Bebo y Chucho: Unidos para siempre

Este 9 de octubre Cuba celebra el nacimiento de dos grandes pianistas: Dionisio Ramón Emilio (Bebo) Valdés Amaro y su hijo Dionisio Jesús (Chucho) Valdés Rodríguez, dos grandes del jazz afrocubano.

Por Rayma Elena

Bebo y Chucho Valdés.

Bebo y Chucho Valdés.

No sabía que al piano le habían nacido dos reyes en Cuba el mismo día: 9 de octubre; en el mismo lugar: Quivicán; el padre en 1918, y veintitrés escalas después, en 1941, su sucesor.

Tecleo mi ignorancia, aunque suene como un pésimo acorde al oído de un buen músico. Más, si bastarían sus nombres para entrever la coincidencia: Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro y su hijo Dionisio Jesús Valdés Rodríguez.

Pero soy cubana nacida en una época que «empolilló» los santorales y trocó la palabra onomástico en cumpleaños o aniversario. Y si algo mitiga un tanto la pena por esta laguna de conocimiento, es que viví en un hogar libre de exilios musicales (excepto por cuestiones de lesa calidad), y a pesar del largo silencio que enmudeció el piano de Bebo Valdés para gran parte de mi generación, pude saber temprano que Chucho venía de esa raíz profundamente anclada en la Isla.

Ninguno de los Valdés necesitaba más que un apodo de dos notas para ser reconocido en todo el mundo. Chucho y Bebo, así los nombro, ateniéndome solo a la cronología de mis recuerdos, porque fue el hijo quien me llevó al padre.

En los años 70 del pasado siglo, su grupo Irakere y yo echábamos a andar por esta tierra de marchas y sones, de consignas y estribillos. Para los fines de semana, mis padres se habían inventado unas fiestas, a las que llamaron runrún porque empezaban como un rumor que se corría rápido entre amigos, y en cuestión de una hora se convertía en bocaditos, ensaladas, algo de bebida y, sobre todo, mucha música.

As, apareció en casa un LP (long play) con un «plato fuerte» que se calentaba y recalentaba en el viejo tocadiscos. Era el Bacalao con pan, una combinación que —confieso— todavía no he tenido en la mesa, pero que desde entonces aprendí a saborear con los pies, junto a Misaluba y el Taka taka ta.

Un día la televisión me descubrió quiénes eran los que «cocinaban» las mezclas con las que había marcado algunos de mis primeros pasillos; quién tocaba aquella canción: No . No llorar. No . No reír… Las puertas se me cierran. No . No vivir. Un despertar sin sol es mi mañana. Si tú, si tú no estás… ¡Cuántas veces mi hermana y yo la tarareamos antes de saber que era la Danza ñáñiga, de Chucho Valdés e Irakere.

Así también aprendí que los tambores que tocaba el cantante (Oscar Valdés) eran los batá, y que la calabaza grande cubierta por una malla con semillas ensartadas se llamaba chekeré.

Supe que aquel mulato al que la banqueta y el piano parecían quedarle demasiado pequeños era Chucho Valdés; así, sin Dionisio ni Jesús. «Hijo de su padre…», debió aclararme mi madre, mientras yo miraba con asombro cómo sus manos se paseaban por las teclas… «Tremendo jazzista, como Bebo…», me explicaba, tratando de aminorar el lamentable vacío provocado por el destierro musical que sobrevino a su partida de Cuba.

Pero la música es eterna, y el silencio, relativo. Un viejo disco por aquí, la nueva grabación o el video que nos llega desde cualquier lugar, las nuevas tecnologías que acortan distancias…

Busqué, escuché…, y tuvieron explicación la Serenata en Batanga en la voz de Mayra Caridad, también hija del creador de ese ritmo marcado por los tambores batá, que aprendí a identificar con Irakere.

Sigo buscando al padre y encuentro los porqués del Bacalao con pan, de la magistral Misa negra…, de la versión a lo Irakere del Guayo de Catalina (Arsenio Rodríguez), y de toda aquella mezcla —piano, saxofones, percusión, trompetas, bajo, congas, batería, chekeré… , ¡y excelentes músicos!— que me atrajo antes de que pudiera comprender qué era el jazz y, especialmente, el jazz afrocubano.

Esta música es eterna…, pienso mientras sigo descubriendo al padre, con el mismo asombro con que un día escuché a su hijo… Hasta me niego a creer que tenían 84 años los dedos que demostraron El arte del sabor, cuando Bebo se unió a su gran amigo Israel (Cachao) López y a Carlos (Patato) Valdés en ese disco ganador del Granmy Latino en 2001.

Luego retomo el CD Lágrimas negras y admiro el canto vital de su piano junto a Diego el Cigala. ¡Qué privilegio asistir a esta lección, que su hijo nos «tradujo» en la presentación del disco en La Habana.

Lo recordaba hace unos días cuando mi amiga María Elena me habló de la grandiosa coincidencia de este 9 de octubre: nacieron en Quivicán el maestro y su sucesor, dos monarcas del reino de ébano y marfil, dos reyes de la música. Entonces, a modo de agradecimiento, accedí a su petición de escribir algo para su blog.

Bebo y Chucho Valdés.

Pero no soy musicóloga ni crítica de arte, así que preferí navegar por mis recuerdos, como hice hasta aquí con la ayuda de mi siempre hambrienta colección de música. Solo ahora me atrevo a buscar entre las tantas entrevistas y artículos publicados sobre estos dos grandes, para seleccionar lo que, a mi juicio, son las más justas y sinceras valoraciones sobre ambos:

Alguna vez Bebo dijo que su hijo era «el mejor pianista, con un «virtuosismo enorme» y un «oído absoluto». A raíz de la muerte de su padre, en marzo de 2013, Chucho confesó a El Universal de México: «Yo siento que mi padre está en el piano, que cuando toco está conmigo…»

Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro y su hijo Dionisio Jesús Valdés Rodríguez, dos grandes nacidos el 9 de octubre. ¿Cómo saldar mi desliz onomástico? No van a hacerlo mis palabras de simple escuchadora de música. Mejor escuchar al hijo de Bebo y al padre de Chucho. Porque como bien vaticina el disco que contiene esta Descarga Valdés, más allá del calendario, será la música lo que mantendrá a los Dionisios Juntos para siempre.

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