Los nombres

Por Eduardo del Llano

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Hace poco, durante el festival Aquelarre, uno de los premios de Artes Plásticas recaía en alguien de nombre Yoemny. Los miembros del jurado la visualizaban como una niña, una joven y talentosa caricaturista. Resultó que Yoemny era un negro de más de seis pies, con dreadlocks y barba. Joven y talentoso, eso sí.

En los setenta eran los nombres socialistas: Liuba, Tatiana, Yordanka, Pável, Iván, Yuri… En las postrimerías de esa década y durante los 80 fue la Era de la Generación Y. Luego vino la mezcla posmoderna, el ajiaco. En los últimos años se ha cerrado el ciclo con la vuelta a los orígenes: aunque el español es un idioma muy rico y hay un montón de santos que se inmolaron para legarnos un nombre razonable, alguna gente se aferra a unos pocos clásicos y va directamente a los reinos de Aragón y Castilla o al País Vasco asumiendo, por lo visto, que en seis siglos no ha aparecido nada mejor que Sebastián, Hernán, Rodrigo, Gonzalo y Jimena.

Pero una cosa son las modas, por raras que resulten más tarde (todos tenemos un abuelo, o conocemos al de alguien, que se llama Cipriano, Dominador, Candelario, Idelgrades. Supongo que hubo una época en que nombrar así a un recién nacido parecía una buena idea) y otra la existencia de nombres que implican ensañamiento, y que demuestran que desgraciar de por vida a una tierna criaturita no es ni mucho menos un deporte olvidado. A veces no es culpa de los padres, porque el baldón no emana del nombre, sino de uno u otro apellido, o de la yuxtaposición de estos. Me hablaron de un tipo que se llamaba A. Mata Vaca… combinación no ya horrenda, sino punible. Para una novela que escribí en los noventa pasé varios días buscando combinaciones curiosas de nombres y apellidos en la guía telefónica de La Habana. Me encontré apellidos como De la Presilla, Ratón… y el más increíble de todos: Espantoso. Sí, un tipo que se llamaba A. Espantoso. Debe ser difícil triunfar en la vida. Qué carajo, debe ser difícil incluso presentarse a una muchacha.

La maldita circunstancia de la insularidad ha llevado a muchos a tender los más increíbles puentes a Norteamérica y Europa. (Y no solo en Cuba: por ahí andan curiosas listas de ciudadanos ecuatorianos, peruanos o dominicanos que se llaman Email, Cannibal y hasta Shithead). Esbocemos algunas de las líneas más frecuentes y conocidas:

– Los nombres sacados del cine o la literatura, que suenan bien en el cine y la literatura… de ultramar. Una amiga mía quería llamar Nicole a su hija. El esposo tuvo que advertirle: Mami, la niña va a nacer y crecer en Centro Habana. En la escuela la van a fastidiar todo el tiempo con cosas como Nicole ni lechuga… Un socio, fanático de McCartney, llamó a su hija Heather. Distinguido, tal vez, pero difícil de pronunciar para las maestras de primaria y los candidatos a novios: esa muchacha que conocí anoche en la fiesta, ah, cómo se llamaba, creo que lo apunté en el móvil… vaya, no lo encuentro, aquí hay alguien que se llama Heather, pero debe ser un tipo… A la novia de un antiguo conocido la rotularon Ingeborg, un nombre clásico en la cultura germana y otras del norte de Europa. Clásico… y en desuso: las alemanas modernas raramente se llaman así; a sus oídos suena como a los nuestros Brígida o Covadonga. No recuerdo el apellido de la chica, pero era algo como Pérez. Interesante combinación donde las haya. Además, alguien debió explicarles a los padres que a las Ingeborg se les llama familiarmente Inge o Inga.

– Están, naturalmente, los nombres inventados. Una variante clásica son los nombres al revés, letra a letra (Odraude por Eduardo), por sílabas (Descemer por Mercedes), o bien la unión de varias palabras: Dayessi (la afirmación en tres idiomas), Yotuel (los pronombres personales singulares). Un cuento de mi amigo Jorge Bacallao ilustra otro procedimiento: una chica le comenta al protagonista que su hermano se llama Yuleit y la hermana Maysix. Ante la perplejidad del tipo, ella explica que su padre adora el inglés, así que ha llamado a sus hijos según la fecha de su nacimiento: July eight, May six… El protagonista responde: menos mal que no soy tu hermano, o me llamaría Octobertuentifaif…

– Están las derivaciones, las infinitas derivaciones de nombres o palabras con suin: las Ladys y Miladys y Mileidis y Ledys y Misleidas y Yunisleidis. Las Anibel, Anilux, Aniley. Las Yenis y Jenys y Jannys. Las Yuliets y Yulys y Juliets y Juliettes…

– Conocí a una chica que se llamaba Meybol. Se escribía así, como Mabel pronunciado en inglés. El caso contrario es el de un vecino que se llama Brian, pero pronunciado en español. En esa área vivaquean los Maikels, los Yanpiérs, los Antuáns y las Dayanas. Puedo imaginarme a los padres: si mi hijo no puede ser extranjero, va a sonar extranjero. Lo importante es eso, que suene, no tanto cómo se escriba, total, si ya nadie lee…

Hay magia en los nombres. No nos describen, pero nos definen. En Le prénom (2012), de Alexandre de La Patellière y Matthieu Delaporte, los personajes –un intelectual de izquierda y su mujer– se escandalizan porque alguien quiere ponerle Adolfo a su hijo. Oscar Wilde nos advirtió acerca de la importancia de llamarse Ernest (o más bien of being Earnest, de ser serio). A algunos nos conocen por el nombre, a otros por el apellido, a otros por una eufónica combinación de ambos. Y ocho de cada diez personas dicen Juan Grabiel por Juan Gabriel.

No usamos un nombre: somos un nombre. Así que, si está esperando un hijo, piense, por favor, que él no tiene la culpa.

(Tomado de: http://oncubamagazine.com/sociedad/los-nombres/ © OnCuba)

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