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Habanera, un ritmo madre

A propósito de haberse celebrado recientemente el XXIII Festival de Habaneras en La Habana, ofrecemos este trabajo sobre ese género musical y la canción La paloma, la habanera más famosa del mundo.

habaneraLa habanera fue una música de «fundación», un ritmo madre que alimentó y sirvió como elemento regulador, como patrón y métrica, en sus inicios, de muchos de los ritmos de América: el jazz, el tango, la samba, el merengue, la danza mexicana, y muchas otras músicas hispanoamericanas como el pasodoble español, buena parte de la canción napolitana, la zarzuela y la ópera.

«Su poder de sugestión alcanzó cotas insospechadas; su poder de omnipresencia se debe al hecho de la facilidad en que entra a formar parte de las más diversas culturas musicales», asegura el estudioso Faustino Núñez.

La danza habanera tiene su origen en la contradanza francesa y la inglesa, a partir de su acriollamiento por los negros y mulatos cubanos. Llegó como baile de figuras a fines del siglo XVIII, a través de la tonadilla escénica española, desde Nueva Orleans y Jamaica.

Se incrementó a partir de 1762, por la toma de La Habana por los ingleses, y con la entrada a la Isla de los negros franceses que venían huyendo de la Revolución de Haití. Sus ritmos de tango o tango congo, dejaron una profunda huella en el posterior desarrollo de la música popular y folclórica.

El estreno de la primera obra con rasgos de habanera se enmarca en 1841, en el habanero Café de La Lonja, a la entrada de la calle O´Reilly, junto a la Plaza de Armas y a un costado de la Capitanía General. Fue un hecho de verdadera trascendencia nacional y el inicio de lo que consolidaría después a la habanera como género musical.

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Caruso en La Habana

Por Ciro Bianchi Ross

carusoLa vida teatral habanera fue intensa durante las tres primeras décadas del siglo XX. Se daba el caso de que noche a noche ocho teatros abrieran sus puertas para la presentación de distintos géneros teatrales. No era raro entonces el empeño de compañías europeas de venir a la capital cubana a “hacer la América”. Si triunfaban aquí, tenían garantizado el éxito en otras latitudes americanas; si no, ya podían volverse a Europa con el rabo entre las piernas y los bolsillos vacíos.

En cuanto a la música, la ópera seguía siendo entonces el espectáculo preferido. Y La Habana igualaba y superaba a las más importantes urbes europeas y norteamericanas por la brillantez de los conjuntos operísticos que acogía. En una fecha tan temprana como 1776 abrió sus puertas el primer teatro de óperas con que contó la capital de la Isla. “Un teatro de óperas como no lo había en el mundo en aquella época. No lo había en los Estados Unidos aún ni en otras ciudades de América”, afirmaba Alejo Carpentier.

Precisaba el novelista de Los pasos perdidos que en aquellos comienzos del siglo XX, “la ópera italiana era un pretexto para toda una exhibición de vanidades, de modas, de cosas. Con un calor infernal y sin aire acondicionado la gente venía de frac y chistera y las mujeres traían pieles de cibelina y casi largaban el pellejo”.

Carpentier no dejaba de reconocer, sin embargo, que entre 1912 y 1921 se dieron en el Teatro Nacional “las temporadas de ópera más fabulosas que pudieran verse”. En abril de 1915, con motivo de la inauguración de dicho teatro, que se llamó Tacón hasta entonces, vino a La Habana una compañía compuesta por artistas de mucho renombre bajo la conducción del maestro Tulio Serafín. Y en 1920 estaba aquí Enrico Caruso para actuar junto a María Barrientos, Gabriela Bensanzoni, María Luisa Escobar, Flora Perini, Ricardo Stracciari y José Mardones.

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