Flechazo de Barcelona aún desafía pebeteros olímpicos

Cuando el arquero minusválido español Antonio Rebollo prendió la llama olímpica en la ceremonia inaugural de los Juegos de Barcelona-1992, al disparar una flecha encendida hacia el pebetero, el mundo quedó fascinado.

Se estima que al menos dos mil millones de personas vieron por televisión el acto de apertura de esa Olimpiada y la sorpresiva forma en que se le dio fuego a una plataforma ubicada a una altura de 61 metros en el engalanado Estadio Montjuic.

Entre grandes signos de admiración aparece registrada en la memoria del mundo deportivo cómo Rebollo tensó el arco, pese a que la flama quemaba su mano izquierda, y con envidiable sosiego soltó el dardo.

La flecha, con fuego en la punta, surcó el aire y el pebetero se encendió, en lo que para muchos es el mejor momento que haya tenido una gala inaugural de una competición olímpica.

Tras ese inesperado acto, disímiles comentarios intentaron ridiculizar la espectacular manera en que los españoles encendieron uno de los símbolos de los Juegos.

Autoridades y organizadores de aquel megaevento explicaron que la idea era que el dardo sobrevolara el Montjuic y cayera fuera de los límites del recinto atlético por cuestiones de seguridad.

Sin embargo se quería además que al menos la flecha pasara cerca de la plataforma para que llegara al gas expedido y emergiera el fuego olímpico.

Pese a tales cuestionamientos, desde ese momento el encendido del pebetero se convirtió en tarea “prioritaria y secreta” de los organizadores de las Olimpiadas, y los del Reino Unido no escapan a esa obsesión por superar el “flechazo de Barcelona”.

La tradición

Según historiadores, la antorcha o llama olímpica rememora el mito de Prometeo que despojó del fuego a Hefesto para entregárselo a los mortales.

Durante la celebración de las Olimpiadas de la antigüedad, en Olimpia, Grecia, un fuego se mantenía ardiendo hasta el final de todas las competencias.

En los primeros juegos de la denominada era moderna se perdió tal tradición y no fue hasta 1928 en Ámsterdam, Holanda, donde se retomó.

El arquitecto holandés Jan Wils incluyó en el diseño del estadio olímpico una torre e ideó encender sobre ella una llama que se mantuviera encendida durante los Juegos.

En la ceremonia de apertura, el 28 de julio de 1928, un empleado de la empresa eléctrica de Ámsterdam encendió por primera vez el fuego de los Juegos Olímpicos de la era moderna en la elevación de Wils, entonces llamada Marathontower (a la cual los locales llamaron Cenicero de la KLM).

Cuatro años más tarde, en las Olimpiadas veraniegas de 1932 volvió a encenderse una llama en el estadio de Los Ángeles, Estados Unidos, donde en la gala de clausura se presentó una cita de Pierre de Coubertin que rezaba: “Que la Antorcha Olímpica siga su curso a través de los tiempos para el bien de la humanidad cada vez más ardiente, animosa y pura”.

Para los Juegos de Berlín-1936, se realizó por primera vez una marcha de atletas para transportar una antorcha con la pira desde las ruinas del templo de Hera, en Olimpia, hasta el Estadio Olímpico de Berlín.

Durante la conocida como “Olimpiada de los nazis”, por la propaganda que utilizó el régimen fascista en el evento para propulsar sus ideas en la población alemana, Fritz Schilgen encendió la tea.

Entre otros fuegos olímpicos permanece en el recuerdo el de los Juegos de Tokyo-1964, donde el elegido resultó el estudiante Yoshinori Sakai, nacido en Hiroshima el 6 de agosto de 1945, fecha en que se lanzó la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial.

La Olimpiada de México-1968 resultó además especial porque por primera vez una mujer, la mexicana Enriqueta Basilio, dio fuego a la antorcha.

Similar maniobra se hizo en Seúl-1988, pero con tres atletas surcoreanos (Chong Son-man, Kim Won-tak y Son Mi-jong), quienes ascendieron en una plataforma hacia el pebetero.

Barcelona-1992 marcó un antes y después del encendido, y en Atlanta-1996 el exboxeador Muhammad Ali, con mano temblorosa por evidente enfermedad de Parkinson, hizo emocionar a todos al encender la llama.

En Sydney-2000 la atleta australiana de origen indígena Cathy Freeman subió a una “cama de agua” para llegar al pebetero y encenderlo. Cuatro años más tarde, en Atenas-2004, el navegante griego Nikolaos Kaklamanakis, medalla de oro en Atlanta-1996, llegó tranquilamente al centro del estadio y prendió una gran antorcha con forma de obelisco.

Toda la expectación quedó entonces para Beijing-2008, teniendo en cuenta la historia y cultura chinas; sin embargo, el gimnasta Li Ning, ganador de seis medallas en Los Ángeles-1984, solo se elevó por el aire como si flotara e inició una carrera a lo largo del estadio, mientras en su recorrido iba abriendo un libro gigante proyectado sobre la tribuna del “Nido de Pájaro”, hasta llegar al pebetero.

Para Londres-2012, la antorcha, procedente de Atenas —donde se le ofreció un ritual para garantizar su pureza—, aterrizó el pasado 18 de mayo en la base aérea de Culdrose, en Cornalles (suroeste del país), escoltada por la princesa Ana de Inglaterra, el presidente del Comité Organizador de Londres 2012 (Locog), Sebastian Coe; el mediático futbolista David Beckham y el alcalde londinense, Boris Johnson.

Tras su llegada a Cornualles, la antorcha comenzó un recorrido de 13 mil kilómetros en manos de ocho mil relevistas que concluirá en el Estadio Olímpico de Londres el 27 de julio, coincidiendo con la inauguración de los Juegos.

(Fuente: Prensa Latina)

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