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En Cuba: ¿La hora de la tarea o del pellizco?

Por Vladia Rubio

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A la realización de los deberes escolares en casa parece estar acompañándola en ocasiones una dosis de violencia familiar hacia el menor no siempre visualizada ni calibrada en su gravedad.

—¡Que yo me entere que el chiquito ese volvió a ponerte un dedo encima! ¡Todavía no ha nacido el que pueda maltratar a mi hijo!

La última frase Carolina la pronunció a voz en cuello parada en la ventana, para que el vecinito conflictivo, y todo aquel que quisiera, en una cuadra a la redonda, se enteraran.

Resulta usual que las madres declaren y sientan profundo amor por sus hijos, al punto de estar dispuestas a defenderlos de lo que supongan sea cualquier amenaza. Lo paradójico es que, junto a tan legítimos sentimientos, a veces sean ellas mismas quienes, sin saberlo y creyendo hacer lo mejor, les maltratan.

Una hora después del incidente que transformó a Carolina en una leona defendiendo a su cachorro, igual furia destellaban sus ojos, sus palabras y también sus acciones, pero esta vez dirigidos al niño, que se encogía como un caracol sobre la libreta escolar en que trataba de hacer la tarea. Como no le salían bien las cosas, había borrado muchas veces, y la hoja rayada exhibía, casi en el centro, un acusador agujerito, catalizador del descontrol materno.

Y no es que Carolina fuera una desequilibrada. Había llegado hacía dos horas de su trabajo como técnica de laboratorio en un centro farmacéutico. Y apenas sin sacudirse las pesadillas del P-4, se había puesto a recoger las cosas que en la mañana su marido y el niño habían dejado fuera de lugar. Simultáneamente, preparaba el baño de la madre diabética y le daba las medicinas, para luego fajarse con la preparación de una comida cuyo menú debía ponerse a inventar.

Justo en el momento en que descubrió que no le quedaba ni una gota de aceite para freír las croquetas criollas, escuchó al marido quejándose porque el perro le había mordido una chancleta y, a la vez, al niño rezongar con un «ñooo» bajito, mientras borraba por cuarta vez la respuesta de la tarea. La tarea que parecía no acabar nunca, y todavía él debía bañarse después de la abuela antes de sentarse a comer.

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Recordando a mi abuelo Antonio

Hoy me propongo recordar a alguien que no tuve la dicha de conocer personalmente, pero siempre ha sido una figura importante para mí. Se trata de Antonio Gámez Marichal, mi abuelo materno, nacido el 5 de diciembre de 1896 en Vallehermoso, La Gomera, Islas Canarias.

mi abuelo Antonio Gámez

Muy joven dejó su tierra natal, como muchos otros españoles de aquella época, para evadir el servicio militar y a la vez buscar nuevos horizontes que le permitieran mejorar las condiciones de vida.

Al llegar a Cuba se estableció en una colonia llamada Columbia, perteneciente al central España, en la provincia de Matanzas. Allí trabajó en labores del ferrocarril, específicamente en el chucho del central.

En esa colonia conoció a la joven Guillermina Carmona Romero, y al poco tiempo decidieron unirse y crear una familia. De dicha unión nacieron seis hijos: Luis, Andrés, Sarah (mi madre), Antonio, Carmelina y Marcelo.

Más tarde, en diciembre de 1929, le ofrecieron trabajo en el ferrocarril de Santa Clara, y la familia se trasladó hacia esta ciudad. Se establecieron en el reparto Dobarganes, hoy Osvaldo Herrera, por la cercanía de la estación de ferrocarril.

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Mis 3 de diciembre

Durante el año se suceden las más diversas celebraciones. Unas son de alcance universal y otras tienen valor en un marco más limitado.  

Y precisamente hoy deseo compartir con las personas que visiten este blog, la significación que, por azar, adquirió el 3 de diciembre en mi familia. 

El primer hecho tuvo lugar el 3 de diciembre de 1958, cuando Sarah y Emiliano —que serían luego mis padres— contrajeron matrimonio, en la iglesia de La Catedral, en esta ciudad de Santa Clara, de lo cual es una evidencia la siguiente fotografía. 

matrimonio

Los días de la dictadura batistiana estaban contados ante el impulso de la lucha revolucionaria, y ellos se vieron imposibilitados de salir de la ciudad a celebrar su luna de miel, que transcurrió en el hotel Modelo, de la calle Maceo.  


