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Del idioma: Un campo celeste (3)

Por María Luisa García Moreno

Como sabes, los pueblos árabes desarrollaron antiquísimas y fabulosas culturas que  han dejado su huella en la nuestra. Durante su mayor esplendor, se extendieron por todo el norte de África, el Asia Menor y España, de la que solo los separaba el estrecho de Gibraltar. Por ocho siglos —hasta que en 1492 fueron expulsados de España—, dominaron el territorio de esa nación europea, y dejaron un importante legado, cuya expresión más significativa puede verse en la arquitectura, la música y el idioma.

Los árabes acumularon importantes conocimientos astrónomicos que explican su aporte lingüístico a esta ciencia; por eso, muchas palabras de nuestra lengua proceden del árabe y algunas están relacionadas con el tema que estamos tratando.

Un ejemplo de ello es almanaque, del árabe hispánico almanáh, «calendario», y este de manah, «alto de la caravana en el desierto para observar las estrellas que orientan la ruta».

De igual modo, está relacionado con la Astronomía acimut, del árabe as-sumūt, «dirección, cenit». El DRAE precisa: «ángulo que con el meridiano forma el círculo vertical que pasa por un punto de la esfera celeste o del globo terráqueo». Este término tiene aplicaciones tradicionales en Náutica y Cartografía; sin embargo, hoy se usa para orientar las antenas parabólicas y en la ciencia y la práctica militares, específicamente en la artillería y la aviación.

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«Hacer clic, clicar y cliquear», formas válidas en español

En español existen tres formas diferentes para expresar la acción de pulsar alguno de los botones del ratón: hacer clic, clicar y cliquear.

La expresión hacer clic se creó a partir de la voz clic, que según el Diccionario académico es la ‘onomatopeya usada para reproducir ciertos sonidos, como el que se produce al apretar el gatillo de un arma, pulsar un interruptor’, y también la ‘pulsación que se hace en alguno de los botones del ratón de un ordenador para dar una instrucción tras haber señalado un enlace o icono en la pantalla’.

Con esa misma palabra se creó el verbo clicar (que se conjuga igual que picar) y está recogido en varios diccionarios de uso del español actual con el significado de ‘pulsar alguno de los botones del ratón (en Hispanoamérica mouse) de la computadora’.

Por último, a partir de clic también se formó el verbo cliquear (que se conjuga como saquear), que es la forma preferida en algunos países de América.

(Fuente: Fundéu)

Rescate de palabras moribundas

Evitar que caigan en el olvido voces como ababol, archiperres, chiticalla, encocorar, siguemepollo o zorrocloco es uno de los objetivos del libro Palabras moribundas, en el que Pilar García Mouton y Álex Grijelmo han reunido un sinfín de términos que están a punto de pasar a mejor vida.

El libro contiene más de 150 entradas y pretende dar «una segunda vida» a ciertos términos cuyo significado ignora la mayoría de los hablantes y a otros que disfrutan de buena salud en diversas zonas de España o de Hispanoamérica, pero son desconocidos en el resto.

Esta obra «es un pequeño museo de las palabras, pero un museo interactivo porque uno ve las palabras en el libro y sale con ellas», afirma en una entrevista con Efe el presidente de esta agencia y periodista Álex Grijelmo, divulgador del lenguaje y autor de varias obras relacionadas con ello.

Se trata de «acercar palabras que todos tenemos en la trastienda, propias del lenguaje rural en algunos casos y que empiezan a desprestigiarse porque ya no se utilizan en las ciudades», añade García Mouton, profesora de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y especialista en Geolingüística y Dialectología.

Y es que en la trastienda quedaron arrumbadas hace tiempo voces como «acerico», en su acepción de «almohada pequeña que se pone sobre las otras grandes de la cama para mayor comodidad»; «alifafes» (achaques leves), «andancio» (enfermedad epidémica leve) o «siguemepollo», esa «cinta que como adorno llevaban las mujeres, dejándola pendiente a la espalda», según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE).
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Las palabras de otras lenguas

Por María Ángeles Sastre

diccionarioLos hablantes de todas las lenguas del mundo toman de otras lenguas palabras o expresiones que no tienen en la suya para designar objetos y acciones que han incorporado a su forma de vida y a su concepción del mundo. Esto se conoce como extranjerismo o, más técnicamente, como préstamo léxico. Existen, al menos, dos formas de integrar en la lengua los préstamos: a) sin alteración de ningún tipo; y b) adaptándolos en mayor o menor grado a la estructura de la lengua receptora.

