traductora y adaptadora, por su trabajo editorial dirigido a niños y jóvenes.

Locura de amor —que llega acompañado de las logradas ilustraciones de José Antonio Medina— es uno de esos libros que se disfruta y se agradece. Una obra que, además de recuperar memorias, recuerdos, anécdotas, rescata el privilegiado espacio que, en la historia de la literatura insular, ocupa esa cubanita que nació con el siglo que fue, que seguirá siendo, Renée Méndez-Capote.

(Fuente: Juventud Rebelde)

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