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Cuba y los «derechos» del consumidor

Por Yuris Nórido

Además de los problemas con el abastecimiento, la cuestionable calidad de muchos productos y servicios, y la complicada política de precios… el consumidor cubano sufre la escasa protección de sus derechos.

0f4eda1c2d4f842baa072d14daace511_LEl consumidor cubano (o sea, la inmensa mayoría de los cubanos) necesita hace un buen tiempo una ley de protección de sus derechos. No bastan medidas puntuales, resoluciones o circulares. No bastan, porque no tienen la fuerza de lo legislado, y por lo tanto, se ignoran.

Teniendo en cuenta las permanentes irregularidades a las que están sometidos los clientes de centros comerciales y de servicio, se impone dar una respuesta legal, contundente.

La poca (muchas veces, nula) observancia de las medidas de protección al consumidor es uno de los problemas que afectan al usuario en Cuba. Hay otros, por supuesto:

a) Irregularidad en el abastecimiento, falta cíclica de productos básicos, ya sea por incumplimientos de los proveedores de las materias primas o por dificultades de la producción nacional;

b) cuestionable calidad de las mercancías y servicios, desbalance evidente entre el precio y la calidad de los productos;

c) política de precios poco diáfana, casi siempre desproporcionada;

d) incoherencias y vacíos en los mecanismos de garantía comercial, imposibilidad casi absoluta de efectuar devoluciones;

e) escasez de iniciativas de promoción, anárquicas políticas de rebajas de precios;

f) poca preparación y sensibilidad de buena parte del personal que atiende al público, maltrato, desinformación, apatía;

g) rigidez en los horarios de servicio (la mayoría funciona en horario laborable, para dificultad de la población que trabaja), cierre injustificado antes de hora…

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Técnica gallega, manos americanas

Por Caius Apicius

Partamos de una realidad: la palabra «tortilla» sugiere imágenes muy diferentes en quien la oye según sea este español, mexicano o chileno, para cada uno de los cuales una tortilla es una cosa diferente. Apelemos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, que define tortilla como una «fritada de huevo batido, en forma redonda o alargada, a la cual se añade a veces algún otro ingrediente». Impreciso, pero básicamente correcto.

Luego nos dice que en México, América Central, Puerto Rico y la República Dominicana es un «alimento en forma circular y aplanada, para acompañar la comida, que se hace con masa de maíz hervido en agua con cal, y se cuece en el comal». Añade que es algo «fundamental en la alimentación de estos países». Finalmente, y para el noroeste de Argentina, Bolivia y Chile, tortilla sería una «pequeña torta chata, por lo común salada, hecha con harina de trigo o maíz y cocida en el rescoldo».

Diccionario al margen, lo cierto es que cuando un español dice «tortilla» está pensando en lo que algunos llaman tortilla española, en oposición a la tortilla francesa o a la francesa, pero que la mayoría conoce sencillamente como tortilla de patatas.

Seamos serios: cuando un ciudadano madrileño, o andaluz, o gallego, o de donde sea, anuncia «voy a tomarme un pincho de tortilla» todos sabemos a qué se refiere: a una cuña de tortilla de patatas, no a un corte de tortilla a la francesa, ni de tortilla de gambas… No: tortilla de patatas, que es el tentempié más habitual de las barras españolas a media mañana.
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