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Del idioma: Un campo celeste (3)

Por María Luisa García Moreno

Como sabes, los pueblos árabes desarrollaron antiquísimas y fabulosas culturas que  han dejado su huella en la nuestra. Durante su mayor esplendor, se extendieron por todo el norte de África, el Asia Menor y España, de la que solo los separaba el estrecho de Gibraltar. Por ocho siglos —hasta que en 1492 fueron expulsados de España—, dominaron el territorio de esa nación europea, y dejaron un importante legado, cuya expresión más significativa puede verse en la arquitectura, la música y el idioma.

Los árabes acumularon importantes conocimientos astrónomicos que explican su aporte lingüístico a esta ciencia; por eso, muchas palabras de nuestra lengua proceden del árabe y algunas están relacionadas con el tema que estamos tratando.

Un ejemplo de ello es almanaque, del árabe hispánico almanáh, «calendario», y este de manah, «alto de la caravana en el desierto para observar las estrellas que orientan la ruta».

De igual modo, está relacionado con la Astronomía acimut, del árabe as-sumūt, «dirección, cenit». El DRAE precisa: «ángulo que con el meridiano forma el círculo vertical que pasa por un punto de la esfera celeste o del globo terráqueo». Este término tiene aplicaciones tradicionales en Náutica y Cartografía; sin embargo, hoy se usa para orientar las antenas parabólicas y en la ciencia y la práctica militares, específicamente en la artillería y la aviación.

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Del idioma: Un campo celeste (2)

Por María Luisa García Moreno

El griego, lengua de una cultura que ejerció una enorme influencia en toda la civilización occidental, también ha dejado una profunda huella en nuestra lengua y, en particular, en el campo semántico relativo a la astronomía o ciencia de los astros. Sin embargo, es bueno aclarar que parte importante de esa herencia lingüística nos llega a través del latín, pues no olvides que los griegos fueron dominados por los romanos, proceso en el cual estos asimilaron la cultura griega.

Por ejemplo, el propio nombre de esta ciencia, astronomía procede en última instancia del griego astronomía, de ástron, «estrella» + nomía, nómos, «ley, norma»; de ahí que la astronomía sea la «ciencia que estudia el universo, los astros, los planetas y las nebulosas; investiga el tamaño, la composición, la posición y el movimiento de los cuerpos celestes». De ese término se derivan astronómico, astrónomo y ya en el siglo xx, astronauta, de astro + nautés, «marino», término que define al «miembro de la tripulación de una nave espacial».

Asteroide, de asteroeidés, «con forma de estrella o de astro», está formado por ástron, «estrella» + -eidés, «forma» y denomina al «astro pequeño que orbita alrededor del Sol, especialmente entre Marte y Júpiter». Astrolabio   viene de astrolábion, «antiguo aparato para medir la posición de los astros», del griego lambáno, «yo tomo la altura».

También proceden del griego cosmos, de kósmos, que significa «orden, estructura, adorno: el universo visto como un todo»; cósmos; cosmogonía, «estudio del origen y formación del universo», procedente de kosmogonía, formada por kósmos, «mundo, universo» + gónos, «creación» y cosmografía, «ciencia que realiza mapas del universo», viene de kósmos + -grafía, «descripción, escritura, tratado».

El término eclipse del griego ékleipsis, «desaparecer», se refiere al bloqueo parcial o total de la luz de un cuerpo celeste, cuando pasa detrás o a través de la sombra de otro: en un eclipse solar, la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra. En un eclipse lunar, la Luna entra en la sombra de la Tierra.

Aunque muchos otros términos como apogeo, bólido, fase, halo, meteoro, planeta… proceden del griego, quiero cerrar con dos curiosidades, en las que se aprecia la imaginación de los antiguos:

Cometa, del griego kométes, significa «cabellera larga» y da nombre al «objeto del sistema solar consistente en un núcleo denso de gases congelados y polvo, que desarrolla un halo luminoso y una cola cuando está cerca del sol». Como sabes, es también sinónimo de papalote, que procede del náhuatl papalotl, y quiere decir «mariposa».