En el primer caso se acepta el término extranjero con fidelidad a su forma original. En español lo normal es escribirlo en letra cursiva (también conocida como itálica o bastardilla).

Tal vez alguno de ustedes, al consultar el Diccionario académico, se haya sorprendido por encontrar algunos términos en cursiva. La RAE, en el Diccionario de la lengua española (22ª edición), dentro del apartado “Advertencias para el uso del diccionario”, advierte que los extranjerismos figuran en letra cursiva «cuando su representación gráfica o su pronunciación son ajenas a las convenciones de nuestra lengua».

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El sexo y la lengua en Guadalajara

José Ramón Peña, EFE


Por qué un español «coge» el avión y un mexicano nunca lo haría, o cómo ha de gemir un hispanohablante para no confundir a su amante, fueron algunos de los apuntes didácticos de la charla «El sexo en la lengua», celebrada hoy en la XXII Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL).

«¿Con cuántos ‘testículos’ escribimos?», preguntó la escritora argentina Luisa Valenzuela al juvenil auditorio (la media de edad rondaba los 20).

La autora dedicó su reflexión a la pérdida del simbolismo de algunas palabras con connotaciones sexuales: para ella, ser «boludo» (tonto) en Buenos Aires perdió el encanto.

No faltaron en la charla los tabúes del español en los distintos países: así, en Argentina, reseñó Valenzuela, no son aconsejables términos como «concha» (vagina) o «tortillera» (lesbiana).

En cambio, en México la primera es hallada en las rocas junto a la orilla del mar, sin posibilidad de goce sexual alguno, y la segunda es una persona que desempeña el noble oficio de fabricar tortillas (tortas) de maíz y harina.

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Lo mío primero

Por María Luisa García Moreno

Muchos continúan pensando que el mejor español es el que se habla en Madrid, y con ese criterio imitan el léxico de esta comunidad; pero los tiempos han cambiado…

 

Mucho se habla de la necesidad de cuidar el idioma y también se debate acerca de si los cubanos hablamos —y escribimos— bien el español, tema de gran importancia para los comunicadores.

 

Dos consideraciones al respecto es necesario tener en cuenta: primero, cuando nos referimos al uso del español en Cuba debemos deslindar con cuidado hasta dónde hablamos propiamente de la realización de la lengua y hasta dónde de problemas de educación formal; segundo, cuál es el paradigma que consideramos como correcto.

 

No quiero extenderme acerca de los problemas de educación formal que no son idioma; aunque no puede obviarse el hecho real de que la lengua es también reflejo de nuestra conducta social.

 

Como bien expresó Nuria Gregori Torada, directora del Instituto de Literatura y Lingüística: “El descuido, la chabacanería, la violencia verbal, fenómenos hoy lamentablemente tan extendidos, son hechos de conducta social que debemos rechazar todos: la familia, la comunidad, la escuela, los medios de difusión”.1

 


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Sobre la palabra «guagua»

¿Ha pensado usted de dónde viene el sustantivo guagua, sinónimo, entre nosotros, de ómnibus, es decir, el vehículo que se destina a la transportación pública de pasajeros?guagua

Se dice que el término nos llegó de Canarias. El cronista Sergio San Pedro, en su libro Vivido ayer, publicado este año, expresa que el nombrecito debe haberlo tomado el habanero «de la corneta eléctrica, que al ser tocada hacía un sonido nuevo, distinto a las campanas metálicas usadas primero por los coches de caballo y más tarde por los tranvías eléctricos…».

Ni lo uno ni lo otro.

Dice Esteban Pichardo en su Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, que en vida del autor tuvo su cuarta edición en 1875:

«Nombre. Sustantivo. Femenino. Voz indígena —introducida hace poco tiempo, pero tan generalizada que todo el mundo la usa aplicándola a cualquier cosa que no cuesta dinero ni trabajo, o de precio baratísimo. Cuando se expresa de modo adverbial De guagua, aumenta la significación como absolutamente de balde, sin costo ni trabajo alguno. Antes se decía de guaguanche, de gorra».

Añade Pichardo:

«Especie de coche u ómnibus usado en La Habana para viajar a los suburbios por un estipendio tan barato que ha merecido la aplicación de aquella palabra, o quizá por la inglesa Wagon».

