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“La lengua es la identidad de los pueblos”

Entrevista a la doctora Nuria Gregori Torada, directora del Instituto de Literatura y Lingüística.

Por Onaisys Fonticoba

NuriaLa primera vez que entrevisté a la doctora Nuria Gregori Torada, su personalidad me pareció tan grande como la sonoridad de su nombre. Llegamos al Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor” (ILL) por un trabajo de clase sobre la Sociedad Económica Amigos del País (SEAP), pues comparten el mismo enclave.

La Doctora, además de dirigir el ILL, también era (y es) vicepresidenta de la SEAP, de modo que aquel encuentro, más que la entrevista que pretendimos hacer, fue un recorrido por la historia de Cuba y de nuestra identidad.

Cinco años después, Nuria Gregori aún me parece grande. Y no es por sus aportes al estudio de la Lengua Española, o por su labor como presidenta del Consejo de Ciencias Sociales del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente; como académica de Mérito de la Academia de Ciencias de Cuba; miembro de la Academia Cubana de la Lengua, o como Correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

Sin demeritar alguna de esas funciones —a las cuales podrían sumarse otras no menos importantes—, debo confesar que la admiración proviene de su entrega total a los proyectos que realiza, de su profunda convicción patriótica, de su modestia, y de su empuje a favor del mejoramiento humano.

El despacho estaba casi igual que años atrás: libros, libros por doquier, más libros que aire…, y no podía ser de otra manera, en el Instituto se atesoran materiales hace más de dos siglos, desde que su biblioteca —la más antigua de Cuba— perteneciera a la Sociedad Económica Amigos del País, fundada en 1793.

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La Academia, el diccionario y la Iglesia

Por Ricardo Soca

Una de las condiciones que la buena práctica lexicográfica exige a los autores de diccionarios es que sus obras queden libres de la ideología de quienes los escriben, de tal manera que puedan ser consultados sin interferencias ideológicas por lectores de todas las creencias y posturas sociales y políticas.

Esto no siempre es fácil, puesto que es inevitable que cada autor tenga que trabajar desde dentro de su propio sistema de ideas, de su propia concepción del mundo, pero cabe esperar que los lexicógrafos intenten dejar de lado sus creencias personales y redactar definiciones neutrales, que supongan cierta exención sobre temas que no sean estrictamente léxicos, a fin de no herir a los lectores que piensan de manera diferente.

Sin embargo, el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) —que se supone dedicado a los 450 millones de hablantes— asume abiertamente la ideología católica que marca al Reino de España, obligando a los hispanohablantes ateos, agnósticos, musulmanes, judíos o de cualquier religión que no sea la de Roma a tomar como propio un vocabulario con el que no tienen por qué identificarse.

Muchas de las acepciones del DRAE lo que se debe y lo que no se debe de acuerdo con los dogmas propios de la religión católica. Así, la expresión «temor de Dios» es definida como el miedo reverencial y respetuoso que se debe tener a Dios. Es uno de los dones del Espíritu Santo.

Una de las acepciones de ‘cielo’, según el diccionario que muchos hispanohablantes consideran como «oficial», es morada en que los ángeles, los santos y los bienaventurados gozan de la presencia de Dios.

La expresión ‘culto indebido’ se define como aquel que es supersticioso o contrario a los preceptos de la Iglesia (suponemos que se refiere a la Iglesia católica, aunque no lo diga).

El diccionario nos explica que ‘artículo de fe’ es, para los hispanohablantes, una «verdad que se debe creer como revelada por Dios, y propuesta, como tal, por la Iglesia». Y el que falta a «la fe que debe» es calificado por la Academia Española como ‘pérfido’.

En cuanto a la fundamentación de hechos que propone como verdades históricas, la «docta casa» no es demasiado rigurosa en cuanto a su exigencia con las fuentes, como sugiere su definición de ‘avemaría’: una «oración compuesta de las palabras con que el arcángel San Gabriel saludó a la Virgen María, de las que dijo Santa Isabel y de otras que añadió la Iglesia católica». Otra definición curiosa es la ‘encarnación’, que no es presentada como una respetable creencia de los católicos, sino como el acto misterioso de haber tomado carne humana el Verbo Divino en el seno de la Virgen María. Otro hecho «histórico» a ser aceptado por los hablantes de español aparece relatado en la entrada de ‘anunciación’, una de cuyas acepciones es el anuncio que el arcángel San Gabriel hizo a la Virgen del misterio de la Encarnación.

