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El rostro de esta mujer no engaña

Por José Aurelio Paz

Vilma EspínEso me dije la tarde en que abracé a Nemesia, La Flor Carbonera. El ataque a Girón, en la Ciénaga de Zapata, no solo la había dejado huérfana de sus anhelados zapaticos blancos, cuando pretendían escapar de la comunidad de Soplillar donde vivían, bajo aquel bombardeo. Mas a pesar de los años, no había perdido la humildad, la sencillez ni la frescura infantil de aquella niña campesina.

Nemesia aún vivía el asombro de que un gran poeta como el Indio Naborí la hubiera inmortalizado en sus versos, cuando escribiera aquel estremecedor soneto donde decía, más con el corazón que con la poesía, “Vengo de allá, de la Ciénaga,/ del redimido pantano./ Traigo un manojo de anécdotas/ profundas, que se me entraron/ por el tronco de la sangre/ hasta la raíz del llanto./ Oídme la historia triste/ de unos zapaticos blancos…”

No recuerdo por qué extraño sortilegio saltó de sus labios, en aquella conversación, el nombre de Vilma y se le encendieron los ojos como dos carbones especiales, dentro de aquella tierra carbonera entre ciénaga y pantano. Quizá me quería decir, y no le alcanzaban las palabras, que a ella le hubiera gustado estar en la piel de alguna de las heroínas que abrazaron a la Revolución desde la propia Sierra. La “trepadora” Celia que lo envolvía todo con su pasión de orquídea aferrada al tronco de su pueblo que le daba la sabia para que respirara, había mandado a Naborí a escribir los meridianos versos, cuando ahora los zapatos blancos (como aquellos de rosa “guardados en un cristal…”) son la evidencia más atroz, desde el museo donde reposan, de la barbarie yanqui y los sueños destrozados de una niña.

“El rostro de esta mujer no engaña”, pensé, también, la tarde en que conocí a Vilma, cuando, como presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas, me entregaba un premio en un concurso literario sobre la mujer. Era la altivez de la palma mezclada con la sencillez diáfana del río. “La revolucionaria más bonita” —como le había llamado su hija Celia Hart Santamaría en un artículo lleno de dolor y admiración por no haber podido estar presente en aquel junio de 2007, cuando palideció la mariposa y se deshizo en humus—, había estrechado mi mano y me había dado un beso para premiarme doblemente.

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