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Hotel Nacional de Cuba: un clásico por distinción

Por Juan Diego Nusa Peñalver

El Hotel Nacional de Cuba es una joya de la hotelería cubana, que trasunta cubanía, identidad, tradición y cultura al visitante. Foto: Alberto Borrego

El Hotel Nacional de Cuba es una joya de la hotelería cubana, que trasunta cubanía, identidad, tradición y cultura al visitante. Fotos: Alberto Borrego

Cubanía, identidad, tradición, cultura son atributos que diferencian al Hotel Nacional de Cuba, un clásico por distinción, que conserva todo el esplendor de su arquitectura ecléctica, art deco y morisca.

Su lujo, elegancia y servicios de primera clase se mantienen intactos después de más de ocho décadas de liderazgo respetado en la industria hotelera cubana.

Hotel insignia del Grupo Gran Caribe y con 439 habitaciones en siete pisos, esta instalación Cinco Estrellas se encuentra ubicada sobre lo que fuera en su tiempo el monte Vedado, a pocos metros del mar, en la zona más céntrica de La Habana. Sus majestuosos jardines, que rodean el hotel, son un sitio formidable y acogedor para descansar tras un día de exploración por los centros de interés de la ciudad o, simplemente, un lugar excelente para disfrutar de una bebida contemplando la enorme expansión del mar.

Su lobby suele estar repleto de visitantes y grupos de turistas, al igual que el concurrido bar situado tras las puertas que se abren hacia los jardines. Así, uno termina por tener la sensación de que este hotel nunca duerme.

Precisamente en sus jardines se localizan vestigios muy bien conservados de la Batería de Santa Clara, declarada, conjuntamente con el centro histórico de la Habana Vieja, Patrimonio de la Humanidad en 1982, por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

De ese sistema defensivo actualmente se exhiben en el jardín dos enormes cañones: el Krupp y el Ordóñez, este último el más grande del mundo en su época. En 1898 esas piezas de artillería abrieron fuego contra el crucero estadounidense Montgomery en la llamada guerra hispano-cubana-norteamericana. Ambos son hoy una innegable atracción turística.

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Memorial del Che en Cuba: uno de los sitios más visitados del Caribe

8569-che-memorialLa Habana, 22 jul.— El Memorial que guarda los restos del revolucionario argentino-cubano Ernesto Che Guevara en Santa Clara, en el centro de Cuba, es uno de los diez sitios más visitados del Caribe.

En su edición de este martes, el diario cubano Granma afirma que el Conjunto Escultórico Memorial Comandante Ernesto Che Guevara en Santa Clara, 270 km al este de La Habana, se encuentra “entre los diez sitios más visitados del Caribe, según destaca TripAdvisor, la mayor web de viajes del mundo”.

Una responsable del conjunto, Ismary Fernández, explicó que el memorial recibió un “Certificado de Excelencia” de ese sitio web de viajes que destaca “la aceptación de ese lugar sagrado de Cuba entre los visitantes”.

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¿Qué es el Caribe?

Por Graziella Pogolotti

Mapa del Caribe

Muchas veces se ha comparado con el Mediterráneo. Ambos son mares cerrados donde convergen culturas de varios continentes. Clausurado por ellas, el Mediterráneo aflora al Océano por dos canales angostos, Gibraltar y Suez. El Caribe articula la tierra firme con el extenso arco antillano, en diálogo permanente con el Atlántico.

Tardó mucho este “mar nuestro” en cobrar conciencia de sí. Sobre la plataforma originaria indígena, se impuso el brutal proceso de colonización europea, que canceló la memoria precedente, fragmentó y balcanizó los territorios. Anduvieron tras la quimera del oro, intentaron luego asegurar vías para el comercio, mientras convertían el área en campo de batalla para dilucidar contiendas enraizadas en el Viejo Continente.