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La RAE revisará la definición de la palabra pederastia

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pederastiaCualquier persona que practique el coito anal ya no será, semánticamente hablando, un pederasta. El uso (o más bien el desuso) de esta acepción ha determinado que varios diccionarios hayan revisado o se encuentren en proceso de modificar esta entrada, para eliminar una equiparación ofensiva para muchos y que resulta más sangrante aún en plena tormenta por los escándalos de abusos de menores en el seno de la Iglesia católica. Entre los diccionarios que actualizarán la definición de pederastia al lenguaje moderno se encuentra el de referencia en lengua castellana, el de la Real Academia Española (RAE).

Aparte de abuso sexual cometido con niños, «pederastia tiene otra acepción, documentada en textos, que es la práctica del coito anal», afirma Darío Villanueva, secretario de la RAE, que recuerda que el diccionario no sólo recoge las significaciones predominantes, pues, como explica el preámbulo de la última edición impresa, este texto tiene como misión facilitar «claves para la comprensión de textos escritos desde el año 1500». Sin embargo, añade Villanueva, al tratarse de «usos que la gente no entiende como comunes, se va a revisar la entrada en la próxima edición», la vigésimo tercera, que saldrá a la venta en 2013. En ella, «la sodomía va a desaparecer como acepción segunda de pederastia», confirma. La edición online del diccionario incorporará probablemente esta enmienda antes, según Villanueva.

Pese a que los colectivos de gays y lesbianas se sienten directamente aludidos, el catedrático puntualiza que el diccionario académico «nunca ha establecido la relación entre pederastia y homosexualidad», ya que la «sodomía, que es el coito anal, se puede realizar entre personas del mismo sexo y de distinto sexo». Pero muchos otros diccionarios y traductores, tanto españoles como de lengua inglesa, sí equiparan pederastia con homosexualidad, algunos incluso como primera o única acepción.

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El hombre que lee diccionarios

Por Tom Geoghegan

Ammon Shea se pasó un año leyendo el diccionario de inglés Oxford —20 volúmenes, 21 370 páginas y 59 millones de palabras—, y considera que leer un diccionario es tan enriquecedor como leer una novela. ¿Por qué?

diccionariosPrepararse para hablar con un hombre que lee diccionarios para divertirse despierta un complejo de inseguridad por el propio vocabulario y temores de que cualquier palabra que él pronuncie sonará como una dolorosa condición médica.

Pero gracias al hecho de que Ammon Shea cree que las palabras largas no hacen más que obstaculizar las conversaciones, no hay necesidad de consultar ningún diccionario cuando explica su excéntrico hobby.

«No estoy en contra del uso de palabras largas, elaboradas o crípticas per se. Obviamente, las amo, pero me resisto a usarlas solo por usarlas».

«Uno usa las palabras como herramientas para comunicarse con personas y por eso no tiene sentido emplear, intencionalmente, una palabra que nadie más conoce», afirma Shea.

Shea, un ex empleado de una empresa de mudanzas de Nueva York, pasó 12 meses conquistando lo que él describe como el Everest de los diccionarios, el Oxford English Dictionary (OED), abriéndose camino entre los 20 volúmenes que pesan un total de 62,14 kilogramos.

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Entre el papel y la red

Por Francisco Rico 

En las dudas, se requiere el discernimiento de una autoridad, la garantía de una firma.

 

No sería ningún disparate opinar que los diccionarios en el formato tradicional de los libros son cosa del pasado.

 

En los días de internet, Google y las Wikipedia, de los e-books y los USB de memoria casi inagotable, ¿vale la pena ir a buscar una determinada información en un volumen en papel? ¿No es más ventajoso teclear una palabra y dejar que los rastreadores de la web hagan su trabajo? Sí y no.

 

El problema de internet, el gran atolladero, consiste en que ahí está todo: bueno, malo o quién sabe, y todo revuelto, todo sin filtrar. Por haber demasiado, es con frecuencia como si no hubiera nada: uno salta de un lado a otro y acaba con la misma perplejidad del comienzo.

 

Para no quedar atrapado en la red, hay que poseer el criterio y el conocimiento firmes, que precisamente es lo que suele faltarnos cuando recurrimos a un instrumento de consulta. Internet es admirable, pero no fiable: es peligroso navegar en un barco sin capitán. En las dudas, se requiere el discernimiento de una autoridad, la garantía de una firma. Pocas, más seguras que María Moliner y Joan Coromines…

 

(Tomado de www.lavanguardia.es)