Baracoa, tierra singular

Por Argelio Santiesteban Pupo

Tras la presencia de Cristóbal Colón, Baracoa, y Cuba toda, caen en un olvido que, salvo el bojeo del gallego Ocampo, se prolongaría por una veintena de años…

Baracoa, “La Primada y La Postrera”. (Jorge Camarero Leiva)

Baracoa, “La Primada y La Postrera”. (Jorge Camarero Leiva)

El lobo de mar medita acodado en la borda de la “Santa María”, esa nave que antes se llamó “La Marigalante”, pero que la tripulación insiste en nombrar “La Gallega”, aludiendo a la región donde se ensamblaron sus cuadernas, sus palos, sus cordajes.

Y el Gran Almirante piensa que atrás han quedado sus momentos más difíciles. Sí, la travesía sobre la Mar Incógnita, supuestamente plagada de monstruos engullidores de naos inermes, y que culminaba en un despeñadero sin fondo. Ya son agua pasada, también, los motines de la marinería, ávida de mujer y taberna, y aterrorizada tras el viaje interminable.

Aquellas tribulaciones han quedado definitivamente atrás. Chistophoro Columbus se considera un predestinado —pues no en vano su nombre significa “paloma portadora de Cristo”—, y ahora puede regodearse en un paisaje paradisíaco.

Porque está frente a Baracoa y, según el padre Bartolomé de las Casas, Colón escribe en su diario de navegación: “Andando por allá fue cosa maravillosa ver las arboledas y frescuras y el agua clarísima. No quiero salir de aquí. Me parece que estoy encantado”.

No podemos olvidar que la frase “estar encantado”, en aquellos días, cuando se estaba saliendo de las brumas medievales, conservaba un significado menos ingenuo que el actual. Quizás por eso, para conjurar el embrujo, en la roca viva del litoral de Baracoa, planta una cruz construida con madera del país –la más antigua reliquia religiosa conservada en las Américas—, y susurra un exorcismo que le permita sortear el Paso de los Vientos para abandonar aquella tierra de hechizo.

Tras la presencia de Cristóbal Colón, Baracoa, y Cuba toda, caen en un olvido que, salvo el bojeo del gallego Ocampo, se prolongaría por una veintena de años. Pero llega el momento en que la Corona toma una decisión: “Se necesita tener noticias si por vía de paz es hacedero poblar de cristianos la ínsula de Cuba, e forzar prevenciones si caso fuese que los indios ofrecen resistencia”.

Los trescientos guerreros, tras tomar tierra en Cuba, avanzan por el extremo oriente de la Isla. Se han embarcado en Salvatierra de la Sabana, cerca de Cabo Tiburón, en la vecina isla Hispaniola. Su capitán es Diego Velázquez de Cuellar, a quien Cuba no le resulta extraña, pues ha recorrido su litoral sureño en el segundo viaje, cuando el Almirante, devenido poeta, bautiza a esas cayerías como Jardinillos y Jardines de la Reina.

En Baracoa encuentra una muy densa población aborigen, y lo que Colón ya había anotado en su bitácora: “tierra fertilísima y toda labrada”.

Enseguida Velázquez, como después iba a decir el obispo Morell, se empeña en “formar un establecimiento donde asentar el pie”. Y lo llevan a cabo en esa región que los taínos llaman “Baracoa”, o sea, “tierra alta”. / Fue aquélla, a no dudar, comarca de primicias. Y hay que abusar del adjetivo “primero” a la hora de hacer el inventario de sus avatares. Porque Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa se constituyó como el primer asentamiento europeo en Cuba. Y la primera capital cubana, tanto en lo civil como en lo religioso, con la primera sede de gobierno y el primer obispado.

Allí, en Baracoa, también se inauguran las querellas que en estas tierras enfrentaron a coterráneos ibéricos. Treinta años antes de que Pizarro y Almagro anduviesen a la greña en el Perú, el capitán Francisco Morales y sus seguidores se alzan contra Velázquez, a quien acusan de usurpar la función de administrar justicia. Se sofoca la revuelta, pero la rebeldía iba a permanecer soterrada, dando lugar a muchas denuncias contra el Adelantado.

En Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa el otoñal Velázquez, picando ya la cincuentena, contrae matrimonio con Doña María, muy joven hija del contador Cristóbal Cuellar, tesorero de Su Majestad en la Isla.

Pero la unión será efímera, pues la novia sucumbe a los siete días de la boda. Según cierto biógrafo, el deceso se produce por causa de “un violento e inesperado accidente”. Pero siempre hay malpensados. Y no faltan quienes aseguren que la muerte fue provocada por la desilusión que en la luna de miel sufrió, con su declinante cónyuge, la recién desposada, durante aquellas noches baracoesas que invitaban al amor.

Sí, nada bien le fue a Velázquez de Cuéllar por estas tierras. Aquí, él, quien había traicionado a las autoridades de la Hispaniola, recibió la misma medicina, cuando Hernán Cortés se desentiende de su mandato, durante la conquista mejicana.

