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La música es quizás una de las primeras maravillas de esta América

Egberto Gismonti responde por su vida musical y destaca la significación de haberse encontrado nuevamente con Leo Brouwer.

Por Pedro de la Hoz

Egberto GismontiSAO PAULO.— Una de las mejores cosas que le ha pasado a Brasil en el tránsito del siglo XX al XXI es poder contar con el genio musical de Egberto Gismonti. Dicho esto en un país donde la música constituye una de sus más evidentes riquezas culturales, pareciera una afirmación aventurada. Pero la presencia tutelar de Gismonti es inconmovible e indiscutible.

Compositor, guitarrista, pianista y orquestador, pasó prontamente la página del éxito popular que le auguraba en 1968 una posición jerárquica en la cancionística en su país al conquistar el festival de la TV Globo. Quería mayor altura y más rigor. Por eso marchó a París a recibir clases de la mítica Nadia Boulanger.

A partir de los setenta comenzó una etapa de experimentación y búsquedas, semejante a la emprendida en la primera mitad de la pasada centuria por Heitor Villa-Lobos, pero con una orientación marcada a dinamitar los límites entre la música académica y el acervo popular. Hoy son discos de culto las grabaciones de Agua y vino (1972), Academia de danzas (1974), Danzas de las cabezas (1977, con el magnífico percusionista Naná Vasconcelos) y Carmó (1977, donde evoca a su pueblo natal). Al final de esa época se hacen visibles sus vínculos con el movimiento jazzístico internacional, mediante colaboraciones con el saxofonista noruego Jan Garbarek y el contrabajista norteamericano Charlie Haden, conocido en La Habana por su participación en el Festival Jazz Plaza.

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Habanera, un ritmo madre

A propósito de haberse celebrado recientemente el XXIII Festival de Habaneras en La Habana, ofrecemos este trabajo sobre ese género musical y la canción La paloma, la habanera más famosa del mundo.

habaneraLa habanera fue una música de «fundación», un ritmo madre que alimentó y sirvió como elemento regulador, como patrón y métrica, en sus inicios, de muchos de los ritmos de América: el jazz, el tango, la samba, el merengue, la danza mexicana, y muchas otras músicas hispanoamericanas como el pasodoble español, buena parte de la canción napolitana, la zarzuela y la ópera.

«Su poder de sugestión alcanzó cotas insospechadas; su poder de omnipresencia se debe al hecho de la facilidad en que entra a formar parte de las más diversas culturas musicales», asegura el estudioso Faustino Núñez.

La danza habanera tiene su origen en la contradanza francesa y la inglesa, a partir de su acriollamiento por los negros y mulatos cubanos. Llegó como baile de figuras a fines del siglo XVIII, a través de la tonadilla escénica española, desde Nueva Orleans y Jamaica.

Se incrementó a partir de 1762, por la toma de La Habana por los ingleses, y con la entrada a la Isla de los negros franceses que venían huyendo de la Revolución de Haití. Sus ritmos de tango o tango congo, dejaron una profunda huella en el posterior desarrollo de la música popular y folclórica.

El estreno de la primera obra con rasgos de habanera se enmarca en 1841, en el habanero Café de La Lonja, a la entrada de la calle O´Reilly, junto a la Plaza de Armas y a un costado de la Capitanía General. Fue un hecho de verdadera trascendencia nacional y el inicio de lo que consolidaría después a la habanera como género musical.

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