¿Cubanos carmelitas, cubanos rosados?

Por Vladia Rubio

No es el color de la piel lo que importa, sino aquello más allá de la epidermis. Las leyes pueden, hasta cierto punto,  ponerle rienda a los prejuicios, pero no eliminarlos de un plumazo. Foto: Annaly Sánchez

No es el color de la piel lo que importa, sino aquello más allá de la epidermis. Las leyes pueden, hasta cierto punto, ponerle rienda a los prejuicios, pero no eliminarlos de un plumazo.
Foto: Annaly Sánchez

A un conocido, de raza negra, lo estaban recomendando para un puesto de trabajo, y para avalarlo, alguien dijo por teléfono frente a él: «Es negro, pero está muy capacitado, es disciplinado y buena persona».

La conjunción adversativa «pero», en esa frase, encierra un racismo replegado, muchas veces latente tras pronunciamientos en defensa de la igualdad. De hecho, da por sentado que ser negro es un tanto en contra significativo. Pero aparece generalmente solapado porque es algo políticamente incorrecto, no coincide con el deber ser.

Sin embargo, lo peor del cuento es que el protagonista de esta historia ¡no se molestó porque lo habían recomendado de forma tan humillante!

Lo que le llenó de indignación fue que: «Podía haber dicho que yo era moreno, de color… pero no negro, compadre».

¿Acaso todos no somos «de color»; o será que los de raza blanca o caucásica, o los de origen asiático, son traslúcidos? Me parece más ofensivo llamar a alguien «el prieto», «el morenito», «el de color», que simplemente negro.

Pero no pocas personas de piel negra parecen tener asentado en su silla turca que pertenecer a esa raza implica, de hecho, estar en desventaja.

Aunque obviamente no es una desventaja per se, las estadísticas confirman que la comunidad universitaria y también la científica, es mayoritariamente blanca; igual son mayoría los blancos en cargos directivos y en los más deseados puestos del conocido como sector emergente. La que algunos llaman «la ruta del dólar» no parece ser su ruta. En contraste, las barriadas en desventaja social cuentan con una población negra en mayoría, como también es mayoría en cárceles y otros centros correccionales. Tampoco los negros son mayoría entre los propietarios de los negocios por cuenta propia que se abren espacio en la realidad cubana.

A pesar de tales números, en Cuba no existen formas rígidas de segregación racial.

Desde los primeros años del triunfo revolucionario el problema racial fue ubicado al centro de la diana, y muchas medidas, leyes y radicales transformaciones favorecieron a los desposeídos, entre quienes se ubicaba la población de raza negra, pero una cosa son los postulados, las formulaciones, y otra las relaciones sociales, los prejuicios. Las leyes pueden, hasta cierto punto, ponerle rienda a los prejuicios, pero no eliminarlos de un plumazo.

El propio Fidel Castro, en la clausura del Congreso Pedagogía 2003, en febrero del 2003, reconocía: «Mientras la ciencia de forma incontestable demuestra la igualdad real de todos los seres humanos, la discriminación subsiste. Aun en sociedades como la de Cuba, surgida de una revolución social radical donde el pueblo alcanzó la plena y total igualdad legal y un nivel de educación revolucionaria que echó por tierra el componente subjetivo de la discriminación, ésta existe todavía de otra forma. La califico como discriminación objetiva, un fenómeno asociado a la pobreza y a un monopolio histórico de los conocimientos».

En otro momento de ese discurso enfatizaba: «…la Revolución, más allá de los derechos y garantías alcanzados para todos los ciudadanos de cualquier etnia y origen, no ha logrado el mismo éxito en la lucha por erradicar las diferencias en el estatus social y económico de la población negra del país, aun cuando en numerosas áreas de gran trascendencia, entre ellas la educación y la salud, desempeñan un importante papel».

El protagonista de la historia que da inicio a estas líneas se hizo ingeniero, mientras sus amigos, también negros, del barrio marginal donde creció, optaron por el camino del «invento» —como benévolamente algunos llaman a los actos ilegales. «¿Por qué no estudiaron, si yo pude hacerlo —preguntaba el muchacho en diálogo con esta redactora? ¿Porque eran negros? No. Pero mientras yo me levantaba al amanecer para llegar temprano a la CUJAE, a veces con un pan con azúcar de desayuno, ellos dormían la mañana y al mediodía se ponían a inventar cómo comprarse un litro para montar la mesa de dominó».

El asunto es complejo. Sucede que el prejuicio hacia determinada raza —como todos los prejuicios— es un fenómeno sociosicológico del comportamiento humano, se forma en el proceso de socialización de cada persona, y los modos con que asimila la cultura de su entorno.

No por gusto el antropólogo Rodrigo Espina afirmaba hace pocos meses en una Mesa Redonda televisiva dedicada al tema: La discriminación persiste porque somos educados como discriminadores. Nadie nace discriminador, lo aprendemos en la familia, en la escuela, el medio… Es un aprendizaje que hacemos a medida que vamos creciendo. Y la discriminación implica subvaloración de otro ser humano.

Como mismo una gota de agua, persistente, aunque única, es capaz de horadar la roca, así las manifestaciones, expresiones y conductas racistas, impactan en la propia autoestima de las personas de raza negra.

A tal punto ello sucede que los labios gruesos y el pelo encrespado se han ganado los apelativos peyorativos de «bemba» y «pasas». Y a estas alturas sería interesante conocer las estadísticas de cuántas operaciones estéticas se han hecho para reducir el volumen de la «bemba» y cuántos hectolitros de queratina han sido empleados para alisar los cabellos de personas negras, mujeres y hombres.

El doctor Jesús Guanche Pérez, Investigador Titular de la Fundación Fernando Ortiz y antropólogo, en la Mesa Redonda citada, recordaba que las razas no existen, pero sí hay que asumirlas como un constructo cultural, el cual genera determinadas actitudes hacia otras personas y con respecto a uno mismo.

De ahí, refería el estudioso, una de las metas debe ser contribuir a disminuir la desigualdad social, base del racismo como ideología y como accionar o prejuicio. Tan doloroso a veces que, como al protagonista de la anécdota que inicia este texto, puede llevar a renegar del color de la propia piel, que es también el de la madre, el del padre.

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