El préstamo

Por Alfonso G. Nacianceno García

f0027304 Atormentado por una deuda que lo tenía sin resuello, anduvo aprisa hasta la casa de Virgilio con la pretensión de salvarse.

—Hermano, préstame un dinerito ahí, te lo pago cuando cobre el día 10.

Solo cuatro hojas había perdido el calendario en ese mes, por lo que la reacción virgiliana ante la solicitud fue de extrañeza; sin embargo, apostó a que no existiría dificultad para recuperar el desembolso. En apenas una semana ya el dinero debía retornar a sus manos, contando con que el beneficiado no arrastraba la pesada aureola de ser un mala paga.

Llegó el 10 y el deudor no aparecía por el barrio. “Un día se atrasa cualquiera”; así el acreedor le concedía el beneficio de la duda, sin imaginar qué rumbo tomaría la historia. A la mañana siguiente, el panorama de evasión acentuaba la preocupación de que no se veía ni sombra del hombre en quien Virgilio confió con los ojos cerrados.

Era hora de liberar una orden de búsqueda y captura que inundara las calles del barrio. A pesar del intenso operativo de mucha gente comisionada para pasarle el recado de que lo andaban buscando, el volátil deudor seguía sin dejar rastro alguno para dar con él.

Cuando las esperanzas de recobrar lo prestado ya andaban por un callejón oscuro, una tarde apareció el hombre poniendo cara de noblote, mientras tomaba la ofensiva en su defensa.

—¡Cuánto siento no haber cumplido lo que prometí!, balbuceó.

Después de mirarlo de arriba-abajo, una suspicaz sonrisa amaneció en boca de Virgilio, quien criticó malhumorado la falta de seriedad para cumplir con la palabra empeñada. Ripostó a la falacia de aquella frase hueca, justificativa, como quien le clava la banderilla a un toro en plaza desbordada.

Tras el encontronazo, el desencuentro. Después de aquel cruce de sables, ambos personajes nunca más se miraron a la cara. Quien metió las manos en el bolsillo para ayudar a un supuesto amigo, eludía hablar del episodio; como tampoco el falso agraviado (que vio deshecha su pose de santurrón) apetecía recordar su trastada después de recibir la refriega.

Finalmente tomó la de Villadiego para eludir la mala fama que se ganó en la barriada.

El bien quedar con los demás es una manera de expresarles respeto. Pierde prestigio quien va por el mundo exhibiendo incongruencias y desazones cual burla que envilece al alma y el cuerpo. En cambio, causa buena impresión quien pone la palabra empeñada por encima de cualquier contratiempo. Considerar al prójimo es sinónimo de crecer como persona, una de las mayores virtudes que el ser humano tiene para mostrar.

Sobre el respeto que nos debe animar en el trato hacia el otro, aquí les dejo esta breve fábula.

Un hombre estaba poniendo flores en la tumba de un pariente, cuando ve a un japonés depositando un plato de arroz en la tumba vecina. El hombre se dirige al japonés y le pregunta:

—Disculpe señor, pero ¿cree usted que de verdad el difunto comerá el arroz?

—Si, respondió el japonés… cuando el suyo venga a oler sus flores.

(Fuente: Granma)

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