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Frases célebres de Ernest Hemingway

preview-650x390-650-1437747574Nunca confundas movimiento con acción.

El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar.

La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre gente alegre.

La mejor forma de averiguar si puedes confiar en alguien es confiar en él.

¿Por qué los viejos despertarán tan temprano? ¿Será para tener un día más largo?.

La forma de pensar de las noches, no sirve de nada en las mañanas.

El hombre que ha empezado a vivir más seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera.

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El daiquirí: un cubano universal

Ernest Hemingway fue el padrino irrebatible de una bebida con una historia muy peculiar…

Por Argelio Santiesteban

????????????????????????????????????????????????????????????????Es un risueño punto de la costa sur, allá por donde se sitúa la cabeza del cocodrilo que algunos adivinan en la silueta de Cuba.

De un lado, como una muralla que esconde al firmamento septentrional, la mole de la Sierra Maestra. Del otro, el Caribe, en su forma más rotunda, la Fosa de Battle, kilómetros de profundidad en las inmensidades líquidas.

Es tan solo un lugarejo, un nombre geográfico más, perdido en la toponimia que tachona mapas de la Isla. Ah, pero cuando se le menciona, lo mismo en un pub londinense que en una taberna andaluza, no es desconocido para nadie.

Porque ese punto escondido en nuestra geografía de ensoñación se llama nada menos que Daiquirí.

LOS ANTECEDENTES

En Cuba estaban dadas todas las premisas para que se produjese el milagro. En primer lugar, un sol explosivamente radiante. Y el receptor de sus rayos, la caña, que en el portento de su quimismo los transforma en la dulce sangre de sus venas azucaradas.

Las mieles de esa yerba gigante se transformarán en líquido espirituoso, por esa maravilla de la naturaleza llamada fermentación, por fervere, “hervir”, pues tal cosa parece que hacen los caldos durante el proceso mágico.

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Hemingway, un cubano más

Por Natasha Vázquez/Ria Novosti

339c501c1463e53af0fde455a55eeaaf_LTras recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1954, quien fuera quizás el más popular escritor norteamericano del siglo XX, confesaba ante las cámaras de la televisión cubana su amor y sentido de pertenencia a esta isla del Caribe, al declararse “un cubano sato”. Una historia de amor mutuo que comenzó mucho antes (con el primer viaje del joven Ernest a Cuba en 1928) y que llega hasta nuestros días.

John y Patrick Hemingway, nietos del novelista, han venido a La Habana tras las huellas del abuelo, para celebrar aquí dos fechas importantes de su vida, los 60 años del Premio Nobel y los 80 de adquirir el yate Pilar. Ocasión propicia para promover también programas de cooperación sobre recursos naturales en el Estrecho de la Florida, que tantas veces vio navegar al novelista.

Cuatro días llenos de emociones en los que, con ellos, Papa Hemingway volvió a pasearse por Cojímar, el pueblo marinero donde atracaba cada día el Pilar; escenario de su obra maestra “El viejo y el mar”; donde vivió Gregorio Fuentes, patrón del barco y amigo; donde aún se come en La Terraza; donde los vecinos recogieron bronce y le hicieron un monumento al conocer de su muerte, donde aún le recuerdan con su gorra y pantalones cortos bromeando con los pescadores más humildes a los que dedicó sus más importantes lauros.

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Ernest Hemingway, una historia de amor con Cuba

Para los cubanos es Papa, reconocible por su sempiterna barba blanca y su tabaco, alimentando el imaginario popular…

Por Yeneily García

thumbnail-urlA 115 años de su nacimiento, en Idaho, Estados Unidos, Ernest Hemingway sigue teniendo una historia de amor con Cuba. No podemos explicarlo, pero la fascinación es mutua. Para los cubanos es Papa, reconocible por su sempiterna barba blanca y su tabaco, alimentando el imaginario popular como uno de los personajes que te puedes encontrar acodado a la barra de un bar de La Habana de los años 50.

Cuando me tocó cubrir el 14 Coloquio Ernest Hemingway en 2013, supe por primera vez de la hermandad de los Papa, unos medios tiempos norteamericanos que llevaron su entusiasmo por el autor de El viejo y el mar hasta el punto de asumir su apariencia.

Tuve la suerte de conocer a dos ganadores y un aspirante del tradicional concurso que auspicia el Sloppy Joe’s de Cayo Hueso: un actor que ganó en la versión joven y que luego se convirtió en el mejor intérprete del Premio Nobel; un carismático dueño de un bar que repite todos los años y un sencillo habitante de Tampa que meses después se llevaría a casa el tan preciado premio.

De esos encuentros rememoro a Stephen Terry —el Papa 2013— confesándome que uno de sus recuerdos más preciados fue el llegar a Cuba y recibir un abrazo de un perfecto desconocido, quien reconoció en él a la viva imagen del escritor.

“Fue mi primer día en La Habana y lo recuerdo como algo muy especial, algo que Papa me regaló”. Y yo me puse pensar en cuántas historias parecidas a la suya puede haber por ahí.

Hemingway (21 de julio de 1899-2 de julio de 1961) llegó a Cuba por primera vez en 1928, por entonces con 29 años, pero no sería hasta 1932 cuando el mar y el hotel Ambos Mundos se volvieron parte de un nudo que lo ataría fuertemente a la isla, un lazo tan apretado que luego se volvería su hogar por más de dos décadas.

Finca Vigía fue el paraíso donde concibió y escribió obras maestras. Pocos saben que fue Martha Gellhorn, su tercera esposa y también periodista, quien la descubriera para él, cansada de las habitaciones de hotel en la ruidosa Habana Vieja. Hemingway adoraba esta propiedad: su fortaleza y refugio, hogar donde sus hijos jugaban con los niños de San Francisco de Paula y sus gatos hacían literalmente lo que les daba la gana.

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