(Tomado de “De todo como en botica”, de http://www.juventudrebelde.cu)

Diatriba contra las palabras rebuscadas

Por Alberto Salcedo Ramos

Dice Ernesto Sábato que el mundo andaba bien hasta que se creó la palabra «parámetro».

Borges propuso desterrar de la memoria universal al inventor de la palabra «conmilitón».

Una amiga mía, extremista como ella sola, dice que le aplicaría la pena capital a un profesor que tuvimos en la universidad, un tipo tan rebuscado que cuando le entregábamos nuestros ensayos no nos decía que los calificaría, como hacían los otros maestros, sino que los iba a «someter a un discernimiento». Me cuentan mis corresponsales que el profesor sigue pronunciando su afectada frase en el mismo tonito petulante de hace veinte años, como si estuviera diciendo: «mira de lo que soy capaz».

Todos tenemos una lista de palabras que nos chocan, que nos golpean en el hígado. Que nos hacen sentir, como a Sábato, que si las decimos el mundo se va a acabar. ¿Qué tal los vocablos «incomensurable», «inenarrable» y «magnanimidad»?

Durante mucho tiempo sentí que no me gustaría tener de cuñado a alguien que se exprese de esa forma. Pero ahora, cuando veo que un columnista de prensa escribe «el día retro próximo» en lugar de decir «ayer», no preparo la soga de la horca, sino que simplemente me río. Cuando escucho a cualquier orador latinoamericano diciendo que «la depuración de las costumbres políticas es un propósito nobilísimo e insoslayable», no me acuerdo de Cicerón, sino de Cantinflas. Por eso —insisto— sonrío, y hasta lo tomo como un guiño que el buen hombre me hace, para que no me aburra.

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Sobre la palabra «bacán»

No se trata de un neologismo, pues ya tiene 81 años de existencia en el Diccionario. Este sustantivo ingresó en 1927 al Diccionario manual e ilustrado de la lengua española, de la Real Academia Española, y hasta la edición de 1989 se mantuvo como equivalente de ‘tamal, especie de empanada’.

Después, en el 2001, se publicó como adjetivo y sustantivo, en el Diccionario de la lengua española de la misma Academia (DRAE).

Como adjetivo, dependiendo del contexto y del país, puede significar ‘muy bueno, chévere, estupendo, excelente’, ‘persona prepotente o sobrada’, ‘taquillero (espectáculo o persona que rinde buenos réditos)’, ‘persona de físico atractivo’; y, como sustantivo, ‘hombre que vive a costa de su esposa o de su amante’, ‘hombre que paga los gastos de las mujeres con las que tiene vínculos’ y ‘persona adinerada’.

Esos registros son de Chile, Colombia, Cuba y Uruguay; pero, aunque no consta en el DRAE, también se emplea en el Ecuador: los adolescentes e, incluso, los no tan jovencitos, usan la palabra bacán para indicar que alguien o algo es magnífico, espléndido, bueno, fuera de serie; pero además la aplican con el sentido de ‘persona arrogante o que se jacta de saberlo todo’.  En Cuba específicamente la palabra bacán ganó en popularidad hace unos años, a partir de que comenzara a usarse para designar a un popular personaje humorístico de televisión: el Bacán de la Vida (Nelson Gudín).  

Presentan investigación sobre vocabulario de los niños cubanos

Léxico activo-funcional del escolar cubano es la obra de un colectivo de especialistas de Santiago de Cuba encabezados por los doctores Vitelio Ruiz y Eloína Miyares.

libroEl vocabulario común de los niños cubanos del nivel primario de enseñanza está formado por alrededor de 2 000 palabras, que facilitan su eficaz comunicación, independientemente del lugar de residencia o vínculo con determinados oficios y profesiones.

Los promedios de palabras usadas por las niñas, de segundo a sexto grados, son mayores que los de los varones, lo que ofrece un tanto a favor de la locuacidad de las pequeñas.

No hay grandes diferencias entre el vocabulario de los alumnos de las escuelas urbanas y rurales, aunque un ligero incremento del promedio de vocablos empleados por los niños citadinos deja ver que la vida en las ciudades y pueblos les proporciona un conocimiento más amplio del universo.

Tales conclusiones se ubican entre los resultados más interesantes de una abarcadora investigación sobre el vocabulario de los niños del nivel primario de enseñanza, en áreas urbanas y rurales de diez provincias cubanas, que fue presentado en Santiago de Cuba, como otro importante aporte del santiaguero Centro de Lingüística Aplicada al desarrollo de los estudios lexicológicos y lexicográficos en la Isla.

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