Por su parte, la voz galaxia quiere decir «conjunto vasto de estrellas, gases y polvo que unidos por la gravedad» y también «Vía Láctea»; procede del griego galaxías, que significa «relativo a la leche», a su vez derivado de gála, gálaktos, «leche». Curioso, ¿verdad?

(Fuente: Revista Pionero, Cuba)

 

Del idioma: Un campo celeste (1)

Por María Luisa García Moreno

Como sabes, la astronomía es la «ciencia que trata de cuanto se refiere a los astros, y principalmente a las leyes de sus movimientos». Procede del latín astronomĭa, y este del griego, y recoge también el campo semántico que define el vocabulario relacionado con el espacio exterior, el cual se puede agrupar en tres series básicas: astros y planetas, instrumentos de observación y exploración, y cosmología, origen y evolución del universo.

Muchas de las palabras que componen este extenso campo semántico proceden del latín o el griego y otras, de lenguas como inglés, francés, ruso, las lenguas árabes. Hoy veremos algunas de las que proceden del latín.

Por ejemplo, constelación, formada de la combinación del elemento compositivo com-, con- + stellare, stella, «estrella», denomina un «conjunto de estrellas» y, especialmente, aquellas que tienen formas mitológicas, como Casiopea, la Osa Mayor y otras. Como se infiere de la anterior explicación, también estrella «cuerpo celeste brillante», procede de esta lengua muerta, así como su derivado estelar, de stellaris, «relacionado con las estrellas».

Igual procedencia tienen firmamento, de firmamentum, «bóveda celeste, apoyo» y «espacio exterior, cielo estrellado por la noche» y espacio, de spatium, «extensión que contiene toda la materia existente», «espacio exterior», y el adjetivo espacial «relacionado con el espacio».

Lo mismo sucede con equinoccio, de aequinoctium, de aequus, «igual» + nox, noctis, «noche», palabra que define el momento en que, por hallarse el Sol sobre el Ecuador, los días son iguales a las noches y cambia la estación: equinoccio de primavera (21 de marzo), equinoccio de otoño (23 de septiembre).

Idéntico origen tienen el término que da nombre al sol, de sol, solis, «astro central de la Vía Láctea, de cualquier estrella», y solar, de solaris, «del sol» y el que nombra al satélite de la Tierra o de otro planeta: luna, relacionada con lux, «luz», así como sus derivados lunar, de lunaris, “de la luna”; lunático, de lunaticus, originalmente «que vive en la luna», aunque hoy se refiere a «quien padece locura, no continua, sino por intervalos».

Universo, de universus, y este de unus, «uno» + versus, «girado», significa «todo lo que existe» y universal, «perteneciente o relativo al universo», «que pertenece o se extiende a todo el mundo, a todos los países, a todos los tiempos»; mundo, de mundus, «la Tierra o cualquier otro planeta» y sus derivados mundial y mundano, «perteneciente o relativo al mundo» y también «que frecuenta las fiestas y reuniones de la buena sociedad» y orbe, de orbis, «redondez, círculo; esfera terrestre o celeste» y sus parientes órbita, de orbita, orbis, «orbe, camino de un astro en su movimiento de traslación»; nebulosa, observatorio y satélite también proceden del latín, lengua muerta —porque hoy nadie la habla— que, como ves, permanece bien viva en nuestro idioma.

(Fuente: Revista Pionero, Cuba)

Una palabra rara: canguro

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st1\:*{behavior:url(#ieooui) } Por Marcelo Arduz Ruiz1

canguroEs la palabra más absurda que se pueda encontrar en todo el diccionario, sea de la Real Academia Española o en cualquier otro idioma, tomada de la versión inglesa considerada fiel traslación de la lengua australiana.