Pero antes, y precisamente en Baracoa, habían comenzado las tribulaciones del Adelantado. Allí, como ya había notado Colón, los indocubanos tienen vocación marcial, y usan arreos guerreros, pues están acostumbrados a batirse contra los feroces caribes. No ha de extrañarnos, entonces, que durante largos años tuviesen que luchar contra el indio rebelde Guamá, cacique de Baracoa, quien estuvo combatiendo hasta sucumbir.

Por décadas, la indiada se estará apalencando, o sea, marcha al monte en son de guerra, para allí establecer asentamientos de cimarronaje, muy numerosos en la comarca baracoesa.

Fue ése el destino de una estirpe que, en el decir del Padre Las Casas, antes de la llegada del conquistador “cuasi no podían morir, por la suavidad, amenidad y sanidad de la tierra”.

He aquí un detalle curioso de aquellos tiempos fundacionales: de las primeras siete villas creadas por el europeo en Cuba, sólo Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa no mudó de sitio.

¿La razón? Elementalísima: no tenían para dónde irse, pues por un lado los limitaba el mar, y por el otro los cercaba la cordillera.

Precisamente por las dichas condiciones geográficas, Las Casas abogó ante la Corona por la desaparición de la villa. Pero Baracoa, tozudamente, se negó a morir.

Larga, interminable fue la historia de preterición que soportó la villa. Un día, los conquistadores fundan un asentamiento en la costa sudoriental, y lo bautizan con el nombre del apóstol de España. Santiago toma preeminencia, de manera que Baracoa se verá desposeída de su condición capitalina, y su iglesia dejará de ser la catedral.

Por otra parte, Baracoa se despoblaba, pues muchos vecinos iban tras el oro mejicano, el de la Nueva España, o en pos de la plata arrancada a los socavones del Potosí. Hasta el punto de que, en 1570, el obispo Castillo sólo encuentra allí a ocho vecinos españoles y dieciocho indios. Y, por su apartada ubicación, durante mucho tiempo los únicos visitantes recibidos en Baracoa fueron náufragos que allí recalaban.

En los siglos coloniales, la Corona ordena construir allí tres edificaciones militares. Como Gibara no existía y eran setenta las leguas costeras sin población, se establece allí un cuerpo de pilotos prácticos.

Pero nada de ello sacó a Baracoa de aquel olvido que parecía producto de una perversa maldición. Por eso, se dijo que fue “La Primada y La Postrera”.

Harto de soportar la ominosa tutela colonial, el siglo XIX será testigo de la rebeldía del criollaje contra la Metrópoli. Y Baracoa actuaría como escenario de innumerables hechos épicos de tal enfrentamiento.

En MIL 852 el abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes, quien más tarde encendería la mecha de la primera contienda, está desterrado en Baracoa, a la cual el gobierno le ha destinado el mismo papel que desempeñó la Siberia en el zarismo. A pesar de las simpatías que hacia él evidencian los lugareños, Céspedes –conspirador nato– se cierra como una ostra para evitar el espionaje.

Iba a ser Baracoa lugar preferido para el desembarco de expedicionarios. En 1854 arriba una goleta con Francisco Estrampes al frente. Prontamente presos, Estrampes moriría ejecutado en La Punta.

Un año después, por la baracoesa Punta Caleta, toma tierra la expedición encabezada por el brigadier Limbano Sánchez, intento que también tendría descalabrado final.

Un momento crucial: el primero de abril de 1895 desembarcan por la playa de Duaba los hombres de la goleta “Honor”, entre ellos el general Antonio, su hermano José y Flor Crombet.

También por la costa de Baracoa desembarca el resto de los principales jefes del movimiento insurreccional. Catorce días después de la llegada de Maceo arriban, a la playita de Cajobabo, José Martí, alma de la revolución, y Máximo Gómez, el jefe de los guerreros. Pronto se encuentran, para su contento, con la tropa que capitanea el baracoeso coronel Félix Ruenes.

El patriotismo de los nacidos en Baracoa parece extraído de una epopeya antigua. Se cuenta que, tras el desembarco de Maceo, la ciudad quedó casi desierta, pues la gente había seguido los pasos del mulato ciclópeo.

Mas no les bastaba con alzarse, sino que sus acciones habrían de estar teñidas de la más desconcertante temeridad. Así, el ya mencionado coronel Ruenes, antes de coger el monte, en la llamada Calle de la Playa, frente al rostro de sus enemigos dio el grito de “¡Viva Cuba libre!”.

Para hablar de Cuba, hoy hemos paseado por una comarca de singularidades y ensueños.

Sí, allá donde amanece el país. Donde transcurrió la infancia histórica de Cuba. Donde se puede degustar el cucurucho y el tetí, pez tan diminuto que resulta menor que la majúa. Donde existe un Yunque colosal, como para ser usado por el mismísimo Hefestos.

Baracoa, sitio de paradojas, hasta el punto de que allí llegaría el avión antes que la carretera.

(Fuente: CubAhora)

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Una respuesta a “Baracoa, tierra singular

  1. ARGELIO SANTIESTEBAN

    Estimada María Elena:
    Con placer he visto trabajos míos reproducidos en su blog.
    Gracias.
    Reciba un saludo cordial de su colega
    ARGELIO SANTIESTEBAN

    Teléf. 7690-3779

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