¿La gran estafa?

Cuba profunda

La gran estafaEl hombre casi logra convencerme con su cara de perro triste. Me sujetó el antebrazo, arqueó las cejas con un rictus de desespero y colocó el cartón con las chapitas frente a mí. No profirió palabra alguna, no fue agresivo, no dijo: “Niña, ven y juega, apuesta algo”; sino que se limitó a mirarme con esa expresión de mendicidad que siempre, o casi siempre, termina conmoviéndome.

A punto ya de regalarle al menos cinco pesos, de apostar a que la semillita estaría bajo la chapa derecha aún cuando yo sabía que la tendría escondida bajo la uña; a punto ya de consumar mi obra de caridad del sábado apareció otro hombre, mucho más joven —tanto y tan fuerte que más bien parecía estibador de puerto—, y se coló sin pudor en mi proceso de estafa voluntaria y consensuada.

“Oye, pero todavía en Santa Clara la gente pierde dinero en las…

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