El “guardián” de la bahía

La colosal escultura de mármol blanco de más de veinte metros de alto del Cristo de La Habana fue recientemente declarada Monumento Nacional…

Por Yaíma Puig Meneses

Construido con mármol blanco de Carrara, región de Italia, el Cristo habanero es una colosal escultura que representa a El Sagrado Corazón de Jesús. (Fuente: ACN)

Pareciera que desde su altura custodia y bendice la centenaria ciudad. De pie, con una mano en alto y la otra en el pecho, “el Cristo de La Habana es una estatua con vigor, firmeza humana y con los pies en la tierra”, decía su autora, la escultora cubana Gilma Madera en 1958, año en que fue inaugurada la obra. Más de medio siglo después, su imponente figura continúa acompañando la cotidianidad de la rada habanera.

Imagina el transeúnte entonces que desde sus más de veinte metros de altura el Cristo le observa y admira. A sus pies la ciudad adquiere otros matices y resulta imposible no dejarse envolver por la majestuosidad del paisaje que desde su cercanía se disfruta.

Considerada como una obra de excepcionales valores artísticos, convertida en hito del paisaje de la bahía e icono de alto arraigo popular en la identidad capitalina, el pasado 5 noviembre el Cristo fue declarado Monumento Nacional.

La comisión encargada de otorgar dicha condición valoró, además, su emplazamiento en un espacio público de admirable belleza, con vistas privilegiadas de la ciudad, así como la calidad del proceso de restauración que le devolvió su esplendor original en el 2013.

Contaba en ese momento el historiador de La Habana, Eusebio Leal Spengler, que para llevar a cabo dicha restauración se tuvo en cuenta la concepción original del proyecto diseñado por Gilma Madera —fallecida en el año 2000—, para lo cual se buscó, incluso, el mármol necesario en Carrara.

Al decir de Leal Spengler, desde entonces se yergue otra vez majestuoso, hermosamente concluido, como parte del conjunto monumental de las grandes fortalezas militares coloniales.

Construido con mármol blanco de Carrara, región de Italia, el Cristo habanero es una colosal escultura que representa a El Sagrado Corazón de Jesús. Con toda intención, su creadora decidió dejar la cuenca de los ojos vacía para que “diera la impresión de mirar a todos desde cualquier lugar que fuese observado”.

Cuentan que la joven Gilma, al presentar su boceto al concurso para erigir el Cristo de La Habana, pensó que no sería la favorecida, pero lo fue. Desde entonces sucederían largas discusiones respecto a la altura que debía tener la figura: “¡Pretendían hacerlo de 35 metros de alto!”, aseguró una vez la artista.

Según sus propias palabras, se opuso abiertamente a tal decisión a pesar de que iba en detrimento incluso de sus honorarios; “[…] desde el punto de vista artístico, habría sido un desastre si tenemos en cuenta la poca elevación de la colina de La Cabaña. Por último, luego de varios debates, fue aceptada mi propuesta de 20 metros de alto”, relató.

Cerca de dos años permaneció Gilma en Italia para supervisar personalmente hasta el más mínimo detalle del proceso constructivo; una vez concluida la figura su peso se calculó en unas 320 toneladas.

La obra fue bendecida por el Papa Pío XII y comenzó entonces su travesía por mar, en un barco donde estaban acomodadas y ordenadas las 67 piezas que finalmente darían vida al Cristo habanero.

“La estatua se montó sobre una base de tres metros de profundidad, en cuyo centro se le construyó una armazón de cabillas que van afinando en el torso, donde se le insertó una viga de acero que llega hasta la cabeza. Cada fracción de mármol fue atada con tensores de acero a la estructura central, y luego, a ese espacio vacío se le echó concreto tras haber sido chequeado el nivel y ajuste de cada estrato horizontal […]. En el interior de la base deposité periódicos de la época y una pequeña cantidad de monedas de oro”, detalló Gilma años atrás.

Milagros, lo que se dice milagros, nadie ha podido demostrar, a decir verdad, que alguno es obra de este Cristo nuestro, pero resulta imposible no estremecerse ante su majestuosidad. A la sombra, muchos pudieran pensar que su figura tiene un color opaco, sin embargo, “cuando el sol la ilumina la refracción parece cegar a los curiosos”; una suave elegancia nos envuelve entonces y realmente parece que el Cristo nos mira.

Gilma quería una estatua llena de vigor y firmeza humana, con un rostro sereno, como de alguien que tiene gran certidumbre en sus ideas. “[…] no lo vi como un angelito entre nubes, sino con los pies firmes en la tierra”, confesó en algún momento, y así ha quedado para la historia el celoso “guardián” de la bahía habanera.

(Fuente: Cubahora)

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