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Rescate de palabras moribundas

Evitar que caigan en el olvido voces como ababol, archiperres, chiticalla, encocorar, siguemepollo o zorrocloco es uno de los objetivos del libro Palabras moribundas, en el que Pilar García Mouton y Álex Grijelmo han reunido un sinfín de términos que están a punto de pasar a mejor vida.

El libro contiene más de 150 entradas y pretende dar «una segunda vida» a ciertos términos cuyo significado ignora la mayoría de los hablantes y a otros que disfrutan de buena salud en diversas zonas de España o de Hispanoamérica, pero son desconocidos en el resto.

Esta obra «es un pequeño museo de las palabras, pero un museo interactivo porque uno ve las palabras en el libro y sale con ellas», afirma en una entrevista con Efe el presidente de esta agencia y periodista Álex Grijelmo, divulgador del lenguaje y autor de varias obras relacionadas con ello.

Se trata de «acercar palabras que todos tenemos en la trastienda, propias del lenguaje rural en algunos casos y que empiezan a desprestigiarse porque ya no se utilizan en las ciudades», añade García Mouton, profesora de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y especialista en Geolingüística y Dialectología.

Y es que en la trastienda quedaron arrumbadas hace tiempo voces como «acerico», en su acepción de «almohada pequeña que se pone sobre las otras grandes de la cama para mayor comodidad»; «alifafes» (achaques leves), «andancio» (enfermedad epidémica leve) o «siguemepollo», esa «cinta que como adorno llevaban las mujeres, dejándola pendiente a la espalda», según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE).
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Diccionario del vino

Por José María Luque

VinoLa viña y el vino tienen un vocabulario propio. Palabras cargadas de sonoridad que conservan expresiones relacionadas con labores y útiles que ya no se emplean y que están amenazadas por el olvido.

Palabras que nos trasladan a los majuelos con sus cepas alineadas en liños, que escoltan andanas y besanas. No faltan carriles, ni veredas, ni trineos en pleno mes de agosto, ni lagaretas ni cachones en las bodegas. Ni la chivata, el azarcón para recoger el fondo de la tinaja, ni el cobijo para cerrar el cesto con pleita o trenzado de pámpanas y sarmientos.

Nombres resonantes como la bigornia, el espolín, el talugo, la estampilla. Y un buen número de palabras que desvelan un ámbito desconocido en torno al vino. Dejando a un lado los términos puramente técnicos que no encajan en este grupo, ni son exclusivos del vino, las palabras más auténticas están condenadas a su olvido, destino al que se enfrentarán dentro de pocos años, apenas desaparezca la última generación de artesanos de la viña y el vino.

Algunas afortunadas por su sonoridad o por su vinculación semántica evidente han pasado a ser de uso común: las soleras (por su proximidad al suelo), la venencia —tal vez avenencia, el instrumento con el que escanciar la copa del acuerdo, de la avenencia, cuando un apretón de manos sellaba cualquier acuerdo.

El grupo más numeroso lo constituyen las palabras relativas a barriles, botas y bocoyes. Entre ellas, se encuentran, sin ningún orden: duque, chantel, falsete, espiche, duela, piqueta, luengo, colete, estampilla, caña, trasiego, mediano, talugo, ceazo, jarel, piso, espiqueta, y otras muchas que responden a una labor ya extinguida prácticamente.

Muchas conservan el recuerdo de una forma de trabajar y de entender la vida, sin prisas y con paciencia. Un patrimonio que es preciso conservar y transmitir, unido permanentemente a la viña y al vino.

(Fuente: Fundéu)