Quizás el núcleo original de la conciencia caribeña cristalizó con las guerras de independencia de América Latina. El precursor empeño de emancipación en Haití tendió puentes de colaboración a Simón Bolívar, quien situaría en Jamaica su célebre llamamiento. Al propio tiempo, las primeras conspiraciones libertarias cubanas, al amparo de la masonería volvieron la mirada hacia México y Venezuela. José Martí reconoció en las Antillas el valladar protector para la América Latina toda.

Aunque entre las islas, por obra de la necesidad, hubo una interconexión histórica, tanto al margen de la ley como dentro de ella, tangible en el contrabando y en el traslado de poblaciones, a veces impuesta por las potencias dominantes y también por la demanda de braceros, la conciencia de una condición caribeña no pudo conquistarse desde la política. Coexistían países independientes, con territorios sometidos al dominio colonial. Correspondió a los intelectuales explorar el trasfondo común de una cultura con múltiples componentes, heterogéneos en lo lingüístico, en lo étnico (blancos procedentes de distintas naciones europeas, africanos esclavizados en varias regiones del continente negro, hindúes, chinos y los remanentes olvidados de la población aborigen) con el consiguiente cruce de religiones, mitos e imaginarios. Esas voces tardaron mucho en dejarse escuchar en un espacio común de intercambio. La balcanización se levantaba como obstáculo objetivo en ese terreno. En muchos lugares las escasas minorías letradas tenían que sacudir a las metrópolis dominantes para alcanzar una formación universitaria. Solo en ellas existían las editoriales que legitimaran y difundieran a los escritores nacidos en el Caribe.

De esa circunstancia se desprendía un doloroso proceso de redescubrimiento y reconquista de la propia identidad. Es posible suponer que la distancia propiciara una perspectiva integradora. Comenzaban a definirse rasgos comunes. Brutal y tecnológicamente más desarrollada, la colonización aplastó a los aborígenes y cercenó su probable crecimiento autóctono. La necesidad de fuerza de trabajo implantó, con la esclavitud, otra forma de violencia y creó un abismo entre opresores y oprimidos. Fue el germen de una resistencia cultural que alimentó una poderosa mitología, junto con una enorme riqueza musical y danzaria. La antropología y los estudios folklóricos mostraron la fuerza de una tradición que se rebeló contra la muerte y se mantiene viviente y en constante transformación, con un indiscutible poder contaminante. El Caribe que conocemos se había edificado, además, sobre la base estructural de una economía de plantación, productora a bajo costo de materias primas de origen agrícola, suministradora y dependiente de un mercado internacional de precios variables, centrado en Europa y en los Estados Unidos. Este conjunto de factores abrió la polémica acerca de la real extensión geográfica y cultural del universo Caribe. Para algunos, se trataba tan solo del espacio enmarcado por el collar de islas antillanas. Otros reconocían rasgos similares en la zona continental que abarca las costas de Venezuela, Colombia, México y la Luisiana en los Estados Unidos.

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Verano en las alturas

verano¡Qué verano! Los rayos del sol parecen alfileres que se incrustan en el cuerpo. Unos cubanos se aferran a los ventiladores y la televisión. Otros, a las mesas de dominó y ajedrez bajo la fronda de los árboles del vecindario.

Hasta las madrugadas son calientes. Pero la gente no deja de ir a las playas ni de bailar en cuanta fiesta se organice. Ni siquiera en los momentos más complejos de la década final del siglo pasado, cuando la situación económica obligó a los habitantes de esta isla a “apretarse el cinturón”, se perdió el sentido del humor, la necesidad de divertirse y pasar un rato entre amigos, sobre todo en los meses de julio y agosto.

Últimamente, crecen los grupos de jóvenes que se echan una mochila al hombro, y con faroles o linternas y una guitarra se disponen a subir montañas y acampar en sitios de valor histórico o ecológico. Es una modalidad del turismo de naturaleza que tiene en el grupo del estudiante de Agronomía Adriel Gámez, a uno de sus mayores defensores en el período estival.

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