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Cada mañana, un vestido nuevo para África

10580241_700109103417444_3634003961282801958_n-580x329Lillian Weber hace un vestido nuevo cada día para que un niña necesitada tenga algo hermoso que llevar puesto.

A lo largo de los últimos años, Weber ha hecho más de 840 vestidos para Vestidos para África, una organización no lucrativa cristiana que distribuye ropas para las niñas pobres de África y otros lugares. Weber dice que espera llegar al número 1000 en poco tiempo.

Todo esto, sin duda, es suficientemente extraordinario, pero hay algo más que hace que su historia sea particularmente sorprendente: Ella cuenta ya 99 primaveras.

Vive en Iowa y asegura que inicia un vestido nuevo cada mañana, y después de una pausa al mediodía, termina la prenda en la tarde. “Es eso lo que me gusta hacer”, dijo Weber al Quad-City Times a principios de este año.

A pesar de que trabaja bien rápido, todavía se toma tiempo y esfuerzo para hacer cada vestido de una manera especial.

“Ella los personaliza”, dijo su hija Linda a WQAD-TV acerca de las creaciones de su madre. “Es como si no fuera suficiente hacer los vestidos, ella tiene que poner algo en la parte delantera para que se vea especial, para darle su toque”.

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Chernobyl después de Chernobyl

Por Mayli Estévez

Doce de la noche del 26 de abril de 1986: la primavera soviética recién empezaba, y en la central nuclear Vladimir Ilich Lenin de Ucrania un grupo de científicos seguía el avance de un experimento en el reactor 4.

Se suponía que, a esas horas, quienes entraran de guardia solo monitorearían el calor remanente del reactor. Una hora y 24 minutos después algo salió muy mal. Lo que hoy se conoce como la tragedia de Chernobyl resultó una explosión nuclear 500 veces más radiactiva que la de Hiroshima y Nagasaki durante la II Guerra Mundial.

La evacuación inmediata de los pobladores de Chernobyl y Pripyat privó a muchos de recoger sus pertenencias. Dos décadas después siguen en el mismo sitio sin saber de sus dueños.

La evacuación inmediata de los pobladores de Chernobyl y Pripyat privó a muchos de recoger sus pertenencias. Dos décadas después siguen en el mismo sitio sin saber de sus dueños.

Una nube de hidrógeno dentro del núcleo voló el techo de 1200 t y provocó en la planta, muy cerca del reactor 3, un incendio imposible de sofocar hasta diez días después.

La gigantesca emisión de productos de fisión llegó a la atmósfera en segundos. En el núcleo la temperatura alcanzó los 2500 °C. Aquello era arder literalmente en el infierno.

Doscientas personas fueron hospitalizadas inmediatamente: 31 murieron, 28 de ellas debido a la exposición directa a la radiación.

Pero las principales víctimas no conocían el significado de la energía nuclear. Lo que es peor, muchas nacerían después de 1986 con leucemia. Otro tipo de cáncer, como el de tiroides, se elevó a números significativos. Extrañas manchas en la piel eran un factor común entre los que sobrevivían al parto, el resto moría prematuramente, con cifras alarmantes tanto en Ucrania como en Bielorrusia.

Cuatro años después, el 29 de marzo de 1990, un primer gran grupo de 139 niños bajaron las escalerillas de un avión en un país donde, según les habían contado, hace mucho calor y hay playas muy lindas. Pocas cosas les animaban. Llevaban casi un lustro de desplazamientos forzados debido a la radiación en su lugar de origen. Por un lado, el factor psicológico los mantenía en tensión permanente; por el otro, el económico los había dejado a merced de la ayuda internacional.

Para colmo, cargaban un sobrenombre que les recordará por siempre el origen de su tragedia personal: «los niños de Chernobyl».

Con su arribo a la isla, Cuba escribe una de las páginas más hermosas y poco difundidas de la historia universal. Y hermosa suena exiguo. Pocos meses después, el proyecto revolucionario recibió un duro golpe. El desplome del campo soviético les privó de mucho, excepto de un cargamento que no llegaría a través de ninguna ayuda del CAME, y se llama humanismo. A la Mayor de las Antillas no le sobraba nada después de 1990, pero compartió lo poco que tenía.

Cuba no fue la única nación que asistió a las víctimas de la catástrofe nuclear, pero sí la única que organizó un programa integral de salud masivo y gratuito, vigente todavía. Desde entonces, viven en la antigua ciudad escolar de Tarará, a unos 20 km al este de la capital antillana.

Dos décadas después la cifra suma más de 25 000 atendidos, en su mayoría niños, huérfanos casi todos.

El último reactor de Chernobyl en funcionamiento fue apagado el 15 de diciembre de 2000. El accidentado aún conserva el 95 % de su material radiactivo original, y la exposición a las duras condiciones meteorológicas del lugar amenaza con nuevas fugas. La zona está deshabitada, con edificios fantasmas y un parque de diversiones que hace mucho olvidó esa palabra.

El próximo accidente nuclear de la envergadura de Chernobyl pudiera suceder en el propio Chernobyl. Mientras, Cuba sigue curando las cicatrices en la piel y el alma de aquellos que todavía se preguntan: ¿por qué yo?, ¿por qué aquí?