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¿No ver, no oír, no hablar?

Por Betty Beatón Ruiz

Ver-oir-y-callarNo veo, no oigo, no hablo, he ahí la filosofía de Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, más conocidos como los tres monos sabios, místicas figuras de origen asiático que, según se dice, fueron enviados a la tierra por los dioses para delatar las malas acciones de los humanos, esos que con el ir y venir de los años trastrocaron la leyenda, asumiéndola bajo el presupuesto de que es mejor no ver, no escuchar, no hablar, con tal de evitarse problemas.

Tal actitud, esa de no complicarse la vida, de vivir al margen de lo que sucede en torno a uno, ha ido poco a poco calando el pensamiento y el actuar de unos cuantos, y a la luz de estos días bien pudiera decirse que los tres monos, alterados en su esencia, conviven en diversos espacios laborales del país.

Al margen de lo que las estadísticas reflejen o no en cuanto al incremento o descenso del delito, no hay cubano que desconozca una verdad escrita sin medias tintas ni palabras adornadas: el robo de los recursos del Estado es un mal que nos ronda día a día, que muchos conocen y pocos enfrentan.

Tejas y bolsas de cemento que se esfuman de un almacén, computadoras que se pierden de oficinas, petróleo y gasolina que se evaporan de tanques, y tarjetas magnéticas, harina, pollo, leche en polvo o aceite contabilizados solo en papeles… son ejemplos de la cotidianidad en la que cientos de recursos, incluso los más impensados, desvían su rumbo originario para irse por caminos subterráneos ante los ojos, los oídos y las bocas de cientos de personas que parecen calcar las poses de los tres monos sabios: no veo, no oigo, no hablo.

Y si dañina es esa complicidad silenciosa, ciega y sorda de los individuos de manera aislada, resulta peor cuando alcanza connotaciones públicas; es decir, cuando en las propias instituciones de producción o servicios la organización sindical hace invisible el fenómeno al no ubicarlo como prioridad dentro de su agenda, al no situarlo en la diana del debate, en las asambleas de afiliados, o tratándolo tan epidérmicamente que tal parece parte y no juez.

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Una generación de extraños

Por Umberto Eco

realidad virtualCreo que la de Michel Serres es la mejor mente filosófica que existe en Francia hoy en día. Y como cualquier buen filósofo, Serres es capaz de reflexionar sobre los asuntos actuales tan bien como sobre los sucesos históricos. Desvergonzadamente, voy a basar esta columna en el ensayo espléndido que Serres escribió el mes pasado para Le Monde, en el que nos recuerda asuntos que conciernen a la juventud actual: los hijos de mis lectores jóvenes y los nietos de nosotros, los viejos.

Para empezar, la mayoría de estos niños o nietos nunca ha visto un cerdo, una vaca o un pollo. Una observación que me recuerda una encuesta realizada hace aproximadamente 30 años en Estados Unidos. Reveló que la mayoría de los niños en Nueva York creían que la leche, que ellos veían que se vendía en recipientes en el supermercado, era un producto hecho por el hombre, como la Coca-Cola. Los seres humanos modernos ya no están acostumbrados a vivir en la naturaleza; sólo conocen la ciudad.

También me gustaría señalar que, al salir de vacaciones, la mayoría de ellos se aloja en lo que el antropólogo Marc Augé ha definido como “no lugares”: espacios de circulación, consumo y comunicación homogenizados. Las villas de los hoteles de lujo o resorts son notablemente similares a, digamos, el aeropuerto de Singapur, cada una de ellas dotada de una naturaleza perfectamente ordenada y limpia, arcadiana, totalmente artificial. Estamos en medio de una de las mayores revoluciones antropológicas desde la Era Neolítica. Los niños de hoy viven en un mundo sobrepoblado, con una expectativa de vida cercana a los 80 años. Y, dada la creciente longevidad de las generaciones de sus padres y abuelos, tienen menos probabilidades de recibir sus herencias antes de que estén al borde de la vejez.

Una persona nacida en Europa durante los 60 últimos años no ha conocido la guerra. Y, habiéndose beneficiado de los progresos de la medicina, no ha sufrido tanto como sus antepasados. La generación de sus padres tuvo hijos a mayor edad de lo que era usual en la generación de sus abuelos, y es muy posible que sus padres estén divorciados. En la escuela, estudió al lado de niños de otros colores, religiones y costumbres; esto lleva a Serres a preguntarse cuánto tiempo más los escolares en Francia cantarán La Marsellesa, que contiene una referencia a la “sangre impura” de los extranjeros. ¿Qué obras literarias puede todavía disfrutar y con cuáles establecer una conexión, dado que nunca ha conocido la vida rústica, la vendimia de uvas, las invasiones militares, los monumentos a los caídos, los estandartes perforados por balas enemigas o la urgencia vital de la moralidad?

Su pensamiento ha sido formado por medios de comunicación que reducen la permanencia de un suceso a una breve frase e imágenes fugaces, fieles a la sabiduría convencional de los lapsos de atención de siete segundos y las respuestas de los programas de concurso con respuestas que se deben dar en quince segundos. Y esos medios de comunicación le muestran cosas que no vería en su vida cotidiana: cadáveres ensangrentados, ruinas, devastación. “Al llegar a los 12 años de edad, los adultos ya han forzado (a los niños) a ser testigos de 20.000 asesinatos”, escribe Serres.

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