Antes que se lo conociera en el llamado mundo «civilizado», era el animal más extraño del planeta: daba enormes saltos de hasta diez metros de largo, impulsados por sus robustas patas traseras, desmesuradas en relación con el resto del cuerpo y las atrofiadas delanteras, y se valía de su larga y gruesa cola para mantener el equilibrio, cual si se tratara de una tercera pata. Además, las hembras contaban con una bolsa exterior a la altura del vientre, en la cual transportaban a sus crías.

Cuando en 1770 el navegante inglés James Cook desembarcó en el hasta entonces desconocido continente australiano, al avistar tan exótico animal y preguntar a uno de los nativos cómo se llamaba, guturalmente pronunció Kangoroo. El mozalbete naturalista Joseph Banks, que acompañaba a la tripulación, apuntó la palabra en su cuaderno de notas prestamente, sin sospechar que en el futuro el animal sería conocido por aquel nombre.

Pasados los años, los británicos descubrieron que kun-u-ru, en una de las más de 250 lenguas nativas de la isla, significaba simplemente «no entiendo», pero ya nada se pudo hacer para cambiar su nominación, pues la especie nominada de aquel modo era ya famosa a escala universal.

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Curiosidades en el lenguaje

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Por Marcelo Arduz Ruiz*

camelloCAMÉLIDO

Del latín camelus: camello, y el griego eidos: forma. Familia de grandes rumiantes, de labio superior partido. La dentadura cuenta con dos incisivos en la quijada superior, seis incisivos inferiores y dos colmillos en cada quijada. Son los únicos mamíferos que presentan cierta osificación en el diafragma, y el estómago se divide en tres cavidades en vez de cuatro, como otros rumiantes; además carece de cuernos como la mayoría de los rumiantes. A diferencia de las otras especies de artiodáctilos, sus dedos no se hallan envueltos en cascos, sino protegidos por pezuñas anchas, planas y acolchadas, que les permiten desplazarse con facilidad sobre la blanda arena o roca dura.

La principal especie es el camello (Camelus bactrinus), que da nombre a toda la familia, a partir de la voz de origen arameo gamal, derivada en el latín camelus o camellus. Es oriundo del Asia Central, más alto que el caballo y con cuello largo, mide dos metros de altura y hasta tres de longitud; está provisto de dos jorobas por acumulación de tejido adiposo, que ante carencia de alimentos y agua puede ser absorbido por el resto del cuerpo. En ellas almacena grasas para usarlas después; se muestran duras y abultadas; pero a falta de comida se aflojan y parecen vacías.

Por generar metabolismo a partir de grasas, es valorada su resistencia al calor y la arena del desierto, además de contar con pestañas adecuadas y los orificios nasales que, en caso de tempestades, se cierran como ventanas. Con agua suficiente puede recorrer 160 kilómetros por hora, y en caso necesario aguanta más de una semana sin líquido y es capaz de mantener una marcha promedio de 10 a 16 kilómetros por hora los primeros días.

Aunque con la concentración de grasa en un solo punto, tolera mejor la deshidratación y el calor, mediante la elevación o reducción de la temperatura del cuerpo; en contrapartida, al no contar como otros mamíferos con la grasa distribuida por todo el cuerpo, es más vulnerable al frío que otras especies, falencia que en invierno compensa al contar con un pelaje muy largo y abundante.

Otra especie del mismo género es el camello árabe o dromedario (Camelos dromedarios), muy difundido en todo el norte de África, que se distingue por contar con una sola joroba y el pelo corto color arena. La variedad de formas más ligeras es preciada para la carrera, pues recorre fácilmente de 130 a 150 kilómetros por día, lo que da origen a la etimología del animal (del griego dromos: carrera); mientras la de formas más pesadas transporta 400 ó 600 kilogramos al día, y recorre de 10 a 12 leguas al día, sin beber ni comer entre nueve y 11 días.

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