Archivo de la etiqueta: Indio Naborí

La mañana luminosa

Por Jesús Orta Ruiz (el Indio Naborí)

Fidel en Santa Clara

¡Primero de Enero!
Luminosamente surge la mañana.
¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero
de la redimida bandera cubana.
El aire se llena de alegres clamores.
Se cruzan las almas saludos y besos,
y en todas las tumbas de nobles caídos
revientan las flores y cantan los huesos.
Pasa un jubiloso ciclón de banderas
y de brazaletes de azabache y grana.
Mueve el entusiasmo balcones y aceras,
grita desde el marco de cada ventana.
A la luz del día se abren las prisiones
y se abren los brazos: se abre la alegría
como rosa roja en los corazones
de madres enfermas de melancolía:
Jóvenes barbudos, rebeldes diamantes
con trajes olivo bajan de las lomas,
y por su dulzura los héroes triunfantes
parecen armadas y bravas palomas.
Vienen vencedores del hambre, la bala y el frío
por el ojo alerta del campesinado
y el amparo abierto de cada bohío.
Vienen con un triunfo de fusil y arado.
Vienen con sonrisa de hermano y amigo.
Vienen con fragancia de vida rural.
Vienen con las armas que al ciego enemigo
quitó el ideal.
Vienen con el ansia del pueblo encendido.
Vienen con el aire y el amanecer
y, sencillamente, como el que ha cumplido
un simple deber.
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El rostro de esta mujer no engaña

Por José Aurelio Paz

Vilma EspínEso me dije la tarde en que abracé a Nemesia, La Flor Carbonera. El ataque a Girón, en la Ciénaga de Zapata, no solo la había dejado huérfana de sus anhelados zapaticos blancos, cuando pretendían escapar de la comunidad de Soplillar donde vivían, bajo aquel bombardeo. Mas a pesar de los años, no había perdido la humildad, la sencillez ni la frescura infantil de aquella niña campesina.

Nemesia aún vivía el asombro de que un gran poeta como el Indio Naborí la hubiera inmortalizado en sus versos, cuando escribiera aquel estremecedor soneto donde decía, más con el corazón que con la poesía, «Vengo de allá, de la Ciénaga,/ del redimido pantano./ Traigo un manojo de anécdotas/ profundas, que se me entraron/ por el tronco de la sangre/ hasta la raíz del llanto./ Oídme la historia triste/ de unos zapaticos blancos…»

No recuerdo por qué extraño sortilegio saltó de sus labios, en aquella conversación, el nombre de Vilma y se le encendieron los ojos como dos carbones especiales, dentro de aquella tierra carbonera entre ciénaga y pantano. Quizá me quería decir, y no le alcanzaban las palabras, que a ella le hubiera gustado estar en la piel de alguna de las heroínas que abrazaron a la Revolución desde la propia Sierra. La «trepadora» Celia que lo envolvía todo con su pasión de orquídea aferrada al tronco de su pueblo que le daba la sabia para que respirara, había mandado a Naborí a escribir los meridianos versos, cuando ahora los zapatos blancos (como aquellos de rosa «guardados en un cristal…») son la evidencia más atroz, desde el museo donde reposan, de la barbarie yanqui y los sueños destrozados de una niña.

«El rostro de esta mujer no engaña», pensé, también, la tarde en que conocí a Vilma, cuando, como presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas, me entregaba un premio en un concurso literario sobre la mujer. Era la altivez de la palma mezclada con la sencillez diáfana del río. «La revolucionaria más bonita» —como le había llamado su hija Celia Hart Santamaría en un artículo lleno de dolor y admiración por no haber podido estar presente en aquel junio de 2007, cuando palideció la mariposa y se deshizo en humus—, había estrechado mi mano y me había dado un beso para premiarme doblemente.

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Era la mañana de la Santa Ana

Mañana 26 de julio, se celebrará en la Plaza de la Revolución Ernesto Che Guevara, de Santa Clara, el acto central por el Día de la Rebeldía Nacional.

La heroica gesta de la Generación del Centenario —como se les conoce a los jóvenes que protagonizaron los asaltos a los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo,  y Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953— tuvo un trágico final, pero enseñó a los cubanos a convertir los reveses en victoria.

Deseo compartir con los lectores este poema del cubano Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, dedicado a tan gloriosa fecha para todos los cubanos.

ERA LA MAÑANA DE LA SANTA ANA…

Era la mañana
de la Santa Ana,
mañana de julio pintada de rosa.
Nadie presentía que saldría el Sol
por la silenciosa
granja de Tizol.
Santiago el Apóstol, marchito, dormía
como derribado por la algarabía
de conga y charanga, locura y alcohol.
Era la mañana
de la Santa Ana…
¡Oh, la incubadora
de la redentora
granja Siboney!
¡Qué gloriosos gallos dieron a la aurora
viejas y olvidadas posturas de Hatuey!
…….

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