Ana Frank, la niña que quería ser escritora

Ana fue enviada a un campo de concentración, donde hizo un registro muy detallado de todo lo que vivió en los años que estuvo escondida de la GESTAPO, durante la Segunda Guerra Mundial…

Por Diana Castaños

El diario de Ana Frank, escrito por la niña judía.

El diario de Ana Frank, escrito por la niña judía.

La principal diferencia entre la historia de Ana Frank y la de miles de niñas judías que murieron en los campos de concentración alemanes es que se tiene un registro muy detallado de todo lo que vivió durante los años que estuvo escondida de la GESTAPO, durante la Segunda Guerra Mundial.

Cuando cumplió trece años, los padres de Ana le regalaron una agenda. Este presente cambiaría para siempre su vida, y aportaría un testimonio histórico invaluable sobre el holocausto.

Al principio Ana no encontró en la agenda nada más que un diario: “Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo”. Pero un año y algo después de estarlo escribiendo, escuchó por la radio al ministro de Educación holandés, que hablaba desde el exilio, y decía que cuando acabara la guerra se iban a compilar todos los escritos que testificaran los sufrimientos de los judíos. Entonces, el diario se convirtió en literatura, y el nombre de Ana Frank, en epitafio de la Historia.

Hasta el 1ro. de agosto de 1944, último día que escribe, Ana Frank se dedicó a reelaborar y a pasar en limpio los apuntes de su diario. Corrigió, cortó, añadió datos, párrafos enteros: Estaba empeñada en, basándose en los apuntes de su diario, publicar un libro después de la guerra.

Las circunstancias fatales la habían hecho madurar apresuradamente, y llevó su historia y la de su escenario con responsabilidad y franqueza. Sumergida en un entorno angosto y bélico, Ana Frank, que quería ser escritora, se esforzó por hacer anotaciones claras, llenas de explicaciones, que hoy día ayudan a comprender los detalles de la clandestinidad y el trasfondo social de los judíos en la Segunda Guerra Mundial.

LO QUE LA NIÑA ESCRIBIÓ

“Los buenos tiempos quedaron definitivamente atrás: Las medidas antijudías se sucedieron rápidamente y se nos privó de muchas libertades. Los judíos deben llevar una estrella de David; deben entregar sus bicicletas; no les está permitido viajar en coche, tampoco en coches particulares; los judíos solo pueden hacer la compra desde las tres hasta las cinco de la tarde; solo pueden ir a una peluquería judía; no pueden salir a la calle desde las ocho de la noche hasta las seis de la madrugada; no les está permitida la entrada en los teatros, cines y otros lugares de esparcimiento público; no les está permitida la entrada en las piscinas ni en las pistas de tenis; no les está permitido practicar ningún deporte en público; no les está permitido estar sentados en sus jardines después de las ocho de la noche, tampoco en los jardines de sus amigos; los judíos tienen que ir a colegios judíos, y otras cosas por el estilo. Así transcurrían nuestros días: si esto no lo podíamos hacer, que si lo otro tampoco. Jaques siempre me dice: “Ya no me atrevo a hacer nada, porque tengo miedo de que esté prohibido”.

A partir de julio de 1942, los judíos comenzaron a recibir citaciones para ser enviados a un supuesto campo de trabajo de Westerbork. Quien se resistía era enviado a un campo de castigo. Para escapar de la deportación, había que disponer de un refugio en una casa no judía.

“Hace unos días papá sacó a colación el tema de la clandestinidad, y me habló de lo difícil que será vivir completamente separados del mundo”, escribió Ana.

Unas semanas antes de su detención, Ana Frank narró el horror con que vivía, a la vez que mostró su esperanza.

“Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esa crueldad también se acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial”.

El 4 de agosto, los alemanes irrumpieron en la casa donde ella y su familia estaban ocultos y los detuvieron. Una amiga de la familia guardó el diario sin leerlo. Si lo hubiera leído, hubiera tenido que destruirlo, porque contenía demasiada información incriminatoria, y le hubiera podido costar la vida.

LO QUE ANA VIVIÓ Y NO CONTÓ

Un 2 de septiembre —hace hoy unos setenta años exactos—, Ana Frank fue enviada a un campo de concentración. Tuvo la relativa suerte de poder viajar –apretada, en las condiciones infrahumanas de un tren de carga con más de 70 prisioneros en cada vagón- con su familia.

Fueron tres días de viaje, con mucho hedor, en un vagón donde había tan poco espacio que tenía que permanecer de pie. Ana pasó los días mirando el paisaje por las diminutas rejillas de los vagones.

Cuando llegó a Auschwitz, fue obligada a permanecer desnuda para ser desinfectada. Le raparon la cabeza y le tatuaron un número de identificación en el brazo. Durante el día la obligaron a realizar trabajos forzados y por la noche la hacinaron en barracones frigoríficos.

En los campos de concentración las enfermedades se propagaban velozmente, y en poco tiempo Ana terminó con la piel cubierta de costras. Andaba desnuda, infestada de piojos. Estaba calva, demacrada y temblorosa. En marzo de 1945, pocas semanas antes de que liberaran el campo, murió.

El padre de Ana, único de su familia que sobrevivió a los campos de concentración, respetó su deseo de hacer un libro a partir de su diario. La niña que quería ser escritora estaría contenta: El diario de Ana Frank ha sido traducido a más de setenta idiomas y ha vendido más de 35 millones de ejemplares.

(Fuente: CubAhora)

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