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28 de septiembre

Por Armando Hart Dávaloscdr

Hace 48 años, hablando en la terraza norte del antiguo Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución, Fidel llamó al pueblo a organizarse en todo el país para enfrentar las acciones de la contrarrevolución interna y externa. Nacieron entonces los Comités de Defensa de la Revolución, esa formidable organización de masas que ha asumido numerosas tareas en todos estos años, entre ellas la de mantener la vigilancia revolucionaria del pueblo.

Hoy, con toda esa formidable experiencia acumulada y en medio de las complejidades de la actual situación nacional e internacional es válido preguntarse: ¿cuáles debieran ser sus tareas priorizadas para hoy?

La respuesta de numerosas familias, tras el paso de los huracanes Ike y Gustav, en diversas regiones del país, brindando sus casas para instalar en ellas aulas como una contribución al reinicio del curso escolar me confirman en la justeza de algo sobre lo que hace tiempo vengo insistiendo referido a la importancia de la familia como núcleo movilizador de carácter social vinculado a la escuela y a la comunidad.

Estamos persuadidos de la necesidad de llevar a cabo un proceso de análisis que tomando como punto de partida la experiencia de la educación de masas, nos guíe en la creación en cada barrio, municipio, provincia y a nivel de la nación, de un grupo coordinador adscrito al Poder Popular integrado por la representación de la familia, la escuela, la comunidad y los medios masivos. Esto con el objetivo de articular y promover las ideas de Fidel en la cultura de todo el pueblo y, por tanto, en sus ideas pedagógicas.

Hoy, al calor de este aniversario 48 de los CDR, pienso que por ahí anda una de sus más importantes tareas. Familia, escuela y comunidad articuladas desde la base hasta la cúspide pueden ser un instrumento de enorme importancia para la movilización social. Casi medio siglo después, invito a los CDR a estudiar, con la experiencia adquirida y sin renunciar a su rico patrimonio en otros frentes, estas nuevas formas que puede alcanzar el movimiento social que necesita no solo Cuba, sino el mundo.
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El vestuario de las palabras (II): aliados innegables

“Mis hijos no tienen faltas de ortografía y en los tiempos que corren eso es increíble”, aseguró Blanca Sorribes Amores, madre de Eduardo y Alberto Fernández, alumnos de la enseñanza técnica y profesional, y de 6to. grado, respectivamente.
palabras

“El más pequeño ha tenido mucha suerte —dijo—, pues hasta 3er. grado tuvo una maestra emergente magnífica, hija de educadores y con una verdadera vocación para el magisterio. Luego, en 4to., cambió el ciclo, el docente, y la situación fue otra. El nuevo educador presentaba dificultades para escribir correctamente. No me gustó y preferí trasladar de escuela al niño”.

Licenciada en Biología y especialista en Relaciones Públicas del Jardín Botánico Nacional, Blanca señaló que la preocupación de los padres y la colaboración con la escuela es de suma importancia para el aprendizaje de los pequeños.

“Conocer la lengua materna es esencial —subrayó—, porque de ella depende poder leer, escribir y comunicarse bien durante toda la vida. Por lo tanto, no concibo que un profesional tenga una ortografía deficiente, sobre todo en este país, que se ha propuesto universalizar los estudios superiores.

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¿Cómo escriben nuestros escolares?: El vestuario de las palabras (I)

Lo más común es encontrar quienes cometen descuidos al no revisar, o no saben hacerlo, según opina una especialista del Instituto Central de Ciencias Pedagógicas. 

quijote“El maestro de mi niña escribe en la pizarra con faltas de ortografía” o “mi hijo está en la secundaria y aún comete errores ortográficos”, son frases recurrentes hoy en la familia cubana.

Muchos padres culpan al sistema de enseñanza, a la escuela, a los maestros, sobre todo a los jóvenes. Sin embargo, ¿constituye la ortografía una asignatura pendiente solo para los educadores?, ¿qué apoyo se recibe del hogar?, ¿se revisan las libretas de los muchachos?, ¿alguien en la casa se preocupa por conocer cómo escriben los escolares?

Según explicó Mayté Jiménez Rivero, máster en Didáctica de la Literatura y la Lengua, del Grupo de Evaluación de la Calidad de la Educación, del Instituto Central de Ciencias Pedagógicas (ICCP), lo más común es encontrar quienes cometen descuidos al no revisar, o no saben hacerlo.
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